Opinión

Gramscianos

 

Una o un estadista bien podría ser definido como una persona capaz “de discernir entre los valores nacionales que deben preservarse y su certidumbre sobre lo que debe transformarse. Una persona de total respeto por las instituciones, de conducta transparente, que sea sensible a la crítica positiva y tolerante con la crítica insana y sepa cuál es cuál. Un ser humano capaz de pensar con orden y no someterse al tentador recurso de la demagogia” (Jorge Carrillo Olea, El Hombre de Estado, La Jornada, 30 de diciembre de 2016).

Inevitable comparar ideas con realidades, sobre todo con las que persiguen a nuestra patria hoy en día, donde podemos ver el inevitable contraste la luz de los brillantes ejemplos históricos en el breve y turbulento Siglo XX, de Lenin a Churchill o de F. Roosevelt a de Gaulle. Sin duda alguna Lázaro Cárdenas sería un brillante ejemplo en México, pero por desgracia existen muy pocos más.

Y siendo tan reciente la muerte de Fidel Castro en el caso cubano, casi no es posible plantear una valoración equilibrada de su trayectoria y legado, porque bien podríamos hablar tanto de un visionario patriota revolucionario como de un dictador y un tirano; siendo ambos extremos posibles en la misma persona y al mismo tiempo. Así, Fidel Castro es el mejor ejemplo, dada su reciente muerte, de aquello que bien avizoró una mente adelantada a su tiempo como la de Antonio Gramsci (1897-1937) sobre muchos revolucionarios del Siglo XX: “Optimismo de la voluntad, pesimismo de la razón”.

Porque Castro mostró a lo largo de su trayectoria vital una voluntad inquebrantable para imponer su visión de la revolución, la sociedad y el estado en la búsqueda de alternativas a la opresión (lo que el jurista Jeremy Bentham definiría como “el abuso de poder en perjuicio de los demás”) y la justicia social. Lo que no fue poco, hoy que las decisiones del sistema-mundo globalizado parecen tomarse de manera irrevocable en Washington o Bruselas por un reducido grupo de personajes que no son el mejor ejemplo de transparencia ni democracia.

Entonces, esa capacidad política transformadora por encima de cualquier otra consideración, de ese optimismo de la voluntad tan gramsciano y tan presente en todas las grandes revoluciones sociales, está lo mismo presente en la férrea voluntad del revolucionario Washington para llevar a la victoria a las trece colonias de América del norte contra el todo poderoso imperio inglés; o a los curas rebeldes Hidalgo y Morelos y a los generales San Martín y Bolívar, a luchar y vencer, aun en clara inferioridad, a las fuerzas realistas y fundar nuestras naciones, o al inquebrantable Juárez, combatiendo casi sin medios hasta la derrota al invasor francés y expulsarlo de México. Es el mismo voluntarismo pesimista que llevó a los campesinos Villa y Zapata a ocupar sin resistencia alguna con sus ejércitos populares la ciudad de México en diciembre de 1914.

De igual modo, Fidel Castro y sus hombres, zarpando a hurtadillas desde la costa de Veracruz y casi escorando en el célebre yate de recreo Granma, no eran más que un puñado de ilusos mal armados, peor equipados y en evidente inferioridad frente a la sangrienta dictadura de Batista, que contra cualquier previsión, entraron triunfantes cuatro años después a La Habana, el 8 de enero de 1959. Hace casi 57 años.

Así, ese voluntarismo político de los Castro y de muchos otros líderes revolucionarios en la historia, fue capaz de desarticular mecanismos consolidados de dominación y explotación humana en nombre de un cambio social radical que habrían de prometer solidaridad, justicia e igualdad. En este contexto, los casos de Gandhi, King o Mandela son especialmente notorios, pues los cambios sociales que liderearon fueron, además de revolucionarios, pacíficos y no violentos.

Así que dado el estado del mundo en diciembre de 2016, es inevitable sentir nostalgia por esos procesos revolucionarios implicados en un profundo cambio social, que rompieron todos los esquemas y límites sobre lo que se podía y no se podía hacer en la sociedad y en el mundo.

Sin embargo, es evidente que el liderazgo de Castro cometió diversos excesos y errores, sobre todo por lo que ve al respeto de los derechos humanos de las minorías y el pluralismo político necesario para una nación diversa. Aunque es esa misma voluntad política de transformación social la que permitió al régimen fundado por Castro romper la hegemonía que dominaba interna y externamente a Cuba desde antes de su independencia en 1898, al mismo tiempo que ahogó los derechos y libertades internas de los cubanos de la posrevolución. Es indudablemente que el agudo Castro, sabía y conocía de los alcances y limitaciones de su actuación política, pero fue consecuente hasta el final, puesto que nunca intentó conciliar esferas contrapuestas.

Así, en el conjunto de personas memorables como hombres o mujeres de estado, muchos de sus actos y decisiones son indudable producto de sus peculiaridades personales y sus circunstancias históricas. Pero todos fueron y estuvieron en el momento en que se les necesitaba. El sentido de trascendencia histórica de sus grandes decisiones es otro común denominador entre ellos, no sólo en sus hechos, sino en el asumir sus consecuencias mediatas e inmediatas.

P.S. Martiana: “La Patria es dicha, dolor y cielo de todos, y no feudo ni capellanía de nadie.”

@efpasillas


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Enrique F. Pasillas

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