Opinión

¿Dónde quedó Europa? / El peso de las razones

En su Conferencia Nexus, titulada “La idea de Europa”, George Steiner señalaba algunas características que unían a los pueblos europeos, fuesen del continente o de las islas. Para Steiner, Europa antes que nada era un café repleto de personas dialogando. Ante el cigarrillo y el café se crearon las grandes ideas que hoy en día seguimos debatiendo. Se crearon sistemas filosóficos, grandes ideologías y revoluciones estéticas. El café: un símbolo del comercio de ideas. No obstante, como señala Vargas Llosa en el prólogo a la edición de la conferencia en castellano, Europa antes que por sus cafés o pubs se caracteriza por su paisaje caminable y la geografía hecha a la medida de los pies: “Ese paisaje civilizado lo es porque, aquí, la naturaleza nunca aplastó al ser humano, siempre se plegó a sus necesidades y aptitudes, nunca dificultó ni paralizó el progreso (…) en Europa el medio ambiente fue amigo del hombre (…) Los europeos se entremataban por razones religiosas o políticas, pero el paisaje no tendía a aislarlos sino a acercarlos”.

Para Steiner, Europa también se caracteriza por la abrumadora presencia de su pasado en su presente, por su descendencia simultánea de Atenas y Jerusalén (por su intento quizá fallido por conciliar la razón y la fe) y por sus convicciones escatológicas impregnadas de fatalismo. Esa Europa, de la que América es un descendiente dudoso, tiene un futuro incierto y sombrío. En Europa renacen los odios étnicos, el chovinismo nacionalista, los regionalismos desaforados y el antisemitismo. No sólo eso, la extrema derecha gana terreno: tiene serias posibilidades de ganar en Francia, y algunas posibilidades no desdeñables de triunfar en Alemania. El resurgimiento de la derecha radical es la consecuencia inevitable de la migración no controlada y no programada. Muchas y muchos europeos ven con tristeza la transformación de su paisaje cotidiano: uno donde las principales libertades civiles deben capitular ante la libertad religiosa. La pugna entre Atenas y Jerusalén, que con el secularismo había dado a victoria a la descendencia helena, ahora se libra entre La Meca y París. Quizá Europa nunca estuvo preparada para afrontar esta nueva empresa. Ese paisaje caminable, esa geografía amigable que acercaba a las personas, se ha distorsionado en uno en el que se abren restaurantes en los que algunos migrantes prohíben la entrada a las mujeres. Si Europa logra salir de una situación que se ha salido de sus manos será de manos de la izquierda, pero de una mucho más racional y una que definitivamente sea intolerante con los intolerantes.

La hija (¿bastarda?, ¿mejorada?) de Europa, nuestra América, como Guevara lo señalaba, quizá tiene demasiado en común desde la Patagonia hasta la frontera norte de México. Quizá, incluso, lo tenga hasta Alaska. Sin embargo, esta intuición no ha sido respaldada aún con análisis racionales y objetivos. Las venas abiertas de Latinoamérica de Galeano es un intento más bien emotivo de sugerirnos nuestra cercanía. En América también existen los odios étnicos, el chovinismo nacionalista y los regionalismos desaforados. Nuestra geografía, a diferencia de Europa, tiene a alejarnos y no a acercarnos. Si Hegel, con su metáfora rebuscada del Espíritu mudándose a América, tenía razón, hemos de poner atención a nuestras fallas y en nuestras oportunidades. Si somos cercanos hemos de entender por qué lo somos, y si lo somos debemos construir un espacio que nos acerque. Sobre todo, debemos poner atención en los errores de nuestra madre. La extrema derecha se ha instalado en nuestro vecino del norte, y Trump no es tan lejano a otros líderes sociales y políticos que quieren marcar su diferencia con él: de Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, he escuchado casi las mismas frases casi en el mismo contexto: si para Trump los mexicanos somos violadores y asesinos, para Andrés los norteamericanos son estafadores e imperialistas; si para Trump, Estados Unidos estaría mejor sin mexicanos, para Andrés México lo estaría sin los yanquis. La izquierda mojigata muchas veces es renuente a aceptarlo: entre Fidel, Morales, Chávez, Maduro, López Obrador…, y Trump no hay la distancia que se desearía. Pero, ¿es ésa la izquierda que deseamos?

El futuro tanto de Europa como de América está en el símbolo del café: en el diálogo, en la creación de ideas, en el intercambio racional, en la refutación. En suma, en el autodistanciamiento. Lo está en el falibilismo. Lo está en la izquierda progresista. En América, lo está del lado de los Trudeau, los Sanders, las Warren… Lo está sobre todo en la virtud más europea que en Europa ahora se desdibuja y en América nunca floreció: el cosmopolitismo. Haríamos bien en aprenderlo o recordarlo.

 

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Mario Gensollen

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