Opinión

Utopía aislada (octava y última parte)

La noche en que murió Fidel Castro yo estaba en Cuba. Habíamos aterrizado en La Habana un día después de que Donald Trump ganara las elecciones a la Presidencia de Estados Unidos. La marca que ambos eventos dejan en la historia contemporánea es tan significativa que bien podemos decir que en noviembre de 2016 terminó el siglo XX. Haber estado en Cuba durante aquellos días resultó una posición privilegiada para testimoniar el cambio de página; con la siguiente crónica intento aprovecharla.

 

Every man’s life ends the same way.

It is only the details of how he lived and how he died

that distinguish one man from another.

Ernest Hemingway

 

Amparados con potentes equipos de aire acondicionado y animados por guías bilingües que les indican anticipadamente hacia dónde dirigir los ojos y las cámaras, la gran mayoría de turistas llegan a La Habana Vieja en grupos bien empaquetados en autobuses y vagonetas confortables. Entran por El Malecón. Muchos de esos vehículos, casi todos de origen chino, se estacionan en las inmediaciones del parque Céspedes, en donde aguardan a que los rebaños de viejitos europeos o gringos decrépitos, las cuadrillas de sudamericanos dicharacheros y orientales retraídos, los pelotones de canadienses afables y demás contingentes variopintos terminen de hartarse de tomar fotografías no más allá de unas diez cuadras a la redonda, coman escuchando sones y guarachas, y medio embriagados se suban de nuevo a los camiones, para, ya al borde del ocaso, acarrearlos de regreso y repartirlos en sus respectivos hoteles, en donde, quienes todavía puedan, seguirán bebiendo mojitos y piñas coladas. Hacia el noreste, estos visitantes difícilmente pasarán de Paseo Martí, y hacia el suroeste pocos se van a animar más allá de la calle de la Luz. Claro, no se enteran de nada: se mueven sólo dentro de un tinglado montado especialmente para ellos, en el cual las tiendas, los restaurantes y los bares son más bien parte de una escenografía sobrepuesta a las edificaciones coloniales, y la gente que los atiende, intérpretes bien aleccionados para lucir y actuar como habaneros típicos y sobre todo auténticos. A los centenarios atractivos arquitectónicos, al folclor afrocaribeño y a la música tradicional cubana, se suman también las rememoraciones de la estadía de Hemingway en la isla -daiquirís en La Floridita y mojitos en la Bodeguita del Medio- y la parafernalia revolucionaria… El marxismo-cubanismo, la iconografía de los barbudos del M-26-7, el martirologio de los caídos en lucha, la nostalgia por los vientos de cambio sesenteros, las rimas y los estertores de la avejentada Nueva Trova, todo aquello transmutado en suvenir… En Obispo esquina con Habana, un Bazar de Arte Revolucionario, what ever it means… Más abajo, en la Plaza de Armas los turistas pueden hacerse de un bustito de Lenin o de Martí, copias de carteles de películas de Kubrick, acetatos de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, serigrafías de Vampiros en La Habana, cómics, todas las fotos que quieran del Che y algunas de Camilo, libros y revistas de segunda y tercera e incontables manos, relojes viejos, banderitas de Cuba, afiches con frases revolucionario-inspiracionales, llaveritos, tarjetas postales…

Nosotros, en cambio, cuando fuimos a La Habana Vieja llegamos a pie desde El Vedado. Primero bajamos por La Rampa. Muy cerca del departamento, entre la H y la I, casi enfrente de la pizzería Bonasera, en la banqueta, sobre una tabla, un mulato ofrecía a la venta algunos libros usados. Claro, el mismo puñado de autores que ya habíamos visto en un par de librerías -Martí, Benedetti, Nicolás Guillén, Carpentier, Cortázar, Hemingway, Dueñas, discursos de Fidel…-, el limitadísimo canon literario de la Revolución Cubana…

–¿Tienes alguno de Leonardo Padura?

–No. Y si buscas El hombre que amaba a su perro, no hay edición cubana de esa novela…

El hombre que amaba a los perros.

–Ése. Ni ése ni Herejes

–¿Y de las demás novelas del detective Mario Conde?

–Ni una.

Ya nos íbamos cuando alcancé a ver una edición cubana de Paradiso. 120 pesos, pesos cubanos. A la mochila eché la novela de Lezama Lima y a seguir andando. Metros antes del crucero con K, junto a La Casa del Perro -perros calientes (hot-dogs) y rositas de maíz (palomitas)-, un negocio repleto durante todo el día, una pinta sencilla y alegre: “Felicidades. 90 y más”. Así, sin destinatario explícito.

