Opinión

El largo adiós a la violencia / El peso de las razones

 

Pobreza y violencia: los dos problemas más acuciantes -después del cambio climático- a los que se enfrenta la humanidad. El primero ocupa de tiempo completo a muchísimos economistas. Todos tienen claro que la pobreza es una calamidad. En lo que suelen estar en desacuerdo es si combatir la desigualdad económica es una meta por derecho propio o es derivada del combate a la pobreza. Por mi parte defiendo que la igualdad económica no es un ideal moral autónomo, ni debe serlo. Lo cierto es que quizáseguramente, sería corregido por más de alguno- la única manera a nuestra disposición para combatir la pobreza sea combatir la enorme brecha de desigualdad económica. No obstante, pienso que la desigualdad económica -en el marco justo de la meritocracia- es justa, sea de ingreso o de riqueza.

Sobre el problema de la violencia creo dos cosas. Por un lado, es nuestra responsabilidad (y del Estado en particular) combatir los brotes de violencia que se dan en ciertos contextos y momentos históricos. También creo que la violencia es un problema de salida, pero de una salida lentísima que puede rastrearse al origen mismo de nuestra especie. Trataré de explicar esta creencia con mayor detalle.

¿Vivimos en la época más violenta, o una de las más violentas, de la historia de nuestra especie? Basta googlear “violencia en el Siglo XXI” para encontrar juicios y descripciones fatalistas como la siguiente: “Vivimos en una sociedad en la que los valores se encuentran en plena decadencia, los modelos no existen y hay una necesidad imperiosa de consumir y consumir; donde hoy reina la angustia, el vacío y la violencia crece a pasos agigantados. La posición del más fuerte y más poderoso parece imponerse…”. Este tipo de afirmaciones les encantan a nuestros activistas y son caldo de cultivo para que sigan realizando las labores que realizan.

El gran Jonathan Littell -autor de Las benévolas, una de las novelas que con mayor crudeza retratan el mal y la violencia- así comienza su reportaje, publicado en Letras Libres en 2012, sobre la violencia en Ciudad Juárez: “21 de noviembre. ‘Más de sesenta horas sin una sola ejecución.’ Cuando PM, el principal tabloide de Ciudad Juárez, no logra retacar su primera plana con cadáveres, tiene que esforzarse por encontrar otra nota. ‘La ciudad acaba de experimentar un inusual incremento de paz… el mayor en tres años. Las estadísticas de los periódicos muestran que el 29 de diciembre de 2008 transcurrieron cincuenta horas sin que ocurriera un asesinato. Más tarde, el 29 de octubre de 2009 Juárez vivió 41 horas sin muertes violentas.’ Es decir, las cosas se han calmado bastante desde el año anterior. Arturo, un periodista local con quien me reuní en el aeropuerto de El Paso, Texas, del otro lado de la frontera, se burla de eso: ‘Hoy Juárez está muy calmada. Incluso aburrida. Solíamos tener quince o veinte muertes diarias. Ahora son solo tres, cinco, siete.’”. El reportaje de Littell es maravilloso y cruel. Después de terminar su lectura -recuerdo la primera vez que lo leí- uno no puede evitar un cierto malestar. ¿Cómo no creer que vivimos en una época violentísima, quizá la más violenta?

Steven Pinker, director del Centro de Neurociencia Cognitiva del MIT, en 2011 publicó un extenso estudio -de una interdisciplinariedad y profundidad elogiables- en el que intentó demostrar que vivimos en la época más pacífica en la historia de nuestra especie, y que la tendencia a la disminución de la violencia parece constante y parece que seguirá siéndolo. Así que, además, cada vez habrá menos violencia.

El argumento principal de era sencillo. Pinker identificó seis tendencias históricas que muestran el repliegue de nuestra especie con respecto a la violencia. También, descubrió que los seres humanos no albergamos un impulso interno hacia la agresividad, pues la agresividad no es un impulso único; por el contrario, es el resultado de cinco sistemas psicológicos que difieren en cuanto a sus desencadenantes ambientales, su lógica interna, su base neurológica y su distribución social. Adicionalmente, los seres humanos no son buenos de manera innata (tampoco malos), pero vienen provistos de cuatro impulsos que pueden alejarlos de la violencia y orientarlos hacia la cooperación y el altruismo: la empatía, el autocontrol, la moralidad y la racionalidad. Por último, Pinker identificó al menos cinco fuerzas exógenas que favorecen nuestra inclinación a la paz y que han impulsado los múltiples descensos de violencia: el Estado, el comercio, los movimientos feministas, el cosmopolitismo y el incremento del conocimiento y la racionalidad. Por tanto, en la actualidad estamos viviendo en la época más pacífica de la existencia de nuestra especie, y esta tendencia pacífica es de esperarse que continúe.

El propio Pinker se dio a la tarea de identificar las razones por las cuales solemos pensar que vivimos en una época más violenta de lo que de hecho es en comparación con otros momentos de la historia humana: entre ellas, al día de hoy disponemos de mejores reportajes y nuestros estándares para considerar algo como violento son más altos. Paradójicamente, estas dos razones además ayudan a la disminución misma de la violencia.

Por mi parte, aunque estoy de acuerdo con Pinker, pienso que existe una razón adicional para evaluar erróneamente nuestros niveles de violencia: la polaridad entre lo objetivo y lo subjetivo. Aunque estadísticamente vivamos en la época menos violenta, la violencia es una experiencia humana que nos resulta imposible -cuando la padecemos- juzgar de manera neutral y numérica. La experiencia de la violencia es inconmensurable. No es posible ni deseable contrastarla. Algo similar sucede con la pobreza.

La tarea de nuestros gobiernos es incidir en que la violencia como un fenómeno siga disminuyendo objetivamente. Pero también tienen la responsabilidad de ser sensibles con aquellos que la padecen. La violencia como experiencia subjetiva no puede ser tratada como un fenómeno medible en el Inegi. Ahora que termino de leer la autobiografía novelada de Javier Sicilia, El deshabitado, siento que pocos entendieron el mensaje de Javier cuando encabezaba el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. A veces la poesía ilumina más que los números sobre ciertos fenómenos. Haríamos bien en no olvidarlo.

 

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Mario Gensollen

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