Opinión

Algunas respuestas desde los Derechos Humanos

Ante el cambio de ciclo político y dado el cuestionable (por decir lo menos) legado de Obama (y Hillary); un incierto panorama se avizora en el vecino país norteño con el triunfo de un señor de peluquín anaranjado, que se hace (en el sentido más literal de la expresión) con la Presidencia del (todavía) país más poderoso, afectando con ello la vida de muchos millones de personas en todo el mundo y en especial de millones de mexicanos dentro y fuera de Estados Unidos. Así que aquí tenemos la clara muestra de una política del miedo y la exclusión social como base del éxito electoral, que está también presente cada vez  más, en otras regiones del mundo.

Así que el modelo neoliberal en decadencia, la creciente polarización social o la captura privada de las instituciones públicas, son caras diferentes del mismo fenómeno. Está claro entonces que la agenda del presidente electo de Estados Unidos está colmada de un discurso abiertamente anti inmigrante y concretamente anti mexicano, pero también anti musulmán, racista y misógino. Su discurso es abiertamente violatorio de los Derechos Humanos, mismo que los votantes de ese país no castigaron masivamente por diferentes y variadas razones. ¿Por qué dudar o esperar ahora de que intentará ponerlo en práctica?

De manera que es previsible que en manos de este señor y de los recién nombrados miembros de su equipo, entre los cuales están conocidos racistas, radicales militaristas o ricos miembros de la plutocracia petrolera, las graves contradicciones y deficiencias económicas, sociales, políticas y ambientales del “modelo” impuesto, probablemente se tergiversarán aún más a efecto de debilitar los derechos civiles y los valores sociales incluyentes.

Entonces, en este complicado escenario, debemos sostener más que nunca que los Derechos Humanos tienen el potencial transformador para pasar de lo meramente declarativo a la acción pública  para guiar nuestra visión más allá de colores, personas y  partidos políticos y de la profunda polarización social, porque hacen frente al empobrecimiento, a la exclusión y a la peligrosa anomia y fragmentación de las sociedades actuales. En especial de la sociedad mexicana, tan dependiente y tan dada a intentar imita en muchos de sus defectos a los rijosos y racistas vecinos.

Así, cuando las y los ciudadanos demandamos mejores servicios públicos, empleos dignos y calidad de vida o participación política efectiva más allá del voto en las decisiones que afectan directamente nuestro entorno inmediato; estamos adoptando el impulso fundamental de los Derechos Humanos.

En este sentido, la historia de los Derechos Humanos es ante todo la de las luchas sociales, que incluye por citar solo algunos casos, al movimiento abolicionista en Estados Unidos, a las posteriores luchas anticoloniales por el derecho a la autodeterminación en las colonias de entonces llamado “tercer mundo”, o contra la segregación racial otra vez en los Estados Unidos. Y más recientemente, en los movimientos feministas, pacifistas, ambientalistas o altermundistas, de modo que especialmente ahora, el ejercicio efectivo de los Derechos Humanos requerirá de esfuerzos similares a los mencionados para popularizar, movilizar y luchar para transformar unos sistemas sociales cada vez más injustos y excluyentes.

El caso es que muchos países (más de 160, México incluido) han ratificado el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Por lo tanto, tienen la obligación legal de utilizar sus máximos recursos disponibles, incluso a través de la asistencia y la cooperación internacional, para hacer efectivos los Derechos Fundamentales en la práctica y, de especial importancia en el contexto descrito: garantizar el Derecho Humano a un nivel de vida digno para todas las personas. El Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU y otros órganos creados en virtud de diferentes tratados, también han hecho hincapié en la igualdad formal y material de las personas. Es así que éstas normas de origen externo e internacional, se han integrado en muchas constituciones y han influido en la jurisprudencia internacional. Por ejemplo, en la del Sistema Interamericano de Derechos Humanos (Comisión y Corte interamericanas); pero también en las leyes vigentes y las políticas públicas de numerosos países.

Si los tratados en materia de Derechos Humanos se respetan menos que los de comercio e inversión o las leyes comerciales, esto destaca la inmensidad de los desequilibrios del poder y la desigualdad que tienen que enfrentar quienes defienden los Derechos Humanos alrededor del mundo. Entonces, más allá de las normas estáticas y de los formalismos o de la demagogia de una clase política caracterizada aquí y allá como “mafiosa”, los Derechos Humanos son instrumentos poderosos para analizar y desarrollar las prácticas y las estructuras sociales, facilitar la creación de vínculos a través de experiencias diversas y unir luchas distintas hacia una efectiva transformación social.

Volviendo al caso del vecino norteño, en el corto plazo es posible que el hombre del peluquín anaranjado cumpla algunas promesas de reconstruir infraestructuras y salvar empleos, incluso mientras sigue su retorcida retórica racista, que convierte a los migrantes, los musulmanes, los hispanos, los negros, las mujeres y en general “los otros”, en chivos expiatorios para el probable caso de incapacidad o de incumplimiento de las ofertas de campaña. Su intento de recuperar una aberrante versión de la peor “América”, misma que muchos norteamericanos comparten y  compraron  hasta llevarlo al cargo político más importante de su país, pide crear para oponerlo alianzas diversas para impulsar una agenda de justicia social global.

De modo que los Derechos Humanos en tanto teoría, discurso y práctica que surge de las entrañas de sociedades agraviadas por la injusticia, son una incuestionable fuerza que cuestiona activamente las desigualdades sistémicas y que afirma nuestra humanidad compartida e interdependiente; así que ofrecen desde luego, una alternativa transformadora al miedo y a la exclusión como políticas de estado.

P.S. A la impertinente pregunta: “¿Qué hubieran hecho ustedes?” o a la cínica afirmación de que “la gallina de los huevos de oro se secó”, los mexicanos hemos respondido como pocas veces en el pasado reciente, con un malestar generalizado y con una movilización social a escala nacional, protestando en las calles de manera pacífica. Ahora hace falta encauzar ese gran malestar (cuya gota que derrama el vaso ciertamente es el “gasolinazo”, pero no su causa más importante) para que produzca efectos tangibles. Y como dicen que “a grandes males, grandes remedios”, bien decía un conocido clásico ruso que “las revoluciones no se hacen, se organizan.”
@efpasillas

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Enrique F. Pasillas

Enrique F. Pasillas

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