–En agosto fue el cumpleaños de Fidel, ¿no?

–Sí, el día 13.

–¡Qué bárbaro, noventa años…! Qué aguante.

–Marilyn Monroe, si siguiera viva,  tendría la misma edad que él.

En contra esquina del cine Yara dimos vuelta a la derecha, caminamos a un lado del Hotel Habana Libre y dos cuadras más adelante, pasando las escalinatas de la Escuela de Farmacia de la Universidad, cruzamos la muy transitada Ronda -el humo que tiran los coches y gugas en La Habana resulta agobiante, más tal vez que la contaminación frecuentemente invisible de la Ciudad de México-, para tomar la calle por la cual andaríamos hasta Paseo Martí: Neptuno. Casi treinta cuadras a lo largo de las cuales pudimos mirar de cerca la cotidianidad popular habanera, la de la gente que vive distanciada de los arroyos de CUCs que manan desde los hoteles y las sedes diplomáticas… Aquel sí que resultó un triste periplo por la decadencia socialista, por la utopía en ruinas. La hermosura de las construcciones carcomida por la miseria, la ofensa omnipresente del salitre y la humedad, la humareda pegada en las fachadas, las fachadas achacosas, los achaques de las calles, puertas desvencijadas, herrajes chimuelos, ventanas rotas y paredes cacarizas, telarañas de cables inservibles surcando tramos de cielo, edificios derruidos, goteras, charcos, cáscaras vacías que alguna vez fueron mansiones, pisos enteros invadidos por palmeras y colonizados por huestes de vengativa vegetación, bodegas paupérrimas… Caminamos flanqueados por frontispicios hendidos en ventanas y balcones por los incontables tendederos, en los que la ropa roída seguía celebrando bajo el sol el suplicio de cadenas perpetuas de lavadas… A medio camino, en una esquina, un magnífico edificio neoclásico de tres pisos, en cuya planta baja había un punto de venta de productos liberados y una panadería-dulcería que cuando pasamos por ahí mantenía sus dos mostradores cerrados con láminas blancas, ambas decoradas: la de la derecha con una bandera de Cuba, la otra, con un maravillosa consigna… Primero, con mayúsculas y letras rojas, la palabra REVOLUCIÓN, y abajo, la definición correspondiente: “Es sentido del momento histórico. Es cambiar todo lo que debe ser cambiado.” La panadería-dulcería se llamaba La Dicha y la consigna estaba firmada: “Fidel”.

