Opinión

Utopía aislada (segunda parte)

  • La noche en que murió Fidel Castro yo estaba en Cuba. Habíamos aterrizado en La Habana un día después de que Donald Trump ganara las elecciones a la Presidencia de Estados Unidos. La marca que ambos eventos dejan en la historia contemporánea es tan significativa que bien podemos decir que en noviembre de 2016 terminó el siglo XX. Haber estado en Cuba durante aquellos días resultó una posición privilegiada para testimoniar el cambio de página; con la siguiente crónica intento aprovecharla.

 

 

La tarde habanera estaba muy cerca de terminar de derretirse en el mar, y nosotros seguíamos sin un plan B. Protegidos por la tajante sombra en la que, pachorrudo, el anochecer se abocetaba, ahí íbamos los dos, fatigados plenamente. Caminábamos sobre la acera noroeste de la 17, como quien se dirigiera al Malecón. Del otro lado de la calle, en las fachadas de las casas los rayos del sol alcanzaban a pegar ya sólo arriba de los zaguanes y las puertas de entrada. Entonces comenzamos a escuchar un runrún distante… Mientras paso a paso marchábamos entre aquellas viviendas rancias y guapetonas, el tímido ronroneo se transmutó en ruido llano, del que pronto fue surgiendo un sonsonete y, luego, un ritmo bien marcado, y también la certeza de que nos estábamos encaminando hacia el alboroto aquel. ¿Pues con qué relajo nos vendríamos a topar? ¿Un festival, un concierto al aire libre? ¿Silvio, Pablo…, Amaury de perdida?

La calle 17 atraviesa buena parte de El Vedado. Al sureste, comienza junto al río que los naturales de esta isla llamaban Casiguaguas, los primeros colonizadores españoles La Chorrera y a partir del siglo XVII Almendares, en recuerdo, fonéticamente combado, de un prelado natural de Navarra que, según se cuenta, en sus aguas sorpresivamente se curó de gota -Alonso Enríquez de Toledo y Armendáriz, quien, por cierto, de Cuba fue trasladado en 1624 por sus jefes vaticanos a tierras mexicanas para hacerse cargo del obispado de Valladolid de Michoacán-. El origen de la 17, separado del entonces terapéutico y hoy muy contaminado Almendares nada más por el astillero Chulima, es la calle 30; desde allá, entre las avenidas 23 y La Línea, paralela sube 45 grados dirección noroeste hasta el Malecón. Mucho más cerca del río que del litoral norte de la ciudad, Inés y yo avanzábamos por esa vialidad después haber sufrido en la 10 un desencanto -El Recanto cerrado-.

Si bien todavía estaba lejos de que me pegara una insolación, ya era indubitable, incluso para mí, que la prolongada falta de agua, alimentos y reposo, en alguna medida me había enturbiado el discernimiento, así que, sin ánimos de meter orden en el embrollo interno, venía yo con la cabeza entretenida en un batiburrillo de pensamientos disparejos. Por ejemplo y sin ser exhaustivos: un leve extrañamiento a causa de que hasta entonces no habíamos visto o siquiera escuchado el vuelo de un helicóptero; la conjetura, a partir de la atenta observación a lo largo de varios kilómetros de arterias urbanas, de que La Habana es territorio de gatos y no tanto de perros; la humilde aceptación de que, por muy rudo que en su momento me hubiera parecido su dictamen, aquella guionista cubana que conocí hace algunos años en el entonces Distrito Federal tenía toda la razón cuando se quejaba de la fealdad humana que mayoritariamente advertía por las calles chilangas, toda vez que, ahora me resultaba indiscutible, ella fundamentaba su juicio en la comparación que en remembranzas hacía respecto de sus apuestos paisanos y sus esculturales coterráneas; la evocación de las palabras que dedicó Carpentier, autor de novelones como Concierto barroco y La consagración de la primavera, a la calle por la que veníamos transitando: “galería de las residencias suntuosas”; el recuerdo angustioso de que en el departamento nos quedaban huevos nada más para el desayuno del siguiente día…

–Nada más pasamos la 8 y llegamos –aseguró Inés.

