Opinión

Utopía aislada (tercera parte)

  • La noche en que murió Fidel Castro yo estaba en Cuba. Habíamos aterrizado en La Habana un día después de que Donald Trump ganara las elecciones a la Presidencia de Estados Unidos. La marca que ambos eventos dejan en la historia contemporánea es tan significativa que bien podemos decir que en noviembre de 2016 terminó el siglo XX. Haber estado en Cuba durante aquellos días resultó una posición privilegiada para testimoniar el cambio de página; con la siguiente crónica intento aprovecharla

Inés y yo tuvimos que hacer fila para poder sentarnos con John Lennon. Cuando al fin llegamos a su famosa banca, una nutrida banda de rosados teutones -rosados por el sol y nutrida por numerosa, pero también por lo rechoncho de cada uno de sus integrantes- interpretaba una torpe coreografía en torno a la estatua, intercambiando los roles de fotógrafos y fotografiados. Además, esperaban ya turno una pareja de españoles, una caterva de gringos escandalosos y un asiático solitario. Definitivamente, lo que nos atrae a los humanos con mayor fuerza no son las cosas, sino una especie de gravitación simbólica. Y si no, a las comparaciones me remito…

Hay un parque público que me queda a tiro de piedra de donde vivo. Se ubica muy cerca de Insurgentes Sur y abarca la manzana que bordean Pennsylvania, Georgia, Nueva York y Alabama. Sin ser muy extenso -su perímetro total no sobrepasa 650 metros-, es un agradable reducto recreativo en medio de la vorágine de la Ciudad de México. En principio conviene valorar que es una interrupción en la vastedad del pavimento: un oasis densamente arbolado con enormes eucaliptos, fresnos, cedros y pinos; todos se levantan entre jardineras más o menos bien cuidadas, en las que arbustos y plantas de ornato sobreviven a los perros. Cuenta con un foro techado para eventos públicos, con capacidad para unas doscientas personas. En uno de los márgenes del parque hay dos canchas de básquet y una de fútbol rápido, las tres en buenas condiciones; varios juegos infantiles nuevecitos -columpios, resbaladillas, pasamanos, subeybajas, escaladoras, túneles- en un área con piso blando para que los niños no se lastimen, rodeada por una pista para triciclos y patines con señalética urbana a escala. Tiene una fuente, bebederos, bancas metálicas y algunas mesas y asientos de cemento. El parque honora la memoria de un compositor nacido en Aguascalientes, Alfonso Esparza Oteo, y aunque hay una placa que así se lo recuerda a quien quiera leerlo y además un busto del músico, la mayoría de la gente se refiere al lugar como el parquecito de la Nápoles. Debo aceptar que a mí nunca se me ocurriría recomendar a un visitante extranjero que fuera a conocer el parque Esparza Oteo. Tampoco he visto jamás a nadie que vaya a tomarse una fotografía a un lado de la escultura del autor de Albur de amor, Mi tierra mexicana y El quelite.

En cambio, el parque Lennon sin duda ha convertido una parada obligada para cualquier turista que ande de visita por la La Habana. Por lo que toca a sus dimensiones, no es más grande que el Esparza Otero; ocupa también la superficie de una cuadra. Pero hay varias diferencias: ni es un paraje que destaque en su entorno por la cantidad o tamaño de sus árboles y palmeras ni tiene plantas de ornato; no cuenta con ningún tipo de infraestructura recreativa más allá de algunas bancas metálicas, no tiene equipamiento lúdico para los niños ni con instalación deportiva alguna. Eso sí, los prados del parque son verdes y están bien podados, y por supuesto, como puede decirse en general de La Habana y de todo El Vedado, es un lugar muy limpio. Y si en el parque chilango abundan los negocios semifijos y el comercio de a pie, en cuanto oferta comercial la sobriedad habanera en el Lennon también es extrema: ni un sólo vendedor ambulante, ni un puesto callejero… En suma, la única atracción turística del parque de la 17 es la dichosa estatua en bronce de John Lennon…, pero se basta y sobra y ha resultado más que suficiente: mientras queda un poco de sol para iluminar las fotos, el desfile de peregrinos foráneos no cesa durante toda la jornada, y así lo comprueban cientos de miles de imágenes trepadas a la red desde cualquier parte del planeta. ¿Cómo puede explicarse el fenómeno? Quizá no sea más que uno de los tantos productos del desconcierto generalizado con resultados felices que solemos llamar suerte, o tal vez un genio en la burocracia revolucionaria de la isla lo haya fraguado…

Intentemos imaginar la siguiente escena. En el calendario, colócala en alguno de los últimos estertores del siglo pasado: la gente todavía no conocía los iPods; ya nadie, fuera de la isla caribeña, extrañaba a la Unión Soviética, y aún se escuchaban los ecos del deshielo que el papa polaco había ido a impulsar a La Habana -“Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba…”-. Pudo haber ocurrido entre el segundo semestre del 98 y el primero de 1999. La economía de la isla está a punto de dejar atrás los peores años de lo que se llamó “período especial”, la inclemente golpiza de miseria que significó el desplome de la URSS y la disolución del CAME.