En su edición del sábado 13 de agosto del año pasado, el Granma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, publicó en el flanco izquierdo de su portada una fotografía que ocupaba más de un cuarto del tabloide: el comandante en jefe aparece en una imagen que debe de datar de los años sesenta, quizá incluso de los albores de aquella década. El joven guerrillero, el soñador de boina que al frente de menos de un millar de locos mal armados peleó contra un ejército profesional integrado por más de 25 mil elementos, el barbudo que tumbó a Fulgencio Batista. Al calce de la foto, un texto firmado por Ernesto Che Guevara, el santo Cristo de los movimientos de izquierda de la segunda mitad del Siglo XX: “Y si nosotros estamos hoy aquí y la Revolución Cubana está aquí, es sencillamente porque Fidel entró primero en el Moncada, porque bajó primero del Granma, porque estuvo primero en la Sierra, porque fue a Playa Girón en un tanque, porque cuando había una inundación fue allá y hubo hasta pelea porque no lo dejaban entrar […], porque tiene como nadie en Cuba, la cualidad de tener todas las autoridades morales posibles para pedir cualquier sacrificio en nombre de la Revolución…” A la derecha de la foto, las llamadas a interiores; en primer lugar, enmarcado con líneas rojas, leo: “Artículo de Fidel. El cumpleaños. Página 3”. Se trata del penúltimo texto publicado en vida por Fidel Castro Ruz; una reflexión deshilada, críptica y en algunas partes de plano embarullada. El inicio enfila hacia un apunte autobiográfico: “Mañana cumpliré 90 años. Nací en un territorio llamado Birán, en la región oriental de Cuba”. Recuerda a su padre  -quien era terrateniente en la isla, “como muchos españoles, que fueron dueños de un continente en virtud de los derechos concedidos por una Bula Papal, de cuya existencia no conocía ninguno de los pueblos y seres humanos de este continente” [¿¡!?]-, enuncia algunos de los recursos naturales de la región de Birán y luego se refiere a sí mismo y a su hermano Raúl, en un párrafo opaco en el cual también alude a los múltiples intentos de asesinato por parte de la CIA de los que fue objeto: “De sus tres hijos varones, el segundo y el tercero estaban ausentes y distantes [él, Fidel Alejandro, y su hermano Raúl Modesto, hoy presidente de la República de Cuba]. En las actividades revolucionarias uno y otro cumplían su deber. Yo había dicho que sabía quién podía sustituirme si el adversario tenía éxito en sus planes de eliminación. Yo casi me reía con los planes maquiavélicos de los presidentes de Estados Unidos”. ¿Es decir que desde siempre tuvo decidido que su relevo sería Raúl? Enseguida recuerda la primera Marcha de las Antorchas, la cual se llevó a cabo en 1953 para conmemorar el centenario del natalicio de José Martí. Regresa a su infancia, al inicio de su formación académica, en Santiago de Cuba, primero en una escuela de monjas para acompañar a su hermana y luego al Colegio La Salle… “Pasaron casi tres años sin que me llevaran jamás a un cine”. Concluye las remembranzas y da paso a las cavilaciones: “Así comenzó mi vida. A lo mejor escribo, si tengo tiempo, sobre eso. Excúsenme que no lo haya hecho hasta ahora, solo que tengo ideas de lo que se puede y debe enseñar a un niño [¡¿?!]. Considero que la falta de educación es el mayor daño que se le puede hacer.” Sin puente mediante, a lo que sigue: “La especie humana se enfrenta hoy al mayor riesgo de su historia.” ¿Cuál, comandante en jefe? ¿El neoliberalismo, las Trump-etas del Apocalipsis, el cambio climático…? No, el desbocado crecimiento demográfico, advierte. El siguiente párrafo lo dedica a agradecer a quienes ya le habían enviado regalos y felicitaciones. Concluye Fidel Castro su artículo “El cumpleaños” con un extenso párrafo, cuya médula es una crítica al mensaje que ofreció Barack Obama cuando, en mayo de 2016, visitó la ciudad de Hiroshima: “Considero que le faltó altura al discurso del presidente de Estados Unidos cuando visitó Japón, y le faltaron palabras para excusarse por la matanza de cientos de miles de personas…”

        Todavía le alcanzaría la vida para escribir un artículo de opinión más. El domingo 9 octubre pasado, el diario digital Juventud rebelde publicó la última entrega de la serie “Reflexiones de Fidel”, con un título que prometía grandes verdades, pensamientos profundos: “El destino incierto de la especie humana”. Desgraciadamente, el único valor del texto es que es el último; fuera de eso, es un testimonio de que, a poco más de un mes de distancia de su propia muerte, la extraordinaria agudeza mental del líder histórico de la Revolución Cubana era ya cosa del pasado. La biología tampoco respeta a los héroes. En un compendio arrebujado y turbio, el comandante en jefe dispuso en forma descabalada exactamente 500 palabras, ni una más ni una menos, las cuales fueron suficientes para que hablara acerca de gemelos univitelinos, la Declaración Universal de Derechos Humanos, principios religiosos y obras artísticas, ciencia, “equipos de investigación que puedan operar en la tierra y el espacio”, la teoría del Big Ban [sic], Cristo, Adán y Eva, Caín y Abel, Noé y el Diluvio Universal “y el maná que caía del cielo cuando por sequía y otras causas había escasez de alimentos”, y para rematar sobre los debates entre Donald Trump y Hillary Clinton, entonces candidatos a la Presidencia de Estados Unidos… Un revoltijo de asuntos que nomás no consiguió concatenar. Por lo demás, lo que el nonagenario pudo expresar de manera más o menos precisa fueron sus propias dudas…