Nos acercábamos al parque Lennon con la seguridad que un mapita en mano puede dar. El escándalo que veníamos oyendo desde atrás se reveló poco a poco como algo que muchos bárbaros repartidos por todo el orbe se atreven a considerar música.

–¡Guácala!: reguetón –intransigente, dictaminé…, aunque tal vez de manera imprecisa, porque, según averiguaría semanas después, ya en México y escarbándole en youtube, resulta que el género o subgénero o subsubsubgénero o falso género, al menos de acuerdo a como lo promocionan muchos de sus ejecutantes -el Ondure, X-X, Yakarta, Chacal, el Tiger y otros perpetradores- se llama cubatón… “Le pusimos salsita y rumbita al reguetón”, Dj Feely dixit. Horror: desde que llegamos a la isla y hasta que nos fuimos, este tipo de consonancias bárbaras -“el reguetón boricua con fusiones de songo, salsa y timba”, según el cubatonero Alexis Vázquez- conformarían el soniquete constante, machacón, simplón y pegajoso que nos estaría esperando en todas partes… –¿Pues no decían que Fidel había prohibido en la isla toda esa basura? –pregunté intolerante, pero sobre todo ilusionado de estar a punto de presenciar una acción represora ordenada por los hermanos Castro, el Consejo de Estado de Cuba o ya de menos por los Comités de Defensa de la Revolución, los famosos CDR, que no por nada son desde hace más de medio siglo los órganos responsables de las tareas de vigilancia colectiva frente a la injerencia externa y los actos de desestabilización… Pero no, no pasó nada: el ferretreque no paró.

Ella es, ella es… la que quiero pa mí… Yo lo sé, yo lo sé… que se muere por mí… Cada vez, cada vez… que me ve por ahí…, yo lo sé, yo lo sé… que le duele… Ya muy cerca de la esquina, la escena que nos regaló El Vedado resultó alucinante… Si yo te gusto y tú me gustas… Dale, papi, doy pa’l party… Y tú lo ves, lo que te voy a hacer… Con la noche eso… Tengo money, mucho money… Mucho money… La cumbacha -o descarga o motivito, como le dicen en Cuba a lo que en México hasta hace poco los clasemedieros llamábamos un reventón- ocurría sobre la banqueta, frente a una de las dos casonas blancas de dos pisos, antañonas y orgullosas de su estilo neoclásico de marcadas reminiscencias francesas, que majestuosas y decrépitas se apostaban a unos metros de la esquina. Bajo una especie de cobertizo de lámina adaptado en lo que originalmente debió de ser el patio de entrada de la residencia estaban colocadas las potentísimas bocinas, de las cuales el tema de Wildey -él lo pronuncia Güidei-, previsiblemente titulado Tengo money, a borbotones salía para el disfrute de unos diez veinteañeros, varones todos y la mayoría también negros como el cubatonero antes referido. Formando un círculo cerrado, de pantalones cortos, camisetas y sandalias, los jóvenes bailaban en la vía pública: sin dejar de bambolearse ni un momento, apenas despegaban los pies del piso de vez en cuando, mientras acompañaban el ritmo con brazos y manos, plantando gestos tremendos de felicidad y repartiendo sus miradas entre sí y el cielo. Ni sillas ni mesas ni nada, sólo un anafre encendido, también en la acera. Mami, pum, pum, pum hace mi corazoncito… Oye, oye, di que te gusta el negrito… Del otro lado de la calle, por donde nosotros veníamos, tres niñas, una negra y dos jabas, repetían los pasos y las sonrisotas de los muchachos.

