Opinión

Utopía aislada (cuarta parte)

La noche en que murió Fidel Castro yo estaba en Cuba. Habíamos aterrizado en La Habana un día después de que Donald Trump ganara las elecciones a la Presidencia de Estados Unidos. La marca que ambos eventos dejan en la historia contemporánea es tan significativa que bien podemos decir que en noviembre de 2016 terminó el siglo XX. Haber estado en Cuba durante aquellos días resultó una posición privilegiada para testimoniar el cambio de página; con la siguiente crónica intento aprovecharla.

 

Por puro azar, mis ojos cayeron primero en el reverso del menú. Era una hoja tamaño carta, enmicada, que nos acababa de entregar una de las meseras. A diferencia de las monstruosidades que uno está acostumbrado a leer en México, en Cuba la publicidad suele estar bien redactada y escrita con corrección ortográfica. Para muestra, a un lado de las bebidas y sus precios, un consejo y la promesa… Leí aquello en voz alta: “Recuerde que es mejor tener preparado un Plan B por si falla el A, y le aseguramos que si nos escoge volverá. Nos puede visitar todos los días de la semana en Calle 6 #511, entre 23 y 21. Vedado”.

–En realidad se llama -me corrigió Inés señalando el anuncio de la entrada: –Plan B Lechón Pío.

–Lo que es decir Plan B Cerdito Piadoso… Peculiar. Tendría más sentido Pollo Pío… o Lechón Oink.

–El expreso cuesta aquí cincuenta centavos -a menos de una semana de haber llegado a La Habana, usábamos ya el café como referente para comparar los precios de los diferentes establecimientos-. La mitad de lo que nos costó en la cafetería de la 23 y G -recordó Inés.

–Y unas doce veces más caro que en el localito de la 25: medio CUC aquí, un CUP allá.

¿CUCs? ¿CUPs? En efecto, resulta ya ineludible entrarle al tema del juaniquiqui o guansa, de la plata o pasta, de las cañas o el baro, de la magua, del billetaje…, en fin, habrá que hablar del cochino dinero.

El 26 de julio de 1968, en la Plaza de la Revolución de Santa Clara, el comandante Fidel Castro, entonces Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y también Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en ocasión del decimoquinto aniversario del ataque al cuartel Moncada, frente a miles de villaclareños encendidos hiló más de nueve mil 700 palabras que le sirvieron, entre otras cosas, para soltar dos afirmaciones que vienen a cuento: 1) “El dinero tendrá cada vez menos sentido”; y 2) “Aspiramos… a un modo de vida, al parecer utópico para muchos, en que el hombre, para satisfacer sus necesidades esenciales… no necesite del dinero”. Por lo que toca a la predicción, el tiempo le ha venido dando la razón a Fidel, incuestionablemente: el dinero cada vez tiene menos sentido, menos ligas de referencia con las riquezas materiales y el trabajo, y eso en todo el mundo, no sólo en Cuba. En cuanto al anhelo utópico, los cubanos de alguna manera, queriendo o no hacerlo, se aproximan a alcanzarlo, toda vez que en la actualidad la mayoría de sus necesidades primarias son provistas por el Estado sin costo monetario. Si esta situación es lo mejor o no para la gente es discusión de otro costal, pero el hecho es incontestable: los cubanos usan poco dinero. Los salarios mensuales de la mayoría no rebasan los 300 pesos cubanos, menos de 11.50 dólares estadunidenses. ¡Una miseria!, es posible que usted piense escandalizado, y si después compungido se pregunta si les alcanza para vivir, no se apure, porque la respuesta es obvia: sí, y para probarlo contundentemente puede cualquier escéptico encontrar allá alrededor de doce millones de cubanos y cubanas vivitos y coleando. Con escaso circulante y un mercado que realmente ofrece muy pocos productos, paradójicamente, resulta que Cuba es hoy por hoy un sitio privilegiado para constatar lo absolutamente inverosímil que se ha vuelto el valor de la ficción más extendida y poderosa de todas las que hemos creado los seres humanos, el dinero. En buena medida ello se debe a lo exótico que resulta en nuestros días su sistema económico en medio de la aldea global -la “presunta Atlántida del socialismo real”, Manuel Vázquez Montalbán dixit (Y dios entró en La Habana, 1998)-, pero también al doble tipo de cambio que existe en la isla.

