Opinión

Utopía aislada (primera parte)

La noche en que murió Fidel Castro yo estaba en Cuba. Para entonces, mi pareja y yo llevábamos ya varios días en la isla. Habíamos aterrizado en el aeropuerto “José Martí” de La Habana, un día después de que Donald Trump ganara las elecciones a la Presidencia de Estados Unidos. Me parece que la marca que ambos eventos dejan en la historia contemporánea es tan significativa que bien podemos decir que en noviembre de 2016 terminó el siglo XX. Haber estado en Cuba durante aquellos días resultó una posición privilegiada para testimoniar el cambio de página; con la siguiente crónica intento aprovecharla.

 

 

 

Suddenly summoned to witness something great,

we keep fighting not to reduce it to our own smallness.

John Updike

Como una esperanza debajo de la almohada, las malas noticias nos salen al paso en sitios insospechados. En Cuba, las esperanzas son unos bichos de un verde apastelado feroz y un tamaño francamente desvergonzado para cualquier insecto.

La mujer había atrapado al ortóptero en el respaldo de mimbre de una silla, un par de mesas más adelante de nosotros.

–En México, a esos grillos les decimos chapulines.

–¡No, no! -a gritos, que a mí me suenan casi a regaños, me contestó la mesera que traía el animal prendido por las patas traseras–. Aquí también tenemos grillos. Pero esta… –la levantó a la altura de sus ojotes escrutadores para comprobar el tino de su clasificación–, esta es una esperanza.

–¿Como un saltamontes?

–¡No, tampoco, señor! Hay grillos, hay saltamontes… y esta es una esperanza… –y me aventó una mirada retadora, ante la cual ya opté por el silencio–. Y como la esperanza muere al último, con tu permiso –dijo antes de llevarse a su presa a la entrada de El Plan B, el paladar en donde estábamos por fin comiendo. Sin prisas, sin brusquedad alguna, depositó la esperanza entre las hojas de una trinitaria en flor, y regresó a seguir con su trabajo.

–¡Uy, sí, en Cuba nadie mata una esperanza! -confirmará Manuel, el hombre que nos rentó el departamento en el que nos hospedamos en La Habana.

–Oye, ¿y pican?

–Claaaaro… -respondió, prolongando el sonido de la primera sílaba, en proporción directa a la seguridad con que enjuiciaba el asunto-, pican como esperanzas. 

En Cuba nos aguardaban dos desenlaces, que, aunque fatales, nos tomaron por sorpresa. El del poeta y del comandante. Y ya se sabe: las malas noticias empeoran conforme son inesperadas, por eso pensamos que tienen la maldita costumbre de brincar sobre nosotros en donde menos las esperábamos, como un gato de Angora en la esquina de un barrio carcomido por la fealdad de la pobreza, como un batracio descomunal en la tina de un hotel de lujo… En realidad las cosas no son así; las malas noticias acechan en cualquier sitio, sencillamente porque son omnipresentes, están en los nudos imprescindibles con los que se traman los sucesos, y por eso también abundan justo en donde uno teme que llevan una eternidad aguardando con toda paciencia que pasemos por ahí para caernos encima.

La Habana solamente puede conocerse a pie. El domingo 13 de noviembre habríamos de llegar al parque John Lennon hambrientos y muertos de cansancio, después de acarrear nuestros asombros y toneladas de sol isleño a lo largo de varios kilómetros. Primero, desde el corazón de El Vedado, tomamos Avenida de los Presidentes, o calle G, en la 23, y de ahí subimos hasta Independencia, por la cual llegamos a la Plaza de la Revolución. Nadie sabe para quién trabaja: el inmenso escenario cívico de la Revolución Cubana fue construido por el gobierno de Fulgencio Batista en los terrenos de lo que, a principios de siglo pasado, había sido uno de los asentamientos más pobres de La Habana, el barrio de La Pelusa. En algún lado leí que las personas despojadas de sus predios no habrían recibido un centavo, de no haber sido por el pleito legal que interpuso por ellas un joven abogado, un tal Fidel Alejandro Castro Ruz. En la misma explanada en la que el líder cubano arengó tantas veces a sus paisanos –¡Patria o muerte, venceremos!, consigna pronunciada por vez primera por Fidel el 6 de marzo de 1960, durante su discurso fúnebre por las víctimas de las explosiones en el barco La Coubre, atentado organizado por la CIA, el día habanero, desde su orgulloso cenit, nos miró mirarle el rostro al Che –Hasta la victoria siempre– y a Camilo Cienfuegos –Vas bien Fidel, así, sin coma vocativa, la bendición desde ultratumba del accidentado guerrillero al incansable comandante en jefe-. Más allá de alguno que otro turista que de vez en cuando se acercaba a tomarse un raudo selfie con los icónicos relieves escultóricos del artista Enrique Ávila de fondo, aquello se reducía a más de setenta mil metros cuadrados de silencio -la plaza de la Constitución, el Zócalo de la Ciudad de México, se extiende por poco más de cuarenta y seis mil metros cuadrados-. Un ágora solitaria anegada de ecos.