Según indagaría después, el tal Wildey, un mozalbete que vive en Cuba y no exiliado en Miami, despliega una formidable capacidad de convocatoria entre la juventud isleña. Apenas en octubre, él y el Moikan, otro encanchado exponente del cubatón, habían armado con sus fanáticos una tángana de antología en el Anfiteatro del Centro Histórico del puerto. ¿Tángana digo? Eso, tángana, o sea un guateque, una animada choricera, una cumbacha, o para que se entienda, un evento que hay quienes aquí en México llamarían un toquín. Al tal Wildey también se deben temas como Yo también estoy pegao, La Loba, Tú me tienes frito sin aceite y Buen chamaco, cuyo video oficial fue filmado nada menos que en la calle de la Amargura y en otras locaciones de La Habana Vieja, zona considerada por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Además, en la red me he topado con otra producción que, estoy seguro, de haberla visto antes del 25 de noviembre de 2016, hubiera matado de un soponcio ideológico al comandante supremo de la Revolución Cubana: Corremo’ o Nos Escondemo’. Aquí Wildey, no va solo, guarachea con uno que se puso un nombre artístico que no oculta ni pinga su delirio: El More. Valiéndoles un tostón a ambos el bloqueo, el segundo aparece portando una tshirt de Micky Mause, en tanto que el primero intercala dos camisetas, en una, sin mangas, se lee UNCLE SAM, y en la otra, arriba de fotos deslavadas del Empire State y la Estatua de la Libertad, NEW YORK. Una que otra secuencia del video muestra el exiguo estudio de grabación habanero C4, casi casi pelón de equipo, y en cambio bien engalanado con banderas grandototas: la de Jamaica, por Marley, la cubana, claro, y, but of courseI’m sorry, Fidel-, la de las barras y las estrellas de los raperos gringos. La mayor parte de las tomas documenta al par de intérpretes desgañitándose en medio de una lóbrega calle de La Habana, entre un respetable contingente de adolescentes -respetable por numeroso, se entiende-: algunos danzan desaforados, otros nada más observan. Pubertas salpiconas de vestiditos ajustados zarandean las asentaderas con una vehemencia fiera, mientras que los jovencitos, varios aún fiñes, mueven mucho menos los botes y mucho más los brazos, las manos y los dedos. Vistiendo un short al que no le queda la mezclilla suficiente para taparle los nacientes glúteos, la ninfeta a quien la edición dedicó más escenas zamarrea como una energúmena sus propias caderas, casi siempre dándole la espalda a las cámaras. El oscuro pandemónium es aderezado aquí y allá con chorros de luz estroboscópica.

Después de regalarles algunos chocolates al trío de chamaquitas cubatoneras, seguimos nuestro camino con el anhelo de que la estridencia aquella no nos alcanzara hasta el parque. Ellas se comieron todo en un santiamén y de vuelta a lo suyo, el bailongo… Tengo money, mucho money… Ah, ah, ah

–¿Tú no quieres uno?

–No, gracias. Tengo sed y quiero comer, comer comida.

Algunas zancadas más adelante, por fin llegamos al dichoso parque dedicado a mister John Winston Ono Lennon. No me atreví a proponerlo con todas sus letras, pero con todas sus letras lo proyecté: reconocimiento del terreno, búsqueda y pronta localización de la famosa estatua de bronce, foto a Inés sentada con el ex Beatle asesinado, selfie de protocolo y vámonos a comer… Pero, bueno, ya se sabe, siempre sucede lo mismo: el hombre propone y dios dispone -otra cosa-.

Antes de que el régimen revolucionario ampliara su espectro ideológico lo suficiente como para volverse rock & roll friendly, el pequeño jardín urbano seguía llamándose Mario García Menocal, como alguien le había puesto mucho antes de Batista para conmemorar a un político que desde hace mucho ya nadie recuerda -fue presidente de la República de Cuba mientras acá en México andábamos ocupados en la bola, de 1913 a 1921-. Desde hace 16 años, oficialmente es el parque John Lennon, luego de que, el 8 de diciembre de 2000, en inaudita ceremonia fuera develada la figura que el artista cubano José Ramón Villa esculpió para homenajear al músico y activista de Liverpool. La develación formal de la escultura corrió a cargo nada menos que del Fifo y el Escaramujo, que no sé si ustedes sepan pero es igual que decir Fidel Castro y Silvio Rodríguez, respectivamente: El Paladín y El Trovador de la Revolución Cubana.

