Opinión

La ciencia y el payaso / El peso de las razones

El hombre más poderoso del mundo es un payaso. También es un imbécil. Lo sabemos. Nos preocupan sus baladronadas: rápido con la pluma, en una semana ha firmado cuantiosas órdenes ejecutivas que hacen temblar al mundo. Encontró al débil más cercano: le excita que las y los mexicanos temblemos al son de sus emociones momentáneas. “Habrá muro, lo pagarán los mexicanos”. “Adiós al presupuesto para las ciudades santuario”. “Deportaciones masivas”. “Aumento de personal al cuidado de la frontera”. “Adiós al TPP”. “Renegociaremos el TLC”. “Ven EPN…, mejor ya ni vengas”. Día a día sufrimos los ataques del gordito robalonches. El clamor popular: ¡hagámonos los enfermos, en una de ésas nos dejan faltar a la escuela!

El problema que más nos inquieta, a decir de las mesas de debate y las columnas de opinión, es económico. ¿Qué sucederá con la endeble economía mexicana frente a los embates de Trump? ¡Economistas ininteligibles, enojaos conmigo! Su ciencia social, por muy formal y matemática, no es una bola de cristal. Ustedes, si bien nos va, son excelentes descriptores de los fenómenos que ya acontecieron. La economía, según reza una definición clásica, estudia el comportamiento humano como una relación entre unos fines dados y medios escasos con posibles usos alternativos. A posteriori, es útil para dar cuenta de por qué sucedieron así las cosas cuando se tenía que tomar un curso de acción a determinado costo. Nada es gratis, los economistas nos lo recuerdan con pertinencia. Su ciencia es descriptiva, no precisamente predictiva. Pensar que es posible adivinar “científicamente” qué sucederá se acerca más a la charlatanería que a la pseudociencia o a la mala ciencia. Así las cosas, el futuro económico de México -no seamos pretenciosos- se asemeja bastante a un gigantesco signo de interrogación. El asunto es complejísimo: en una columna de opinión o en una mesa de debate no se descubrirá el hilo negro. Seamos cautos, atendamos a las alarmas de los economistas, pero aceptemos y abracemos la incertidumbre de nuestra situación.

A mí lo que me preocupan son las certidumbres de la jovencísima presidencia de Trump: el ataque a los derechos humanos y la exclusión de los datos científicos en la toma de decisiones sobre los asuntos públicos. Me concentraré brevemente en el segundo asunto. La administración trumpista ha prohibido la difusión del conocimiento científico a los científicos federales. Pueden seguir -eso sí- publicando sus papers académicos -al final no los leen más que sus pares-, pero ¡prohibido hablar con la prensa y hacerse escuchar por el público general! Está claro el enemigo: todas las personas que afirmen que el cambio climático es un problema real quedarán excluidas del micrófono público. Todas aquellas que defiendan una causa que contraríe los deseos del señor presidente serán silenciadas. Estamos viendo el surgimiento de una política de los charlatanes: aquellos a los que lo que menos les importa es la verdad. No se trata de que piensen que hay hechos alternativos, sino que cualquier hecho es alternativo a cualquier otro. La toma de decisiones se realizará haciendo caso única y exclusivamente a los intereses de quienes toman las decisiones. Asistimos -y deberíamos hacerlo horrorizados- a la tiranía del pragmatismo burdo, a la tiranía de la imbecilidad. La comunidad científica vivirá la peor amenaza que ha vivido desde la Inquisición.

Sobre los derechos humanos el ataque está siendo frontal. Confío en que la comunidad internacional -como lo ha hecho Canadá con los refugiados que ha dejado de aceptar su vecino del sur- remedie los traspiés y afrentas que miles de seres humanos sufrirán por parte del gobierno de Estados Unidos.

Confío también en la unidad, no del pueblo de México, sino de las distintas organizaciones internacionales que cumplirán su fin específico haciendo frente a Trump y sus peligrosas payasadas. Confío, pero de lo único que estoy seguro es de mi incertidumbre (curioso giro socrático).

 

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Mario Gensollen

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