–No voy a hablar de todo lo que tuvimos que soportar durante aquellos años –contó un cubiche licenciado en Economía, fiel partidario del sistema, que actualmente se gana la vida como chófer de un diplomático europeo–. Nada más le digo que hoy ya hay gatos de nuevo en Cuba.

Estamos en La Habana, al suroeste de Nuevo Vedado, en la zona del Country Club de El Laguito. Los hechos suceden en una espaciosa oficina instalada en alguna de las residencias que, según se rumora -sobre todo según el brete que desde hace mucho tiempo no para de bloguearse furiosamente desde Miami-, usaba Fidel Castro Ruz como dormitorio y despacho temporales, estancias siempre de carácter provisional por las razones aducidas en la isla con toda razón durante más de media centuria, razones de seguridad. Es una de las más hermosas residencias del Reparto de Cubanacán; cuentan que Gabriel García Márquez se hospedaba aquí durante muchas de las varias temporadas que pasó en Cuba. La mañana apenas despunta, pero el comandante lleva un buen rato trabajando; como siempre, está solo, tratando de engarzar un caudal de problemas concretos y necesidades apremiantes con un puñado de proyectos y una parvada de sueños guajiros… Repiquetea el teléfono, Castro contesta, escucha y determina:

–Sí, hágalo pasar.

Retirándose de la cabeza la gorra verde olivo del uniforme, entra apresurado un hombre de mediana edad, de estatura media, de mediano rango militar y medio bizco. Se planta frente al escritorio y, marcial, se cuadra:

–¡Buenos días, compañero comandante!

–Bueeenos, Briñoles -responde Fidel, sin levantar la mirada del montón de papeles en el que está espulgando errores y buscando soluciones-. ¿Qué lo trae por acá, compañero?

El capitán Ocurrente Briñoles Tapia, encargado de una de las no pocas áreas de inteligencia del Estado cubano, le cuenta entonces al compañero Presidente del Consejo de Estado y de Ministros de la República que, en el seno de la célula que se honra en comandar -así lo suelta porque es lo correcto, aunque en realidad todo lo armó él solito-, apenas han terminado de diseñar una sencilla, baratísima, inocua y sin embargo muy efectiva estrategia de adecuación superestructural con grandes beneficios de reposicionamiento internacional y cohesión generacional interna:- ¡Un plan bombón, señor!

–¡Desembuche!

–John Lennon, señor… ¿Le suena?

–Algo… -como era de esperarse, fiel a su cliché, el líder histórico se mesa las barbas largas y canosas– ¿Un ideólogo del imperialismo yanqui?

–Sí, algo… -responde circunspecto Briñoles, recordando la instrucción del 64 que, si ser oficial, censuró efectivamente a los Beatles en la isla-… Bueno no, no, más bien no, ya no, señor.

–¿Cómo que ya no?

–Bueno, ahí reside parte de la cuestión… Mire… Inglés, activista, músico. Quiero decir…, más bien… Los Beatles, señor. ¿Le suenan? ¿Hey Jude? ¿Help? ¿Yo soy la morsa? ¿Let it be? ¿¡Revolution!?

–¡Ya, ya, pare la cantaleta…! Los del submarino amarillo y del sargento comino, ¿no? ¿Qué hay con ellos?

–Pimienta, señor, y no ellos, señor, no todos, nada más uno: John Lennon.

Ocurrente Briñoles entrará por fin en materia: explicará primero su propuesta de estrategia de adecuación superestructural y luego sus esperados beneficios. El proyecto es simple y se compone de dos acciones: uno, mandar esculpir una estatua tamaño natural del cantautor británico para colocarla en el parque de la 17, en algún sitio al que la gente pueda acercarse para tirar fotos de recuerdo, y dos, organizar una ceremonia para develar la estatua y ponerle de nombre al parque John Lennon…, oficialmente.