Entramos por el vértice sureño de la manzana en el que se asienta el parque, el que forma el cruce de las calles 17 y 8 -su antípoda norte, la esquina de la 15 y la 6-. Por un andador, en diagonal, nos acercamos a la rotonda que está justo en el centro; alrededor de sus escalinatas, un montón de niños jugaban, unos fut, otros beis.

–¿Estuviste ahí? –sin saludo ni preámbulo alguno, con toda seriedad, me preguntó a rajatabla un cubano que se me dejó venir de frente, mirándome a los ojos.

–¿Ahí…, yo? ¿En dónde?

– Sí, amigo, tú… –confirmó, y luego con el índice me señaló el pecho: –Ahí.

¿Ahí…, en mi corazón? ¿Un cuestionamiento existencialista? ¿En domingo, así nomás? Pero no, por fortuna antes de contestar una tontería caí en la cuenta de que traía puesta mi camiseta con falta de ortografía: dos pajaros contraatacan, así, sin acento: — Ah, sí…

–¡Coño, qué envidia!

–Sí, hombre, un concierto de lujo. Fue en el Auditorio Nacional.

–De México, ¿verdá?

No me lo van a creer, pero el habanero envidioso se llamaba Santos Socorro, o al menos así se presentó, aunque luego él solito se acortó el apelativo: –Puedes llamarme Socorro.

–Tú puedes llamarme Castro –a donde fueras haz lo que vieras.

Santos Socorro se identificó como un gran admirador de Joaquín Sabina: –De Serrat, no tanto, pero gran respeto, veldá, pol supuesto… Lo que sucede es que Joaquín Sabina es un poeta de Ligas Mayores…

–El Quevedo del rock… Creo que Miguel Ríos fue el que le puso así.

Charlamos -descargamos, diría él- un poco sobre los últimos discos del ubetense, de donde brincamos a Silvio Rodríguez y de ahí la plática tomó rumbo para el norte: Dylan y su Nobel.

–Yo hablo inglés, pero no tengo muy desarrollada esa lengua, así que no puedo juzgar si lo merecía –reconoció Santos.

Yo le conté entonces lo que Leonard Cohen había declarado cuando alguien de la prensa le pidió opinión acerca de que la Academia Sueca le hubiera concedido el premio de literatura más importante del mundo a Bob Dylan: “To me, is like pinning a medal on Mount Everest for Benin the highest mountain. Nomás para calarlo, se la solté así, en inglés… Fue entonces que apareció la esperanza debajo de la almohada:

–Cohen, otro descomunal… ¡Qué pena que haya muerto! –lamentó Socorro.

–No, no murió. De hecho reapareció hace algunos años y hasta ha grabado nuevos discos…

–Falleció el jueves, chico.

Desde que habíamos llegado a la isla, cero televisión, cero radio y, sin conexión, ni un whats, ni un tweet…, así fuimos a enterarnos en La Habana de la muerte del poetota canadiense. Sentimos muy feo…

–Y avisó: I’m ready, my lord, dice en la rola que se llama como su último álbum.

–Sí, You Want It Darker. El nuevo, el último…

Hambrientos, cansados y ahora también muy tristes, nos despedimos de Santos. Él se quedó cuidando a su hijo, un adelantado aprendiz de delantero que tiraba pelotazos metido en una jersey de Messi que le quedaba inmenso, y nosotros caminamos al otro lado del parque para ir a cumplir el ritual turístico, la foto junto con Lennon. En realidad, sería una despedida en falso: unos minutos después volveríamos a verlo…, afortunadamente, porque él fue quien nos proveyó de un plan B.

@gcastroibarra


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Germán Castro

Germán Castro

1 Comment

  1. croma
    15/12/2016 at 12:02 — Responder

    ¨– Sí, amigo, tú…
    –¿Ahí…, en mi corazón? ¿Un cuestionamiento existencialista? ¿En domingo, así nomás?¨

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