–La cantidad de veces que Fidel ha mantenido colmado este lugar durante sus discursos maratónicos…

Ahora la luz solar palpitaba en la Plaza de la Revolución, y nosotros, observándola con el memorial al héroe primigenio de la teogonía revolucionaria de Cuba, José Martí, a nuestras espaldas -perdonados seamos, comandantes-, nos tomamos el Gatorade que habíamos preparado en la mañana, ya casi un atole aguachinado de lima-limón.

–Hubiéramos traído además una botella de agua.

–Ya estaría también tibia.

Agua, agua fría. O una cerveza. Ambos oteamos a diestra y siniestra, y si alguno lo pensó nadie perdió el decoro tanto como para expresar la insólita nostalgia por el Oxxo de la esquina.

–Pues a ver en dónde encontramos una tienda.

Mientras desde el pie del memorial tirábamos algunas fotos -en Cuba no se toman fotografías, se tiran foticas-, muchos taxis fueron transitando frente al monumento rematado con un obelisco de más de cien metros de altura, y cada uno de ellos aminoraba la velocidad y dispensaba claxonazos para ofrecer rescate al par de náufragos a la deriva en aquel océano de cemento, mármol gris y sol…  Nada, olvídenlo, no nos vamos a rajar; caminata o muerte, venceremos. Antes de reanudar la marcha, rápido chequeo en el mapa al dónde estamos y al para dónde vamos… De nuevo con la proa hacia el Malecón, remontamos una pendiente, ahora por Avenida Paseo, con el calor palmeándonos los lomos. Un montón de minutos más arriba llegamos al punto del siguiente viraje.

–Ésta debe de ser la calle de la promesa que Ibargüengoitia no olvidó -supuso Inés tan pronto alcanzamos aquella esquina, señalando la pequeña mojonera de cemento en la que, como en otras muchas vialidades habaneras, se testimonia la nomenclatura: Paseo en un canto, Zapata en el otro.

–Ey…, ¡qué cabrón!

–Buenas tardes. Oiga, una pregunta: ¿sabe usted por qué esta calle se llama Zapata?

–No, no lo sé yo… Pero no es calle, es calzada.

En La Habana Vieja, a sólo una cuadra del mar, más o menos a la altura de la Aduana, en la calle Oficios nace Muralla, por la cual apenas dos cuadritas más arriba -Mercaderes y San Ignacio- se llega a la Plaza Vieja -en sus orígenes, allá en la segunda mitad del siglo XVI, Plaza Nueva-. Nueve calles más adelante, a partir de Avenida Bélgica -la cual, junto con Túnel de la Habana y San Pedro, forman un anillo que circunda el primer cuadro del centro histórico de la ciudad-, deja de llamarse así y cambia a Dragones, la que primero pasa entre el Capitolio y el parque de la Fraternidad, y enseguida, muy ad hoc, por el pórtico de entrada al barrio chino -una estructura de granito sufragada hace unos veinte años por el gobierno de la República Popular de China-. Después, a la altura de Águila, uno se topa con una bifurcación: hay que continuar por la derecha. Ahora la calle es Zanja, una extensa vialidad que después de varias cuadras, luego de cruzar Infanta, se convertirá en Calzada de Zapata.

–Perdone, ¿sabe por qué esta calzada se llama Zapata?

