Opinión

Utopía aislada (quinta parte)

La noche en que murió Fidel Castro yo estaba en Cuba. Habíamos aterrizado en La Habana un día después de que Donald Trump ganara las elecciones a la Presidencia de Estados Unidos. La marca que ambos eventos dejan en la historia contemporánea es tan significativa que bien podemos decir que en noviembre de 2016 terminó el siglo XX. Haber estado en Cuba durante aquellos días resultó una posición privilegiada para testimoniar el cambio de página; con la siguiente crónica intento aprovecharla.

 

–¿Qué bola?

–Hola.

–¿De dónde nos visitan?

–De México.

–¡Ah, México lindo y querido! –el fulano, un marrajo gordinflón y despeinado, metido en un overol mugriento, estaba apoyado en las rejas de la facultad de Biología de la Universidad de La Habana, sobre la calle 25, entre la H y la J.

Mañana sabatina, de sol alegre y aire fresco, en La Habana. Unos metros atrás, nos habíamos cruzado con dos o tres bandadas risueñas de muchachos y jovencitas del pre -camisas y blusas blancas, pantalones y faldas azul marino- y también con un pelotón de niños y niñas con el uniforme rojo oscuro de las primarias, pero aquí todo se mostraba desértico: –¿Hoy no hay labores en la Universidad? -le pregunté mientras tomaba un par de fotos a través de los barrotes.

–¿Labores? ¿Trabajo? ¿En la Universidad? Ni hoy ni nunca: estás en Cuba, socio -y comenzó a despotricar, así, de golpe y porrazo; primero, espetó que todos los isleños eran un atajo de flojos: –El cubano es un majá. Aquí a nadie le gusta curralar.

–¿Curralar?

–Doblar el lomo: trabajar, amigo. Por eso no hay nada, por eso todo está así como lo ven, en ruinas, cayéndose a pedazos… -sentenció aventando el mentón para uno y otro lado, como afianzando sus palabras en las condiciones que presentaban las fachadas de las casas cercanas.

Pero, por lo que podíamos ver desde ahí y por lo que habíamos visto durante los últimos días caminando por las calles de El Vedado, el cubano aquel no tenía razón: si bien todas las edificaciones pedían a gritos mantenimiento -resanado y pintura, básicamente-, no estaban en ruinas, por el contrario, lucían bastante firmes. En una cuadra era fácil encontrar más de dos casas que aquí en México, después de una manita de gato, bien podrían albergar un museo, una galería de arte, un banco o un restaurante de lujo. Abundan las casonas hermosas estilo neoclásico, edificios Art Decó y modernistas… Todas son viejas, pero no destartaladas; en todas se puede leer estrechez de recursos, pero por todos lados es evidente la voluntad de orden, la limpieza, el afán por mantener los jardines bien cuidados, en fin… Pero aquel tipo veía otra cosa, y molesto, siguió con su retahíla plagada de cubanismos:

–Mucho cubaneo por aquí, mucho cubaneo por allá, pero lo demás es majasear, y por eso todos estamos en la fuácata, sin guano -el hombre comenzó ahí, pero traía muchas ganas de hablar, supongo, porque lo que siguió fue una erupción de críticas, quejas y denuncias: que la Revolución había matado cualquier espíritu de negocio entre sus paisanos y que por eso desde hacía mucho tiempo imperaba el desgano, la desidia, que él ganaba una miseria, que con lo que pagaba el Estado no le alcanzaba ni a él ni a nadie siquiera para comer, que no era verdad que el problema de Cuba fuera el bloqueo impuesto por el gobierno norteamericano…

–¿Quieres decir que el bloqueo no es real, que es una mentira?

–Bueno, es real, existe, pero existe porque aquí no tenemos toletones para tumbarlo…

–¿Toletones…? ¿Golpes?

–No, magua, dinero… Estamos pelaos. Durante años los bolos nos mantuvieron gratis…

–¿Los bolos?

