Opinión

Utopía aislada (séptima parte)

 

 

  • La noche en que murió Fidel Castro yo estaba en Cuba. Habíamos aterrizado en La Habana un día después de que Donald Trump ganara las elecciones a la Presidencia de Estados Unidos. La marca que ambos eventos dejan en la historia contemporánea es tan significativa que bien podemos decir que en noviembre de 2016 terminó el siglo XX. Haber estado en Cuba durante aquellos días resultó un posición privilegiada para testimoniar el cambio de página; con la siguiente crónica intento aprovecharla

 

–¡¿Pero sabes tú acaso cuál es el mayor problema que tenemos los cubanos?! -me preguntó Yara Yadira, así como platican entre ellos, a todo volumen y aventada para adelante. Durante los primeros días, seguramente me hubiera asustado la intensidad con la que me soltó aquel cuestionamiento, pero para entonces llevábamos ya más de una semana en La Habana y más o menos nos habíamos familiarizado con sus modos. Yara Yadira se presentaba cada tercer día para hacer el aseo en el departamento que rentamos en El Vedado, responsabilidad que se tomaba con toda la calma del mundo. Estábamos platicando en la sala, mientras Inés terminaba de prepararse para salir. El punto de arranque de la conversación había sido el chilorio. Conviene advertir que viajamos a Cuba bien pertrechados, con despensa en las maletas al menos para poder desayunar y cenar todos los días en el departamento. Entre otras provisiones, llevamos atún, sardinas, puré de papa en polvo, frijoles refritos, arroz y quinoa precocidos, chilorio y hasta cochinita pibil, nada en lata -por aquello de los límites de peso en el avión-, todo empaquetado en esa especie de sobres de plástico que ahora abundan en los anaqueles de los supermercados. También resultó una buena idea cargar con aceite de oliva, mayonesa, pimienta, chiles chipotles, espagueti, té… El caso es que esa mañana estábamos desayunando chilorio cuando llegó Yara Yadira. Hubiéramos preferido invitarle un taco, pero a falta de tortillas -craso error no haber llevado al menos un kilito- fue necesario improvisar: una generosa porción de chilorio con apenas con unas gotitas de la salsa de los chiles chipotles, en uno de los bollos que habíamos comprado el día anterior, untado con mayonesa. Le encantó, y tan pronto terminó, por supuesto, no se puso a hacer la limpieza, sino que seguimos platicando. La conversación no salió del ámbito culinario. Después de despejar la incógnita de los sabores de que se acompaña la carne de puerco desmenuzada del guiso sinaloense -chile pasilla, ajo, comino, orégano y sal-, Yara Yadira me preguntó cómo fue que habíamos cocinado el espagueti que servimos la noche en que habíamos invitado a cenar a Manuel y Humberto…

–No dejan de repetir que estuvo delicioso… ¿Y qué fue esa bebida roja que cuentan?

–Agua de jamaica, mujer. La preparamos con bolsitas de té, pero en México se hace normalmente con las flores secas. Todavía nos quedan algunas bolsitas; al rato te preparas un vaso.

–¿Y la pasta?

–Sencillísima: espagueti con un sofrito de atún con ajo y cebolla -y ya entrados en materia le expliqué cómo la habíamos cocinado y los ingredientes-… Lo más difícil fue conseguir fue el ajo. Además los que encontramos estaban muy chiquitos, con unos dientes diminutos -y claro, eso fue más que suficiente para abrir la caja de Pandora de las quejas y reclamos… La carencia, el desabasto, la carestía… Yara Yadira se lamentó muy dolidamente de la constante escasez de todo, de lo elevado de los precios…:- Bueno, pero entonces cómo le hacen.

–¡A buen hambre no hay pan duro, chico!

–Bueno, pero la gente que hemos visto en la calle no se ve anémica, eh.

–¿¡Qué dices!? ¡Pero es que tú tienes ojos de turista! -espetó, y enseguida fue que soltó la pregunta:- ¡¿Pero sabes tú acaso cuál es el mayor problema que tenemos los cubanos?

–… -evidentemente aquella era una pregunta retórica, pero mientras soltaba la respuesta, su respuesta, fue imposible que yo no tratara de adivinar lo que iba a decir: ¿el bloqueo?, ¿el comunismo?, ¿el espíritu isleño?, ¿la indolencia?

