Opinión

El Marquesado… noticias de un imperio / Opciones y decisiones

 

El pretexto de la presente reflexión es el hecho histórico del arribo y toma de protesta del magnate Donald J Trump a la presidencia de los Estados Unidos de América, USA, como presidente número 45 de la Unión, para el ejercicio constitucional 2017-2020. Y digo pretexto, porque es esto lo que precede al texto que escribo y usted, amable lector, tiene a bien leer.

Todo texto tiene un contexto, sin el cual no es entendible. Y este contexto es el de una larga historia en que hubo de ser construida la gran madre patria de América, sea la denominación geopolítica de América del Norte, sea la denominación geopolítica del Sur o América Latina, anudadas con un tensionado cinturón de Centro América y El Caribe. A sabiendas que territorialmente podemos ubicar a México en América del Norte, pero geopolíticamente habremos de considerarlo la frontera de América Latina. Donald Trump, con fiereza voluntarista, señala este punto límite en su frontera sur y sin decirlo se suma a Canadá como bloque continental del Norte de América; y es así que marca una secesión político-económica de México a la Patagonia. Digámoslo en términos simbólicos, el que ahora se autoasume como nuevo emperador de América, ha dictado la constitución de un “marquesado”, en términos nobiliarios, el Marquesado de América Latina, que no puede ser otra cosa que eso: su marca declarada urbi et orbi, ante la ciudad, Washington D.C., y el mundo.

Y es aquí que llegamos a mi texto, que en realidad es un comentario sintético personal a un texto per longum et latum, a lo largo y ancho que tiene origen y pertinencia en un excepcional ensayo socio-político: “Poder y Política en América Latina“, (Compilación de Teresa Castro Escudero, Lucio Oliver Costilla, coordinadores. Siglo xxi editores, S.A. de C.V., 2005, 1ª edición), emprendido por un grupo de entusiastas catedráticos de origen y nivel internacional, que se fijaron como meta “revisitar” el Estado Latinoamericano, con el propósito de consensuar los alcances o “the state of the art” del análisis histórico y político de América Latina, en esta ardua materia.

La hipótesis para interpretar y entender la función del Estado -como representante universal y superior de una nación- descansa en la demostración de su rol central, que debiera comportarse no tan solo como un factor endógeno al tipo y forma de sociedad latinoamericana, sino asumirse a sí mismo como la mediación necesaria del proyecto hegemónico global; es decir, ser el proyecto subsidiario que es ejercido por los países centrales en tanto entidades dirigentes del capitalismo neoliberal -en su fase contemporánea-.

Este dilema central en que se ha venido encontrando el estado nacional tomó cuerpo y forma en la coyuntura de la crisis económica mundializada, que fue detonada el pasado “septiembre negro” de 2008. Fenómeno de quiebra y derrumbe financiero mundial que ha mostrado el agotamiento del Estado nacional latinoamericano -y en general tercermundista- como un modelo funcional que permita a los países centrales continuar con la cooptación simple y llana de los países capitalistas dependientes, específicamente de América Latina.

El esquema más representativo de la posguerra e inicio del nuevo desarrollo capitalista lo representa, aquel primer lanzamiento de gran envergadura proveniente del gobierno del presidente John F. Kennedy para América Latina, que ocurrió en agosto de 1961, al celebrarse en Punta del Este (Uruguay) una reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES) en donde había delegados de todos los países miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA), incluida Cuba (representada por Ernesto Che Guevara). Cumbre en la que se aprobó la creación de la Alianza para el Progreso (ALPRO); en cuyo texto oficial de constitución se establece su objetivo general: “mejorar la vida de todos los habitantes del continente”; para ello se proclamaron varias medidas de carácter social (educación, sanidad, vivienda), político (defendiendo la formación de sistemas democráticos, según el principio de autodeterminación de los pueblos) y económico (limitación de la inflación, mejora de la balanza pagos siempre bajo la iniciativa privada). Para garantizar estos objetivos, Estados Unidos se comprometía a cooperar en aspectos técnicos y financieros. Sin embargo, el programa fracasó debido a que, tras el asesinato de Kennedy, sus sucesores limitaron la ayuda financiera estadounidense en América Latina, prefiriendo acuerdos bilaterales en los que primaba la cooperación militar. No obstante, EUA utilizó con gran eficacia la intermediación de dichos organismos internacionales.