En Cuba circulan dos monedas, una local, quiero decir, para los locales, y otra para diplomáticos y turistas extranjeros: el peso cubano y el peso convertible, el CUP y el CUC, respectivamente. Por supuesto, ambos son emitidos por el Banco Central de Cuba. El peso cubano es la moneda que la gente utiliza en la isla, con la que les pagan sus sueldos y comercian entre sí. Por ejemplo, la señora Aleeda Rodríguez Pedrasa, quien trabaja en el parque de la 17 cuidando que no se roben los lentes de la estatua de Lennon, cobra su sueldo en pesos cubanos: 245 CUPs al mes. El CUP vale mucho menos que el peso convertible: 24 pesos por cada CUC, aunque en la calle los pagan a 25. ¿Y cuánto cuesta un CUC? Fácil: un dólar americano -aunque si compras pesos convertibles con dólares, el gobierno cubano te penaliza con un 10%-. La noche que aterrizamos, tan pronto recogimos las maletas, caminamos a la casa de cambio que está en el mismo aeropuerto -todas las casas de cambio, CADECAs, son del Estado, aunque también se pueden hacer transacciones con moneda extranjera en algunos bancos- para cambiar algunos pesos mexicanos, por cierto, recién devaluados por la victoria de Donald Trump. Por 3,380 pesos de México recibimos 169 pesos convertibles cubanos -en cada billete, abajo de su denominación respectiva, puede leerse la siguiente leyenda “Pesos convertibles. Garantizado íntegramente por valores de libre convertibilidad. Es canjeable por divisas libremente convertibles en el Banco Central de Cuba”-. Luego, como algún amigo nos había advertido que los podríamos necesitar eventualmente en determinados comercios y para el transporte público, pedí cambiar algunos CUCs por CUPs. La señorita que atendía la caja me preguntó cuánto tiempo íbamos a pasar en su país. Dos semanas. Déme entonces 20 cuquitos. ¿Cuquitos? Veinte ce u ce, señor. Le entregué el billete correspondiente -en una cara aparece el monumento a Camilo Cienfuegos, el Héroe de Yaguajay, y del otro una ilustración en la que se muestran una serie de iconos alusivos al progreso cubano: infraestructura vial, dos médicos, turistas bajando de un avión, una camioneta… A cambio, la cajera me entregó un montón de billetes que fue contando, agrupados por denominación, hasta llegar a 480 pesos cubanos (CUP). Billetes, todos mucho más desgastados que los pesos convertibles (CUC), con valor de uno, cinco, diez, veinte y cien pesos. El que vale un peso muestra a José Martí de un lado y del otro una magnífica ilustración revolucionaria: la entrada triunfal de Fidel y sus barbudos a La Habana, el 8 de enero de 1959. Guardé el grueso fajo de billetes -tan sólo una fortuna aparente: en los 480 pesos cubanos traía apenas unos 380 pesos mexicanos-. Dos o tres días bastaron para que resultara evidente que no hubiera sido necesario comprar tantos CUPs, puesto que todo mundo comercia con pesos convertibles, mientras que los pesos cubanos no son aceptados en algunos negocios para turistas. ¿Y qué puedes comprar en Cuba con dinero, con pesos de a peso y con pesos de a 24? ¿Es barato para un turista clasemediero mexicano? ¿Qué poder adquisitivo tienen los CUPs y los CUCs? Yo te cuento, tú responde…

El taxi del aeropuerto a El Vedado, un trayecto de menos de media hora, costó 30 CUCs, es decir, 30 dólares, los cuales, al tipo de cambio del día que partimos de México, son 600 pesos mexicanos. ¿Caro? Bueno, hay que considerar al menos dos circunstancias: 1) no tuvimos que buscar el taxi ni hacer filas, puesto que el chofer nos estaba esperando a la salida del paso aduanal con un letrero con el nombre de Inés, dado que así lo habíamos dispuesto desde que planeamos el viaje; 2) el taxi, un modelo amplio tipo Mazda, con aire acondicionado y estéreo, se encontraba en excelentes condiciones; si no era un auto del año, no tendría ni tres de antigüedad, lo cual lo convertía en una extravagancia en La Habana, en una ostentación: nos transportamos en una unidad más de medio siglo menos vieja que la mayoría de los coches en circulación. En pocas palabras, aquel fue un viaje de súper lujo. ¿Cuánto costaría aquí en México un boato así?