–Pues por alguno que se así apellidaba, digo yo.

Zapata avanza y en La Habana sí llega a Avenida de Los Presidentes, atraviesa más adelante la Salvador Allende y cala entre el Castillo de El Príncipe y el Teatro Nacional de Cuba. Unas calles más abajo se encuentra con Paseo, que fue en donde la tomamos. A partir de ahí, las calles paralelas no son letras, sino números pares.

–Hola, buenas tardes.

–Bueeenas -la afabilidad expresada en la amplitud de la primera sílaba.

–Oiga, ¿sabe usted por qué se llama Zapata esta calzada? -le pregunto a una señora con quien, en contrasentido a nosotros, nos topamos frente a la gasolinera. El establecimiento, conforme a una práctica común en La Habana, toma apelativo de su propio domicilio: Servicentro Zapata y 6.

–Mira, tú…, que no lo sé -me responde con toda calma después de detenerse; se lleva la mano derecha al mentón y busca alguna pista por ambos lados de la calzada. Luego de no avistar nada que juzgue digno de mención, lucubra:- Pero debe de ser por el suyo, por Emiliano… Porque ustedes son mexicanos, ¿velda?

Jorge Ibargüengoitia, en un texto titulado “Revolución en el jardín”, cuenta que durante su estancia en Cuba en 1964, cuando vino a recibir el Premio Casa de las Américas por Los relámpagos de agosto, su primera novela, un cubano se acercó a él para pedirle que lo ayudara a concretar una iniciativa: quería que a una calle de La Habana el gobierno revolucionario de los barbudos le pusiera Emiliano Zapata. 

–Sí, somos mexicanos.

–Pues por Emiliano ha de ser… ¿De qué año es el héroe?

–¿Zapata?

–Sí, sí, el Atila del Sur -me contesta la mujer, quien obligadamente me recuerda a la tía Jemima de las cajas de hot cakes: una negra risueña con la cabeza cubierta con una pañoleta blanca con lunares rojos.

–Bueno, él combatió en la Revolución Mexicana de 1910, y luego en contra del gobierno golpista de Victoriano Huerta… Lo asesinaron en el 19.

El cubano aquel explicó a Ibargüengoitia que de hecho en La Habana ya existía una calle que tenía por nombre Zapata, por cierto desde hacía muchísimos años, pero en referencia a un español que además de podrirse en plata nada más se dedicaba a acaparar terrenos; un explotador burgués.

–Entonces ya no estoy muy segura -me dijo la amable habanera-, porque esta calle se llama Zapata desde hace añales, tal vez desde tiempos coloniales. 

La iniciativa era entonces, más que ponerle Zapata, anteponerle Emiliano al nombre de la calle, para que, de un solo golpe toponímico, se dejara de recordar a un gallego ricachón y se comenzara a honrar la memoria de un revolucionario mexicano.

–¡Formidable! -había opinado el narrador guanajuatense, a quien el auxilio que se le solicitaba era que gestionara ante el gobierno de la República Mexicana la donación de un busto de Emiliano Zapata, para ser colocado en el remate de la vialidad.

–Oiga, ¿y por aquí no hay ningún busto, alguna estatua?

–De Emiliano Zapata, nananina.

–¿Nanania?

–Eso, nananina: nada de nada.

El cubano le había pedido a Ibargüengoitia que prometiera que no iba a olvidar la encomienda.

–Se lo prometo.

Concluye el escritor: “Y en efecto, no se me ha olvidado. No he hecho nada para que manden un busto de Zapata a Cuba. Pero no se me ha olvidado”.