Después de experimentar diversos diseños de gobierno para los estados nacionales, nos topamos con su última fase: El diseño de país y estado capitalista dependiente, que venía imperando durante las décadas intermilenio, última y primera del año 2000, fue -según el análisis del ensayo referido- el Estado Desarrollista Burgués. Un esquema de factura mundializada que estuvo caracterizado para servir de mediación con la periferia de los países centrales, y cuya principales características han sido:

  1. El establecimiento de gobiernos presidencialistas, con un tinte “civilista”, pero al fin y al cabo funcionales al centro de dominación hegemónica en orden a garantizar el subsidio al Capital Trasnacional, valiéndose internamente a cada país, de su propia élite capitalista local;
  2. Estos gobiernos “desarrollistas” funcionan cínicamente como representantes del interés nacional, que se supeditan verdaderamente al PROTECCIONISMO central hegemónico, en pro de la rentabilidad del capital trasnacional que viene como ave de paso a los países periféricos, solamente para revalorarse con la plusvalía extraída a la fuerza de trabajo nacional.
  3. El Capital, por definición, no tiene patria y por tanto debe operar “sin fronteras”; induciendo para ello al interior de los países dependientes una “economía de casino”, es decir, abiertamente especulativa y obligando a fuertes inversiones de alto riesgo, sometiendo los precios de las materias primas al “libre” juego del mercado mundial; esta función resalta aún más en los precios del petróleo bajo cuya rectoría se rigen las economías locales enteras.

No es muy difícil ir sacando inferencias a cada función asignada a los gobiernos locales latinoamericanos, deduciendo, por ejemplo, que: la función esencial de nuestros gobiernos dependientes es garantizar el mencionado subsidio al Capital Trasnacional, ya que una vez cosificado -bajo la forma de capital de inversión- en infraestructura industrial y para el desarrollo, se le regresa al tesoro central un generosísimo subsidio financiero repatriado generado por la increíble destreza, docilidad y colaboración de las propias élites capitalistas locales.

La segunda hipótesis ocurre mediante la revaluación de un dólar barato invertido y repatriado a las arcas del tesoro central en dólares exponencialmente caros, por su meteórica revaluación a cargo de la población trabajadora dependiente nacional. Esto, querido amigo lector, es simple y llanamente extracción de la riqueza nacional en robustos capitales golondrinos, a sus nidos y nichos central-dominantes. El proteccionismo del capitalismo central hegemónico se revitaliza gracias a este ciclo de repatriación de capitales, no sin antes devaluar severamente las divisas de los países locales de origen, esto Marx lo llamó nítida y precisamente como plusvalía enajenada.

La tercera hipótesis se revela sin mayor pudor como una “economía de casino”. Es decir, una apuesta enfáticamente especulativa, situando al resto de los factores económicos en grave riesgo. ¿Cuál es el criterio y cuál es la medida de los ajustes en el precio del petróleo? Se puede argumentar al infinito, pero la neta es que se trata de pujas y apuestas, algunas verdaderamente descabelladas, que no tienen referente cierto ni en reservas ni es datos provenientes de la investigación productiva objetiva, sino en manotazos para arrebatar la mayor cantidad de bonos petroleros posibles, para con ellos esgrimir el poder hegemónico de elevar o hundir el precio de este bien no renovable. México ha ensayado de emanciparse mediante su aplaudida y admirada Reforma Petrolera, pero súbitamente ha sido frenada por supuestos reajustes en los precios internacionales del petróleo, ahora resulta que “ya nos acabamos los huevos de la gallina de oro”, ¿de veras?

Esta conclusión evidencia la urgente necesidad de reeditar el papel central que deba jugar el “estado nacional” frente a las nuevas condiciones de la economía global que, con Donald Trump gira rápidamente hacia el proteccionismo, el nacionalismo a ultranza y a la parcelación del mundo en alguna suerte de economía de bloques de influencia, sin que necesariamente se trate de alianzas continentales a la usanza tradicional. Una especie de aislacionismo paralizante. A este fenómeno yo lo designo como continuidad y discontinuidad que marca México respecto de su contexto geopolítico y sistémico de pertenencia entre América Latina y los Estados Unidos de Norteamérica y Canadá. Su impresionante continuidad de régimen bajo una ideología cercana a la socialdemocracia, pero de “partido oficial”, con rasgos dictatoriales, presidencialistas y neopopulistas constituye un hito en la formación social latinoamericana. Pero, debido al factor de su cercanía física y funcional con el centro hegemónico de los Estados Unidos, lo convierte en un interlocutor cercano e inmediato a los intereses hegemónicos estadounidenses respecto al todo del continente. Es decir, la marca latinoamericana, y el nuevo marquesado instalado, hoy.

[email protected]  

The Author

Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

No Comment

¡Participa!