A la mañana siguiente, la primera en La Habana, salimos a comprar huevos y cebolla. El plan era desayunar siempre en el departamento. Fracasamos: en ninguna bodega tenían huevos y en el único agro que hallamos en las proximidades del departamento -los agros, contracción de agropecuarios, son algo así como las viejas recauderías mexicanas- sólo había dos o tres tipos de yuca, plátanos, piñas y unas pocas papayas; ni una cebolla ni un ajo ni un solo tomate. Sin embargo, valió la pena el rastreo: en el camino casualmente encontramos sobre la calle H un negocio en el que preparaban un café estilo cubano buenísimo -el café cubano, intenso y muy dulce, se prepara con granos oscuros y bien tostados de manera similar al expreso italiano, pero con espumita de azúcar, y se sirve en tazas liliputienses, poco ma buono-. El mostrador estaba en el porche de una casa; no era más que una ventana abierta desde una cocina minúscula en la que había una pequeña estufa de cuatro hornillas, un refrigerador y una mesita. No tenía ni un solo asiento, así que los comensales entraban, pedían, pagaban, se tomaban su café parados, usualmente en un par de raudos tragos, y de vuelta a la calle.

–¿Tiene café?

–En un momentico; se está colando.

Dos habaneras tímidas y alegres se hacían cargo del trajín de servir, cobrar, colar más tandas, preparar uno que otro disco de jamón y queso o servir vasitos de yogurt … Valió la pena esperar algunos minutos. El café estaba delicioso y su precio resultó ridículamente barato: un peso cubano, o sea, ¡unos 80 centavos mexicanos! ¿Qué puedes comprar en México con esa cantidad de dinero? En un Starbucks, el expreso cuesta ahora mismo 34 pesos, es decir, poco más de un dólar y medio, un caudal que alcanzaría para comprar allá 42 coladitas. Pagamos y prometimos regresar, cosa que cumplimos diariamente… A dos cuadras de allí, en la cafetería ubicada en una de las esquinas de Presidentes y 23, un sitio al paso de la mayoría de los turistas, el mismo café -en realidad no estaba tan rico- costaba 24 veces más caro, es decir, un CUC.

Al otro día saldríamos a la calle un poco más temprano y en un agro encontraríamos los dichosos huevos. No los vendían por kilo, sino por pieza: un peso con diez centavos, de los locales, por huevo.

–Catorce, por favor -pedí.

–¿Jaba?

–¿Jaba?

–La jaba, la bolsa…

En Cuba las bolsas de plástico no son desechables, ni siquiera puede decirse que se reciclen puesto que no llegan a los contenedores de basura. La gente va a las tiendas con su bolsa y las vuelve a utilizar una y otra vez hasta que dan de sí. En parte, eso explica que no haya basura en las calles: no están plagados de bolsas de plástico y además en el mercado local prácticamente no se venden productos en empaques y envases comerciales, sino a granel. Caminando por La Habana uno alcanza a tener una meridiana idea de la cantidad colosal de basura callejera que generamos aquí con las envolturas de papas fritas, panes, pastelitos, frituras de maíz y demás comestibles chatarra. En fin, como nosotros no llevábamos jaba, uno de los muchachos que atendía el agro nos surtió los huevos en una de las charolas de cartón de donde los tomaba. El cartón nos costó casi un huevo, quiero decir, otro peso cubano.

A unos pasos, en la bodega de H y 25 se ofrecían algunos productos liberados. Una libra (0.453 kilogramos) de arroz costaba cuatro pesos cubanos (CUP) -aquí en México es mucho más caro: en promedio se vende en los súpers a 24.50 pesos el kilo, esto es, una libra a casi 16 pesos cubanos- y la libra de azúcar refinado a ocho CUPs -aquí una bolsa de dos kilos cuesta en promedio 45 pesos, lo que serían más o menos 10 pesos cubanos por libra-. Sin embargo este tipo de comparaciones sirve solamente para darse cuenta de lo incomparables que resultan ambas realidades si se tratan de mirar a través de la lente del dinero. Tres de ejemplos más…