Por Zapata, que en ningún lado tiene antepuesto el Emiliano, bajamos hasta hallarnos con el muro norte del cementerio histórico y en uso más importante de esta ciudad, la Necrópolis de Colón. Ahí yacen los restos de Alejo Carpentier, de Eliseo Diego, de Lezama Lima y de otros dos millones de personas, algunas en sobrios sepulcros, otras en magníficas tumbas y muchas en millones de mausoleos y osarios. Como nos negamos a pagar 5 dólares por cabeza a cambio de entrar a recorrer un mar de túmulos flotando en el Atlántico, desde ahí volvimos casi al pisa y corre a la 23, por la cual anduvimos cuadras y cuadras entre ríos de vivos y vivas hasta llegar a la raíz desde donde brota, el parque Almendares. Caminamos este tramo casi siempre de bajada, ya con el sol de frente; a esa hora, sus rayos entraban como cuchillos de mantequilla en la lengua de pavimento de la avenida y en las banquetas de cemento. Chorreadero de luz y calor. Con todo, cruzamos el puente y ya del otro lado bajamos al parque contentos, en apariencia aún enteros. Aunque con la circunspección suficiente como para no externarlo, creo que llegamos orgullosos por haber logrado la travesía sin haber caído en la tentación de estirar el brazo para parar una guagua o una de las máquinas de más de medio siglo que en La Habana sobreviven más que dignamente como taxis y colectivos.

La entrada al parque Almendares, el más grande de La Habana, no tiene ningún costo, ni para los cubiches ni para los extranjeros, y ningún policía o guardia la custodia. Fidel, de casaca y gorra militar, da la bienvenida a los visitantes: la fotografía lo muestra setentón, todavía fuerte, con una sonrisa discreta, apenas dibujada, sosteniendo la quijada en la mano izquierda y con el dedo índice reposado en la mejilla. La mirada del comandante, entre ilusionada y reflexiva, observa su propio comunicado, el cual, sin economía de signos de admiración, para quien necesitara guía y tuviera tiempo de leer, explicaba en chillantes caracteres anaranjados: “¡Que la vida humana se preserve! ¡Que los niños y los jóvenes disfruten de ella en un mundo de justicia! ¡Que los padres y los abuelos compartan con ellos el privilegio de vivir!”

–¡Que Cuba se mantenga aislada de los usos del lenguaje de género políticamente correcto y gramaticalmente abominable! -glosé yo.

Todo, el letrero y la foto, en una lámina de no más de metro y medio de ancho, por menos de un metro de alto. Era ya nuestro tercer día en la isla, para entonces habíamos caminado más de diez kilómetros, y aquella era la única imagen de Fidel que hasta entonces habíamos visto a lo largo de todos nuestros andares por las calles de La Habana.

–Con mucho, los dos personajes que más hemos visto en Cuba son el Che y Martí -comentaría algunos días después con Ignacio, un viejo cubano-español que conocimos en Varadero-. Hemos visto muy pocas imágenes de Raúl en las calles, y de Fidel casi ninguna.

–Claaaro, porque están vivos. En este país, para tener una calle hay que estar muerto –me contestaría Ignacio, y recuerdo perfectamente cuando: la mañana del viernes 25 de noviembre, mientras desayunábamos una tortilla de huevo.

Nos acercamos a la zona de juegos del parque –tres o cuatro resbaladillas, algunos subeybajas, columpios, y dos pasamanos, todos evidentemente avejentados pero en funcionamiento y bien pintados–. Algunas familias pasaban ahí la tarde con sus hijos. A falta de un tiovivo, un par de ponis de carne y hueso, abotargados por el sol y las innumerables vueltas que para esas horas ya habrían dado a una minúscula rotonda, paseaban niños de dos en dos. Tomamos algunas fotografías antes de irnos a buscar agua en la cafetería del parque. En una de las mesas de cemento, tres hombres conversaban compartiendo una botella de ron.

–¿Se podrá beber alcohol en los parques?

–Pues ellos pueden.

El lugar estaba cerrado, así que con todo y nuestra sed nos fuimos a sentar en una banca de madera que estaba junto al río. Aguas verdes y lentas surcando un cúmulo de palmeras y laureles.

–¿Hambre?

–Mucha, toda.

El plan era comer en el paladar que nos había recomendado Manuel. El Recanto había escrito en el mapa de la ciudad que nos regaló, ya sobre el azul del mar, frente a la desembocadura del Almendares; luego, a renglón seguido, “3-5 CUC”, y de ahí una línea increíblemente recta hasta el punto que había marcado en la esquina de las calles 17 y 10.

–Aquí también vamos a comer los cubanos -había asegurado.

–Está como a unas quince cuadras de aquí, algunas de las grandes -advertí.