–¡La alimentación!

Por supuesto, disentí, y mi argumento fue muy sencillo: si la alimentación tiene como propósito la nutrición del organismo, es muy fácil saber qué tan suficiente y adecuada es o no en una determinada sociedad: la gente mal alimentada se muere, ya sea por desnutrición o enfermedad. Así que echándole un ojo a un solo indicador se puede evaluar si realmente un país enfrenta o no un problema de alimentación: –Pues no creo, Yara Yadira, y te voy a decir por qué: si uno no come bien, pues se muere y no llega a viejo, ¿estamos? Así que si la alimentación es un problema mayor aquí, ¿cómo se entiende entonces que la esperanza de vida sea tan alta en Cuba…? ¿Sabes qué es la esperanza de vida?

Sí, sí sabía. Subrayo: la persona que trabajaba haciendo la limpieza en el departamento sabía perfectamente qué significaba el término “esperanza de vida”. Días después, en un paladar de Varadero, un médico forense cubano con quien platicamos durante la sobremesa, nos diría:

–Quizá en Cuba tengamos problemas de educación, pero no de instrucción formal. Aquí todo el mundo estudia… Mira, tú… -y estiró el brazo para detener al mesero que pasaba:- Por ejemplo, compañero, dinos… ¿Estudiaste?

–Sí, por supuesto. Soy licenciado en Cultura Física y Deporte.

También Yara Yadira había estudiado. Nunca le preguntamos qué ni hasta qué grado escolar, pero era obvio, tan sólo en su capacidad de expresión verbal, que tenía bases académicas.

–¿Sabes qué país tiene la esperanza de vida más alta de América Latina?

–No… Ustedes, supongo: México.

–¡No, cómo crees! Nosotros no. Seguramente ustedes. Digo, hace tiempo que no reviso esa información, pero te podría apostar que Cuba está entre los dos primeros lugares de América Latina. Lo que sí es un hecho es que se coloca muy por arriba de México -aseguré…, y no andaba tan errado: si bien Chile y Costa Rica aparecen mejor colocados en la más reciente tabla generada por la Organización Mundial de Salud, la esperanza general de vida en Cuba es de 79 años y en México de 76, lo cual los coloca en los lugares 36 y 59, respectivamente, a nivel internacional. En 2015, una mujer cubana al cumplir 60 años tenía una expectativa de vivir todavía casi un cuarto de siglo más, 24.3 años, y un varón de la misma edad, 21.3 años. Para los mexicanas y las mexicanos sexagenarios, el horizonte era de 23.6 y 21.1 años, respectivamente. Dado que podía restarle alguna fuerza a mi propio argumento ya no le expliqué a Yara Yadira que el comportamiento del indicador en México en parte se debe a la ola…, qué digo ola, al tsunami de asesinatos que ha cundido desde 2005 por todo nuestro país (una investigación apenas publicada por la revista Health Affairs demuestra que en México los homicidios han frenado el avance de la esperanza de vida de las mujeres y de plano lo han revertido en el caso de los hombres). En cambio, me hubiera encantado poder decirle lo que ahora estoy viendo en la tabla que tengo frente a mí: Cuba se ubica un puesto por arriba de Estados Unidos y a más de cien peldaños de distancia de Rusia-. A ver, ¿cómo se explica eso?

–Bueno, no lo sé yo, pero… ¡Pero no sabes tú lo que es comer siempre lo mismo, lo mismo, lo mismo! ¡Estamos hartos de frijol, arroz y pollo! ¡Arroz, frijol y pollo!

Más de la mitad de la población en México se atiborra de calorías (58%); con refrescos, dulces, panes y frituras duplica diariamente su requerimiento calórico y se tira así por el tobogán de la obesidad, en cambio, no satisface las necesidades mínimas de proteínas, ni animales ni vegetales, combinación ya de por sí calamitosa, sin contar la falta de los minerales y vitaminas que se obtienen de frutas y verduras: –¡Ay, Yara Yadira!, brincos de alegría daría yo si la mayor parte de los mexicanos pudieran comer arroz, frijol y pollo… -y cerdo y yuca y plátanos y piñas- Pero, bueno, me parece que su problema no es de alimentación, sino de variedad…

–Es veldá… Por algo decimos que el gusto está en la variedá.

