Opinión

2016 / El peso de las razones

Se fue otro año. Llega cierta edad en la que los años pasan como los meses, otra edad -supongo- en la que pasan como los días. Muchas veces vemos -como Hérvé Joncour- sólo llover nuestra vida frente a nuestros ojos, espectáculo quieto. 2016 fue un año para el olvido: muertes inesperadas de algunos grandes y queridos (Bowie a la cabeza), terrorismo y victorias políticas indeseadas. México es cada día que pasa un peor país y a lo lejos vemos el espectáculo del colapso. México: el desbarrancadero. El mundo: una tensión insostenible.

También fue 2016 un año de absurdos, de pocos buenos libros, de poca buena música, de pocas películas memorables. Como Pacheco con nuestra patria, para mí el 2016 se salva sólo por unas cuantas páginas, algunos viajes y muy pocas películas. Entre esos salvavidas en el mar de la estulticia rescato lo que sigue:

Libros: por fin pude leer la monumental House of Leaves de Danielewski, una novela inclasificable que tenía pendiente desde hace algunos años. Existe una traducción al castellano en las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego, así que si no le han hincado el diente consíganla cuanto antes. Leí A Monster Calls, una novela de Patrick Ness que se ha adaptado al cine recientemente. No vean la película. No lo hagan hasta no leer el libro. No es sólo un cliché. Esta novela juvenil -una exploración sobre el autoconocimiento, la muerte y la verdad- podría ser una de las mejores primeras aproximaciones a la lectura de los jóvenes. Es profunda, divertida y humana. Desde Momo de Ende no experimentaba un momento de lectura tan conmovedor. Un monstruo viene a verme -como se ha traducido al castellano- fue sin duda uno de mis libros favoritos del año. También pude leer -finalmente- El juego de pensar, de un buen amigo: Tobies Grimaltos. Construido en la mejor tradición del diálogo filosófico -en este caso, entre un padre y su hija- y publicado originalmente en valenciano, es a mi gusto uno de los mejores ejercicios de divulgación filosófica para jóvenes. En este mismo género, leí con gusto Una breve historia de la filosofía y Filosofía básica, un par de maravillosos libros de introducción a la filosofía para estudiantes de educación media, ambos escritos por Nigel Warburton, quizá el mejor divulgador de la filosofía en el mundo. Pude leer también por fin la colección de poemas Vendaval de bolsillo, de Andrés Neuman. Desde hace algunos años no disfrutaba tanto un libro de poesía de principio a fin. Neuman, aunque joven, es uno de los mejores y más subestimados escritores del castellano. Leí con mucho gusto Todos mis amigos son superhéroes de Andrew Kaufman, y disfrute la novela a cada página. Divertida, humana, generosa: esta novela demuestra que Kaufman es el análogo cortazariano de Canadá. Disfruté mucho la colección de ensayos Dialéctica del naufragio de Guillermo Hurtado, un ejercicio maravilloso y potente de uno de nuestros mejores intelectuales. También vale la pena leer su columna semanal en el diario La Razón. Este año no me perdí de uno solo de los episodios de Teoría del caos, el videoblog de René López Villamar. Gracias a René leí algunos de estos libros, y su videoblog es de lo mejor que los amantes de la lectura pueden encontrar en la red (aunque René sea muy modesto y autocrítico). También disfruté de El tenis como experiencia religiosa de David Foster Wallace (uno de mis escritores favoritos), que contiene un par de sus mejores crónicas. Como pueden leer, no leí casi nada de lo que se publicó durante el año. Leí lo que quise y abandoné la manía de estar al día con las novedades editoriales. De éstas, no obstante, rescato Los niños perdidos de Valeria Luiselli -una crónica maravillosa y desgarradora sobre la situación que viven los niños inmigrantes en Estados Unidos-, y la novela ganadora del Goncourt en 2015: Brújula de Mathias Enard.

Películas: sólo por Arrival de Denis Villeneuve valió la pena el año cinematográfico. Comparable con 2001 de Kubrick, Arrival es uno de los grandes ejemplos de que el cine de ciencia ficción puede llegar a alturas insospechadas. Villeneuve, por su parte, demuestra que es nuestro Kubrick contemporáneo: cada una de sus películas es una exploración, una innovación y un giro de tuerca a cada género cinematográfico. Rogue One -la nueva historia del universo Star Wars– me entretuvo como niño pequeño: una de las mejores películas de Star Wars a la fecha. Sobre las demás: mediocridad por ahí y por allá.

Música: con el asalto de la industria independiente, y la proliferación ad nauseam de bandas, preferí no buscar nada nuevo y contentarme con mis viejos amores.

Viajes: San Sebastián, ¡volveré!

Feliz año nuevo a las lectoras y lectores, y que 2017 sea un poco menos terrible que el año pasado.

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Mario Gensollen

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