–Los bolos, los rusos, los soviéticos, chico. Pero se terminó la URSS y todo eso, y nosotros nos quedamos aquí en nuestra isla, solos en medio del mar, y entonces sí, ¡a comer guasasas! Todos a la tea y todos brujas. La miseria. Después el comandante Chávez metió un poco el hombro, pero también eso se acabó y otra vez todos chivados… Ahora los chinos nos mandan algunas cosas, herramientas, guaguas…, pero esos señoritos amarillos no sueltan nada si antes no se afloja la plata. Y los yonis son igualitos…

–¿Los gringos?

–Sí, los yuma, los estadounidenses, en el negocio son igualitos que los chinos. Para romper el bloqueo lo único que hace falta son dólares.

En avenida Independencia, casi en su entrecruce con la Presidentes y la Salvador Allende, habíamos visto un letrero en el que puede leerse: “BLOQUEO, el genocidio más largo de la historia”. Pero para este habanero la cosa no era así y el asunto se reducía a un problema de liquidez.

–¿Entonces, aunque se normalizaran las relaciones de Cuba con Estados Unidos, las cosas seguirían igual?

–¿Y por qué crees tú que se van a normalizar?

–Bueno, hace poco, en marzo, vino el presidente Obama, ¿no? Y luego el concierto de los Rolling Stone…

–Vamos a ver, no te enmarañes, mi amigo, no hay que comerse la bola… Que viniera Obama a Cuba no fue un tema de política.

–¿No? ¿Entonces?

–Entonces todo eso nada más fue una cosa de negros –lo que prosiguió fue una de las explicaciones más disparatadas que haya escuchado:–. Atiende, chico: lo que pasa es que Fidel ha hecho mucho por los negros aquí en Cuba, y desde la Revolución les va muy bien, como antes nunca, y, ¡ponle el cuño!, como Obama es negro, de padre africano para no ir más lejos, tomó el avión y vino a pagar el favor antes de que lo echaran de la Juay Jaus. Atiende, los negros… –pero justo ahí mismo metió el freno, cerró la boca, peló los ojos como huevos estrellados y arqueó las cejas, en un gesto que yo interpreté como una advertencia: ¿alguien nos estaba escuchando?, ¿su jefe?, ¿un policía, un espía del gobierno? Él atisbaba hacia atrás de mí y yo sin pensarlo dos veces voltee…: caminando por la misma acera, se aproximaban hacia nosotros un negro fornido y una güera de pelo rubio, él de unos veintitantos años, ella de unos cincuenta y algunos más; venían tomados de la mano, ambos muy altos, de shorts y lentes polarizados… Nuestro interlocutor no continuó hablando sino hasta que la pareja estuvo a varios metros de distancia…: –Nunca armes bronca con un negro, eh -me dijo a mí, bajando bastante la voz, para que Inés no lo escuchara-. En una fajada jamás le vas a ganar a un negro, jamás. Por las buenas son tratables, pero por las malas, ¡uy!, son terribles a los galletazos. Por eso ellos son los que siempre traen metales de las Olimpiadas. Un prieto siempre es bravo, hasta el final, como fieras, y tienen candela de sobra, por eso las alemanas se ponen piolas con ellos… -y aventó el mentón para apuntar ahora al par que seguía su camino hacia la L-. Y las negras, igual -apostilló bajando más el volumen de su voz-…, ya tú sabes, socio.

–Bueno, pues nosotros nos vamos, eh… Que vamos a La Habana Vieja…

–Sí, sí… Que les vaya bien. Oye, socio, ¿y no tendrán un dulcecito por ahí…?

Cada mañana echábamos algunos puñados de dulces y chocolates en la mochila para regalarlos entre la gente amable que nos señalaba alguna dirección o nos explicaba algo, pero también, como en el caso del gordito criticón, a muchas personas que sin más nos los pedían tan pronto nos identificaban como turistas. Por cierto, un consejo práctico para futuros turistas: a la inmensa mayoría de los cubanos no les gusta los pulparindos.

–Sí, claro… Toma, estos dulces son de tamarindo, ojalá te gusten…

–Pues serán para mis hijitos.

–Ok. Y esperemos que se arreglen las cosas con los gringos.

–¿Con el quimbao del Trump? Olvídalo, chico… Si a ustedes en México ve tú a saber cómo les vaya a ir con el orate, ¡imagínate a nosotros…! Con el loco ése ya no se va normalizar nada en el mundo. Estamos sapeados, todos.