Me parece que el deterioro por senilidad que sufría el comandante Fidel era desde hacía meses, como sus textos, público y evidente para todos los cubanos. Si estoy en lo cierto, ello realza aún más el respeto y autoridad que mantenía entre la gran mayoría de los isleños. En Matanzas Inés y yo nos topamos casualmente con una muestra del aprecio que la gente le tenía al anciano. La ciudad de Matanzas de San Carlos y San Severino fue fundada el 12 de octubre de 1693, y comenzó a crecer a partir la Plaza de la Vigía, un sitio que hoy para cualquier visitante resulta obligado conocer, sobre todo porque ahí se encuentra el Teatro Sauto, obra erigida en 1863 por el italiano Daniel Dall’Aglio. No tuvimos suerte; el día que fuimos la joya arquitectónica estaba cerrada por labores de remodelación. Pero antes de irnos del lugar entramos al edificio que se encontraba justo enfrente. Resultó que había sido construido en 1828 por el arquitecto francés Julio Sagebien para la autoridad aduanal matancera; el inmueble funciona de hace mucho tiempo como Palacio de Justicia o Tribunal Provincial, y ahí prácticamente no entran los turistas. Nosotros sí entramos un momento, y ahí estaba: un periódico mural titulado “Fidel: 90 años de victorias”. Más allá del cabezal -las letras trazadas seguramente con una plantilla o gioser-, solamente fotografías de Fidel, unas 60 o 70 imágenes, fotocopias y recortes de revistas y periódicos viejos: con el Che, saludando al Papa Juan Pablo II, con Camilo Cienfuegos; vistiendo el conjunto de pants y chamarra deportivos con que anduvo durante los últimos años, discursando en la ONU, trepado en un tanque militar, abrazando a Daniel Ortega, con su hermano, sonriendo a Hugo Chávez… Justo al centro, se observa al líder hablando desde una palestra, puntualizando algo, vestido de casaca militar, de lentes y ya entrado en años. Sobre esa foto, un mensaje lacónico e ingenuo: “Gracias por existir, comandante”. Era como un trabajo de estudiantes de secundaria…

–Lo hicimos en agosto, por su cumpleaños -nos dijo uno de los guardias de la entrada.

Unos días después de haber estado en Matanzas, llegamos al último punto de nuestro viaje a Cuba, Varadero, un destino turístico que, en efecto, bien podría obviar cualquiera que haya vacacionado en Tulum. Días de gloria, repartidos entre el running mañanero, la placidez playera y horas y horas de lectura. Para entonces ya andábamos totalmente desintoxicados de telefonazos, desenredados de Twitter, Face, WhatsApp y demás App-éndices digitales -conectarse a internet en la isla cuesta dos CUC por hora, a una velocidad de oruga estoica, y sólo se puede hacer en determinados lugares públicos-. La noche del 24 de noviembre habíamos salido a cenar unos croissant con jamón y queso a la Dulcinea, una cafetería en la 54, entre la Primera y avenida de La Playa. Salimos de ahí poco después de las 11:00 de la noche, felices de escapar del salvaje aire acondicionado. De regreso, andando por la calle principal, todo estaba como de costumbre, la fiesta retro rockabilly en el The Beatles -un bar con una escultura del cuarteto Liverpool según la cual Roger Waters, en sustitución de George, tocó alguna vez con Ringo, John y Paul-, parejas caminando de la mano por la calle, grupos saliendo y entrando de los demás bares, y el tremendo jolgorio a toda candela en el Calle 62, desbordado hasta la banqueta con sus réplicas a escala de los shows estilo Tropicana y los bailongos atizados por grupos de salseros de primera… Nosotros teníamos planeado salir a correr al otro día temprano, así que seguimos nuestro camino y no nos enteramos de nada más.

–A nosotros nos sacaron del bar en donde estábamos bailando. Era como la una de la mañana, y nadie nos explicó por qué… –nos contaría más tarde el paisano de Sombrerete.

A la mañana siguiente, ya estábamos en la cocineta preparando un poco de té y galletas cuando escuchamos un par de tímidos toquidos en la ventana…

–Inés, Inés… -era Ignacio, el dueño del lugar que rentamos en Varadero- ¿Están despiertos?

–Sí, buenos días. ¿Qué pasó? -contestó Inés, a lo que en respuesta recibimos cuatro palabras que seguramente jamás olvidaremos:

–¡Que Fidel ha muerto!

–¡Qué!

–Sí, sí: ha muerto, anoche -confirmó y se fue sin agregar nada más.

Incrédulos, choqueados, nos encaminamos a la habitación para encender la televisión…

–Con profundo dolor, comparezco para informar a nuestro pueblo, a los amigos de nuestra América y del mundo, que hoy 25 de noviembre del 2016, a las 10:29 horas de la noche, falleció el comandante en jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz -en pantalla, apesadumbrado, triste, circunspecto, Raúl-. En cumplimiento de la voluntad expresa del compañero Fidel, sus restos serán cremados en las primeras horas de mañana…

En la estufa de la cocineta, el agua comenzó a hervir. Fui a apagar la hornilla y hasta entonces entendí el ruido que desde hacía rato me inquietaba: el silencio…
@gcastroibarra

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Germán Castro

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