–¿Oficialmente, capitán?

–Bueno, sí…, es que, ¿sabe?, la gente ya le dice así…

–¿Ah, sí?

–Desde hace añitos…

–¿Y puede saberse quién autorizó eso?

–No, nadie, señor, ¿cómo cree? Es que… -el subalterno tendrá entonces que relatar los antecedentes de la propuesta y admitir que en realidad la idea de que el parque de El Vedado se llame John Lennon ni es nueva y ni es suya ni de la célula que… etcétera, sino que en realidad fue una propuesta que el trovador cubano Carlitos Varela se animó a lanzar públicamente en 1990…:- Y pues pegó, señor…

–¿Pegó?

–Ahí tiene usted que sí, pegó.

Atrapada la atención de Fidel, el capitán Briñoles Tapia relatará la historia del evento que originó todo, muy probablemente medio adecuada a sus propias conveniencias, pero básicamente la misma historia que yo conozco gracias a alguien que estuvo entre los primeros impulsores de la iniciativa, Jorge Dalton, el hijo menor del poeta salvadoreño Roque Dalton.

Corrían los primeros días de noviembre de 1990 cuando brotó el germen: a los de Síntesis -un grupo difícil etiquetar, pero para no desviarnos digamos que hacen jazz-rock afrocubano-, en particular a Ele y Carlos Alonso, se les ocurrió organizar un evento para homenajear a John Lennon. La idea era que el siguiente 8 de diciembre, fecha en la que se cumplirían diez años del asesinato del beatle, varios grupos reunidos en una azotea bien escogida comenzaran a tocar sin previo aviso canciones de los Beatles, emulando su último concierto, aquella sesión inolvidable en el tejado de los estudios Apple, en Londres. La ocurrencia encantó y pronto se sumaron más grupos —Los Pacíficos, Mezcala, Gens…—, otros trovadores y un contingente variopinto de artistas de diversas disciplinas. El sitio que resultó elegido fue la azotea baja del Hotel Habana Libre, en la esquina de L y avenida 23, en el corazón de La Rampa, muy cerca de la heladería Coppelia. Jorge Dalton, quien por entonces trabajaba en el canal 6 de televisión, recibió la encomienda de conseguir el apoyo del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), no solamente para que se grabara el concierto sino también para que fuera transmitido en vivo. Todo marchaba viento en popa, hasta que se interpuso el señor Status Quo, quien primero mandó a sus chamacos bien portados del Comité Nacional de la Juventud Comunista a informarles a los involucrados en el borlote en ciernes que siempre no, que el lugar que querían usar era estratégico y nomás no se iba a poder. Enseguida, los funcionarios del ICRT alegaron que había nuevas órdenes del Partido y retiraron todos los apoyos que ya habían prometido; no iban a transmitir nada y tampoco podían prestarles equipo. Así que el plan parecía destinado a irse a pique… No pasó mucho tiempo antes de que cayera el salvavidas: un grupo de vecinos de El Vedado se acercó a los jóvenes organizadores para proponerles que el concierto se celebrara en el parque de la 17, en donde había espacio suficiente y la gente podía apoyar con todo lo que pudiera. La sugerencia fue aceptada de inmediato y corrió la voz… Total, que el susodicho Status Quo, que en Cuba por entonces era un señor muy revolucionario, no apoyó el guateque pero al menos no lo detuvo, no movió un dedo para atajarlo, así que en un determinado momento de la tarde del 8 de diciembre de 1990 de pronto, así, sin preámbulos, la música comenzó a sonar. Varias rolas emblemáticas de los Beatles y también algunas de Lennon en su época de solista… Casi al final, Carlos Varela interpretó el tema que muchos jóvenes habaneros de entonces -¡oh, qué tiempos aquellos, tan distantes del cubatón!- asumían como un himno generacional: Guillermo Tell no comprendió a su hijo / que un día se aburrió de la manzana en la cabeza / y echó a correr y el padre lo maldijo / pues cómo entonces iba probar su destreza. / Guillermo Tell, tu hijo creció / quiere tirar la flecha, / le toca a él probar su valor / usando tu ballesta. Quienes estuvieron ahí recuerdan que no sólo toda la banda que estaba en el escenario improvisado cantó la rola, también la muchachada reunida en el parque coreó feliz aquellos versos en los que, sin necesidad de mucho oficio de exegeta, evidentemente usando el nombre del legendario personaje suizo se estaba mentando al señor Status Quo cubano o tal vez al mismísimo compañero comandante en jefe: Guillermo Tell no comprendió el empeño / pues quién se iba a arriesgar al tiro de esa flecha / y se asustó cuando dijo el pequeño / ahora le toca al padre la manzana en la cabeza. / Guillermo Tell, tu hijo creció / quiere tirar la flecha, / le toca a él probar su valor / usando tu ballesta. A estas alturas del evento, el grupo que había organizado el concierto -un colectivo ampliado de músicos, artistas plásticos y poetas que no se molestaba por que se refirieran a ellos como Los Hijos de Guillermo Tell- seguramente estaba extasiado, como Varela e igual que los miles de jóvenes reunidos en el parque. A Guillermo Tell no le gustó la idea / y se negó a ponerse la manzana en la cabeza / diciendo que no era que no creyera / pero qué iba a pasar si sale mal la flecha. / Guillermo Tell no comprendió a su hijo / que un día se aburrió de la manzana en la cabeza. Terminó la canción y se desataron los aplausos, la euforia, y ahí fue cuando el trovador soltó su sugerencia al micrófono:

–Yo no sé cómo se llamaba este parque, pero a partir de ahora debería llamarse parque John Lennon.

Justo diez años después, en ceremonia encabezada por el señor Guillermo Status Quo Tell –Silvio y Fidel, pues -sería oficializada la propuesta. En aquella ocasión ni discursó Fidel ni cantó Silvio; quien tomó la palabra fue Ricardo Alarcón Quesada, presidente de la Asamblea Nacional de Cuba: “Será éste lugar, para siempre, un testimonio de lucha, una convocatoria al humanismo. Será también homenaje permanente a una generación que quiso transformar el mundo y al espíritu rebelde, innovador, del artista que ayudó a forjarla y al mismo tiempo es uno de sus símbolos más auténticos”. La pertinencia del marxismo-lennonismo isleño había quedado avalada.

La Jornada en su edición del día siguiente reportó el hecho y rescató lo que le dijo el comandante en jefe a la estatua de Lennon: “Lamento mucho no haberte conocido antes”.

Una vez puesta la figura en su asiento, los gastos de mantenimiento se redujeron a la limpieza y, supongo, a una pulidita de vez en cuando, mientras que los gastos de operación durante algún tiempo únicamente fueron eventuales y siempre por el mismo concepto: repuesto de unas gafas de aros redonditos –teashade sunglasses-, hasta que algún funcionario se habrá hartado de que turistas manolargas se robaran los lentes de Lennon y dispuso que el gobierno cubano sufragara su custodia personal.

–Oiga, no se las quite… -interviene una negra de más de setenta años, cuando uno de los gringos alborotados intenta tomar las gafas. Tal es el trabajo de la señora Aleeda Rodríguez Pedrasa: de 8:00 de la mañana a 8:00 de la noche se mantiene cerca de la escultura, casi siempre bajo la sombra de una ceiba, cuidando los emblemáticos anteojos. Su sueldo asciende a 245 pesos cubanos al mes; poco menos de 10 dólares, menos de 17 centavos americanos por hora.

Unos minutos después, por fin se largaron los yanquis -los esperaba un almendrón de los tan bien pintados y pulidos que parecen salidos de la producción de Grease-. El japonés o chino o coreano o lo que haya sido colocó su iPhone en un largo selfie-stick, se sentó junto a la estatua, sonrió y tomó la foto. Luego se levantó, se despidió del monigote con una reverencia y se fue. Nuestro turno. Un par de fotos cada uno con Lennon, luego los tres juntos…

–Bien, ¿dónde comemos?

–Le hubieras preguntado a Socorro.

Regresé corriendo a buscarlo. Afortunadamente Santos Socorro seguía admirando las habilidades futbolísticas de su hijo.

–Socorro, morimos de hambre. ¿Dónde nos recomiendas comer? Pero que sea cerca…

El habanero meditó unos instantes antes de iluminar nuestro camino:

–Mira, Castro, caminen por la 6 todo derecho y un poquitico antes de llegar a la 23, del lado izquierdo, van a encontrar un paladar en donde se come muy bien. Está como en una cochera.

–Perfecto. ¿Cómo se llama?

–El Plan B.

Una maravilla: llegamos en menos de cinco minutos y resultó el lugar en donde más sabroso comimos en La Habana; comimos ahí tan rico que hasta pudimos pasar por alto el carajo cubatón de fondo.

 

@gcastroibarra


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Germán Castro

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