El 10 de noviembre, es decir, justo al día siguiente de las elecciones en Estados Unidos, todavía en México yo había alcanzado a leer en El país un texto firmado por David Alandete, director adjunto del diario español; su título y epígrafe retrataban fielmente la sensación que desde la tarde anterior cualquiera podía percibir por todas partes, en los medios -cuyas huestes de opinólogos, desde los más acreditados hasta los de ocasión y de relleno, todos, no salían de la anonadación-, en twitter, en las calles y los cafés, entre los amigos…: “La presidencia del miedo. No hay ningún espacio para la esperanza en el triunfo de Donald Trump”. Aquí en México el miedo no se ha atemperado, en lo absoluto, por el contrario ha ido pasando a pánico y, peor, se ha ido asentando como el pretexto de todos nuestros males… ¿Que la economía del país no crece? Ah, es culpa del gringo furibundo. ¿Que el peso continúa despeñándose y el dólar encareciéndose? Pues es el efecto Trump. ¿Que la manga del muerto…? Donald Trump es el factótum de nuestras desgracias nacionales. Supuse que allá en Cuba habría de encontrar una ánimo parecido, pero me equivoqué. La narrativa era totalmente distinta.

Por supuesto, no levanté una encuesta ni mucho menos. En cambio, durante varios días tuve oportunidad de platicar con mucha gente, y sobre todo escuché un montón de conversaciones, porque, claro, allá también el resultado de la contienda electoral norteamericana era una cuestión de interés…, aunque no tanto, ni de cerca. Por ejemplo, en las escalinatas de la Casa de las Américas tres personas comentaban el triunfo de Trump y, al igual que acá, había gran asombro y todos preveían calamidades; sin embargo, si bien la sorpresa era más o menos la misma -¿cómo era posible que hubieran podido ser tan idiotas para entregarle el gobierno a un payaso desbocado?-, los infortunios que vaticinaban eran para los propios norteamericanos, no para ellos. No escuché a un solo cubano externar alguna preocupación concreta respecto a su futuro a causa del ascenso al poder del republicano desquiciado, ni siquiera porque en un momento dado no llegara a concretarse la normalización de las relaciones diplomáticas y comerciales con la isla. ¿Por qué? La respuesta es simple:

–¿Qué es lo peor que podría pasarnos, mi hermano? ¿Seguir como estamos? Después del Período Especial, seguir como estamos es la gloria.

Vale la pena recordar que estamos hablando de un país, de un régimen, que ya enfrentó un intento de invasión militar orquestado desde Estados Unidos —Bahía de Cochinos, en abril de 1961—, y que lo contrarrestó con éxito. Llevan décadas tratando de quebrarlos con un cerco económico atroz, y ahí siguen, circunstancia que les ha significado, además de terribles carencias, una dignidad estoica. Nuestra situación en México no es tal, y no se percibe así ni desde aquí mismo ni vista desde fuera. Cada que allá en La Habana salía a flote el tema o yo mismo lo traía a cuento, el interlocutor cubano en turno invariablemente lamentaba, se condolía de lo mal que de seguro nos iría a los mexicanos con Donald Trump despachando en la Casa Blanca. Para acabarla de fregar, si nosotros nos sentimos traicionados, allá afuera nos saben traicionados: que Peña Nieto invitara a Los Pinos a Trump justo cuando el patán se hallaba en lo peores momentos de su campaña y que además le diera trato de presidente, resultó, como aquí, primero una noticia incomprensible y luego, en el mejor de los casos, una jugada que no podía entenderse más que como una sandez colosal.

–¡Pero, chico, si ése comemierda no ha perdido oportunidad para insultarlos!

Pues sí, cómo te explico… El cura apóstata que invitó al diablo a ofendernos desde el púlpito de la Catedral… Moctezuma Xocoyotzin que volvió a abrirle las puertas de la gran Tenochtitlan a Hernán Cortés.

Dejamos al cubano amohinado ahí mismo en donde lo habíamos encontrado, con la espalda recargada en las rejas de la Facultad de Biología, mirando pasar la vida, y seguimos nuestro camino hacia La Habana Vieja.

@gcastroibarra


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Germán Castro

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