Muy cerca del Malecón, en otra bodega de productos liberados, la libra de espagueti, de un único tipo disponible, costaba 15 pesos cubanos la libra, o sea 33.11 CUPs el kilogramo. ¿Es suficientemente esclarecedor el cotejo haciendo la conversión de monedas, es decir, diciendo que el kilo de espagueti en La Habana cuesta 25.90 pesos mexicanos? No, no lo es, en lo absoluto, porque en el mercado de nuestro país se ofertan decenas de variedades, marcas, presentaciones y tipos diferentes de producto, que provocan una disparidad de precios enorme, precios que, además, no necesariamente fluctúan en correspondencia con la calidad de los productos. ¿Con qué espagueti podríamos comparar el que vendían en Cuba? Ni siquiera es posible hacer comparaciones a partir del precio de un huevo: si bien el gobierno mexicano -en particular una dependencia de la Secretaría de Economía, el SNIM- reporta periódicamente el precio por kilo en distintas centrales de abasto (hasta el día 23 de diciembre, al menudeo, iba de 18 pesos en plazas como Nayarit hasta 25 pesos en la Ciudad de México), en los puntos de venta como tiendas y supermercados la variedad de tipos, marcas y presentaciones, por no hablar de ofertas y robos descarados, abren el abanico de precios a extremos incomparables -en la cadena de supers del pelícano, por ejemplo, venden “huevo blanco seleccionado” a menos de 70 centavos cada uno y, en la misma tienda, “huevos orgánicos” a más de 5 pesos por pieza-.

Cuando cerramos el trato con Manuel, el cubano que nos rentó el departamento en La Habana a través de Airbnb, le preguntamos si quería que le lleváramos algo de México. Pidió dos toallas grandes para baño. Las compramos en un Costco y el par costó 331 pesos, cuando el dólar andaba en 18 pesos. La misma noche que llegamos se las entregamos y al hombre le fascinaron, y no exagero: las desdobló, apreció su caída, las palpó con placer, celebró su peso y grosor, se acarició los brazos y el rostro con una de ellas, las olisqueó… Después de aquella casi procaz demostración de aprecio por las toallas, nos preguntó cuánto nos debía… Inés le entregó el ticket de compra y Manuel no podía creerlo:

–¡Qué! ¿Eso costaron? -sacó la cartera y nos dio un billete de 20 CUCs, es decir, 20 dólares-. Muy, muy baratas. Muchas gracias.

No aceptó que le diéramos cambio, así que por las toallas obtuvimos un billete exactamente igual que el habíamos usado en el aeropuerto para adquirir el voluminoso fajo de 480 pesos cubanos…, que casi no usamos.

Último ejemplo antes de regresar al Plan B: la guarapera. A unas cuadras de la Casa de las Américas -en la 3ª esquina con calle G, a unos pasos del Malecón y del monumento a Calixto García-, habríamos de divisar junto a un agro un pequeño racimo de gente. Las personas -evidentemente todas cubiches- se acercaban, pasaban ahí unos cuantos minutos y se iban. Nos acercamos a averiguar de qué se trataba aquello. Primero me pareció una tortillería: un localito sin mayor arreglo ni mobiliario, con una máquina trabajando al fondo y una barra-mostrador en la que un gigantón en shorts atendía. En realidad la máquina no hacía tortillas, sino que molía cañas. El hombre cortaba con un machete trozos de tallos, alimentaba la máquina y recolectaba el jugo en una jarra de plástico; luego, uno a uno iba sirviendo la bebida en medianos vasos de vidrio, en los cuales antes había puesto algunos pedazos de hielo picado. Despachaba y cobraba.

–Dos, por favor.

El guarapo recién hecho -sólo jugo, sin agua- era una delicia, muy sabroso y fresco.

–¿Cuánto es?

–Dos guarapos: dos baros.

Con el billete que nos había dado Manuel por las dos toallas que le llevamos de México podríamos haber invitado un guarapo por cabeza a 480 cubanos, y haber puesto a trabajar al guarapero al menos durante un par de días, sin parar… ¿Representa ese dinero tal cantidad de trabajo?

En el Plan B pagamos la cuenta también con un billete de 20 CUCs, de los cuales, sin contar la propina, sobrarían 7.70. Comimos de maravilla. De entrada, compartimos una orden de tostones rellenos de lechón y un tamal cubano. De plato fuerte, Inés pidió un pollito frito y yo un garbanzo frito con chorizo. Los dos tomamos cerveza, yo una Bucanero, que es oscura y fuerte, y ella una Cristal. Y si persisto en el ansia de comparar, me conformo con decir que no conozco un solo sitio en toda la Ciudad de México en el que se pueda comer tan bien, rico y abundante, por menos de 250 pesos.
@gcastroibarra


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Germán Castro

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