Opinión

El Alto Costo de la Democracia / Debate electoral

Mucho se ha comentado, desde la adopción de este sistema electoral que se perfecciona desde 1991, acerca de lo oneroso que resulta cualquier proceso electivo, con costo al erario, por supuesto. Incluso es una constante la de analizar la elección desde el punto de vista del costo del voto (total de presupuesto asignado entre total de votantes), reafirmando con ello que tras elecciones federales y locales la democracia en nuestro país es no cara, sino lo que le sigue.

Sin pasar por alto dicha situación, me referiré a las acciones que por determinación legal tienen que realizar los institutos electorales como motivo de su existencia: precisamente el organizar elecciones, y el garantizar el ejercicio de los derechos político electorales del ciudadano, a través de la promoción y difusión de los programas de educación cívica y cultura política.

Ambas atribuciones van junto con pegado: se trata de construir ciudadanía que participe activamente en los procesos electorales, ya no sólo como votante, sino como funcionario de casilla, consejero distrital o municipal, observador electoral, o incluso candidato, representante de partido político o candidato independiente. Para ello es menester que conozca sus derechos y obligaciones como partícipe y que el instituto electoral establezca las condiciones legales para el desarrollo del proceso electoral periódico y pacífico.

Hasta este punto pareciera que hemos avanzado en la construcción de esa ciudadanía activa y en la consolidación democrática a través de la transición de gobiernos incluso alternando las ideologías políticas. Sin embargo, la realidad no nos da la razón.

Un aspecto que no ha podido ser erradicado del funcionamiento del sistema, es la trampa electoral, el desvío en el camino recto de la renovación de poderes para beneficio de unos, rompiendo con ello el equilibrio que, como principio, debe existir.

Apenas se perfecciona la norma electoral, cuando ya se encontró la forma de evadirla para obtener provecho. Así, la aseveración mil veces dicha de “hecha la ley, hecha la trampa” se actualiza requiriendo otra vez del perfeccionamiento en la normativa, creando un círculo vicioso pocas veces superable.

Ante verdaderos avances en materia electoral, como puede ser el Registro Nacional de Electores, lista en la que se fundamenta el hecho de que cada ciudadano puede votar y sólo podrá votar una vez, se creó un sistema de seguridad alrededor de esa premisa, que nos ha dotado de una credencial infalsificable, con altos estándares de seguridad, reconocida incluso por autoridades gubernamentales y terceros como la identificación por antonomasia del mexicano, que, precisamente, para salvaguardar esa seguridad a través de los controles, se vuelve costosa para el erario y gratis para el usuario que se puede dar el lujo de reponerla simplemente por no haberle gustado cómo salió en la fotografía.

Ni que decir de su complemento, que es la Lista Nominal de Electores: lo que en otras latitudes resulta innecesario, aquí es el fundamento de la elección: un cuadernillo impreso, en papel especial desde luego, que además es costosísimo, con la fotografía del votante y sus datos personales obtenidos del registro, lo que conlleva un proceso de actualización constante, impresión, encuadernación, traslado y distribución custodiadas, que lo hace más oneroso, multiplicadas las impresiones por cada partido político o candidato independiente, más un ejemplar de reserva en caso de contingencia. El resultado: promedio de 12 cuadernillos por cada una de las casillas solo para cerciorarnos, todos, instituciones, partidos políticos y ciudadanía general, de que solamente uno (y sólo uno) de los electores tendrá derecho a ejercer solamente una vez (y sólo una vez) su voto.

Dos elementos solamente bastan para poner en contexto el alto costo de la democracia en el sistema que actualmente prevalece. Pregunta retórica: ¿En aras del ahorro de recursos monetarios sería válido que no hubiera Lista Nominal?, ¿Tendremos la suficiente educación cívica para que podamos pensar que cualquier persona que llegue a la casilla, pueda votar sin mostrar credencial? Pensemos dos veces antes de contestar: ¿Será posible, considerando el clima de desconfianza que persiste, pensar que alguna vez el registro de los electores se haga en la casilla y no previamente como existe? ¿Podemos confiar en que, sin control alguno como la tinta indeleble o la marcación de la credencial, pueda una persona solo votar una vez en la casilla que le corresponde?

La conclusión está en cada uno de nosotros. Debemos aprender a confiar en las instituciones electorales y necesariamente debemos aprender a vivir en democracia, lo cual significa hacer las cosas como se deben en materia electoral, sin afán de tomar ventaja, sin la necesidad de la trampa. Eso, de alguna manera, hará que se abaraten algunos costos de las elecciones. Una última idea: ¿Qué tan caro resulta todo lo que se está gastando en cuestión electoral, si tomamos en cuenta que gracias a los procesos electorales que garantizan la renovación de los poderes públicos emanados de la voluntad ciudadana, es que tenemos una invaluable paz social?

Por eso, insisto, la conclusión está en cada uno de nosotros.

/LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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