–¡La otra tarde que estuvimos en casa del abuelo Lázaro, ¿ya tú sabes lo que me pasó a mí? –dos ráfagas de menos de medio metro de altura pasaron frente a nosotros corriendo, empujándose entre sí y hablando a gritos-. ¡No lo vas a creer!

–¡Anda, ¿qué embuste me vasa echar tú?!

–¿¡Que si ya tú sabes lo que me pasó a mí?! ¡Que me caí!

La dupla de infantes se llevó su bachata de estrépitos verbales con sus pequeñas grandes historias hacia los juegos, y nosotros, suspirando largo y fuerte, nos armamos de valor y voluntad antes de ponernos de nuevo de pie para emprender camino. Dejamos atrás los colosales laureles del parque, ancianos jipiosos de trenzas enormes y ensortijadas, y regresamos a las calles del puerto.

Remontamos de nuevo hacia el Vedado, cruzando otra vez el puente que salva el río para enfilar por Avenida 23. Doblamos a la izquierda en calle 26. Tres cuadras más adelante, en la 17, dimos vuelta a la derecha. Proyectando ya sombras largas, caminamos ocho cuadras más para alcanzar el destino prometido. Efectivamente, justo en la esquina con la 10 dimos con la casa blanca de dos pisos, en la que, tras un achaparrado enrejado había un porche en el que podía verse un pequeña cantina, algunas mesas de herrumbre, una sombrilla de plástico de la marca Maggi y junto a ella el buscado anuncio: “Restaurante Bar El Recanto. Abierto 24 horas”.

El lugar estaba cerrado.

–¿Y ahora?

Ni modo, a buscar una opción. Después de revisar el mapa, Inés propuso que, aprovechando que estábamos cerca, fuéramos a conocer el parque Lennon…

–Y a ver qué encontramos en el camino para comer.

–Oye, pero yo he visto muy pocas cafeterías y casi ningún paladar.

Y, bueno, ningún Starbucks. Ninguna señora vendiendo tamales o chilaquiles. Tampoco ninguna versión cubana de nuestras torterías, taquerías y changarros de quesadillas, carnitas, gorditas y demás fritangas. Ni tiendas de conveniencia ni súpers. Ninguna fonda, ninguna marisquería ni restaurantes vegetarianos ni de sushi. Rosticería de pollos, nada. Ni un puesto de jugos. Durante toda la jornada, no habíamos visto un solo vendedor ambulante, ningún puesto de comida de los que en México mal llamamos semifijos, ningún carrito ni de frutas ni de gelatinas ni de hot-dogs. Nadie vendiendo pan dulce en triciclos, nadie ofreciendo viandas. Ni un solo mercado ambulante, como nuestras placitas y tianguis.

–Tampoco papelerías, ni cerrajerías.

–Ni plomerías ni mercerías ni salones de belleza.

Ni un negocio de marcos y vidrios ni una vulcanizadoras ni tiendas de regalos y chacharitas.

–¿Dónde compran colchones, pintura, tuercas…?

–En La Habana Vieja vi algo así como una tlapalería, raquítica.

–¿Has visto algún escaparate?

Allá por la Necrópolis habíamos pasado por una especie de plaza comercial. No llegaba a diez locales -cerrados todos-; recuerdo que en uno vendían uniformes en otro de zapatos y en uno más -Decoración para el hogar, decía- algunas plantas y flores de plástico.

–Oye, ¿y aquí no hay tintorerías? Creo que no hemos pasado por ninguna desde que llegamos.

–Ni lavanderías de ropa.

–Ni anuncios, ni espectaculares.

En ningún semáforo habíamos visto a nadie mostrando mantas publicitarias o propaganda política. Cero tragafuegos, cero payasitos con globos en las nalgas, cero muchachos acostándose en camas de clavos, cero malabaristas… Pasaban ya de las seis de la tarde, habíamos recorrido más de quince kilómetros y tampoco nadie se nos había acercado para pedirnos una moneda para completar para la guagua o para comprar las medicinas para sus hijos o una limosnita-por-el-amor-de-dios. Todo el día en la calle y ni un solo indigente, ningún niño callejero.

–Pues a ver qué encontramos…

Una pésima noticia y una esperanza nos aguardaban a unas cuantas calles.

@gcastroibarra


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Germán Castro

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