–Bueno, a ver, Yara Yadira… Imagínate que soy el genio de la lámpara maravillosa y me aparezco aquí ahora mismo y te pregunto, y responde así, sin pensarlo mucho, ¿qué quieres que te ponga ahora mismo aquí sobre la mesa, qué se te antoja…?

–¡Una sopa Maruchán! -respondió de sopetón.

¡Horror! No pidió un buen corte de carne de res, una ensalada verde con varios tipos de lechuga, una paella a la Valencia o una mariscada, ni siquiera una hamburguesa… No, pidió una sopa Maruchán, es decir, un cóctel de calorías inútiles, carbohidratos simples, grasas saturadas y aditivos tóxicos… No se requiere de un diplomadito en mercadotecnia -me resisto a escribirlo con mayúscula- para prever el éxito aplastante que van a tener los McDonald’s, Burger King, Wendy’s/Arby’s, Carl’s Jr y demás restaurantes fast food tan pronto comiencen a vender hamburguesotas chorreantes en la isla…

Si no hubiera estudiado Sociología -por favor nótense la mayúscula- me atrevería a sentenciar aquí que en Cuba sí hay clases sociales, y que son dos: una integrada por la gente que por estar cerca de los turistas y el personal diplomático tiene acceso a los CUCs, y la otra compuesta por el resto de los ciudadanos quienes se mueven con CUPs. Pero sí estudié Sociología y sé que la delimitación de clases sociales es un asunto mucho más complejo, que, además, requiere de un conocimiento estructural de la sociedad en cuestión, así que no diré tamaño despropósito. Sin embargo, sí puedo afirmar que la diferencia de ingresos entre ambos grupos es abismal, tanto como extrema puede ser la distancia entre sus respectivas frustraciones. No es difícil que los cubanos que conviven con turistas extranjeros -muchos alemanes, canadienses y mexicanos-, por ejemplo Yara Yadira, reciban una propina de un CUC; en tal caso, basta con que sean gratificados con tal cantidad doce veces a lo largo de un mes para que dupliquen el sueldo de un médico, quizá el profesional cubano mejor pagado. En la Bodeguita del Medio, el famosísimo bar de la La Habana Vieja siempre repleto de turistas, en donde cada mojito costaba 5 CUCs -alrededor de cien pesos mexicanos-, en un lapso de menos de media hora pude observar como el cantinero recibía propinas por más de 10 CUCs. Los ingresos pues de toda esa gente son incomparables con los del resto de sus compatriotas. Sin embargo, al mismo tiempo, son ellos mismos quienes más se lamentan al comparar sus ingresos con el de gente de otras países -claro, no son cualquiera, sino personas que pueden pagarse unas vacaciones a la isla-.

–Yo gano aquí 200 pesos cubanos al mes, y estoy certificado. Y no crean que soy cualquier salvavidas, yo tengo estudios de paramédico… -nos dijo Martínez, un rescatista que conocimos en la playa de Varadero-. ¿Sabes tú cuánto ganaría en Miami? ¡Un senior lifeguard en Miami Beach gana 26 mil dólares al año! ¡Más de 55 mil pesos cubanos al mes!

Allá pensé que el tipo exageraba, pero resulta que no: de acuerdo al sitio indeed.com los salvavidas en Miami alcanzan salarios que van de los 17 mil a los 32 mil dólares.

–Bueno, pero además de tu salario recibes propinas, ¿no?

–Sí, sí, pero ni así alcanza, hermano. Mira, yo no sé nada de política, ni me importa la política, pero en Cuba vivimos en una dictadura que nos tiene en la miseria -se lamentó ajustándose los Ray-Ban Aviator; todos las piezas dentales del maxilar superior que se le alcanzaban a ver estaban cubiertas de oro-. Yo jamás podría comprar un jersey como el que usted trae, por ejemplo…  

Vivimos en un mundo cada vez más mediatizado, en el cual los hechos se han vuelto totalmente prescindibles. La realidad, y sobre todo la realidad inmediata, se ha vuelto un accesorio incómodo con el cual la gente trata de lidiar lo menos posible. Trump ganó la Presidencia de Estados Unidos repitiendo como papagayo frenético un slogan, Make America Great Again. Para muchos -al primero que escuché traducirlo así fue al novelista Paul Auster- en realidad estaba diciendo Make America White Again. Quizá la mayoría no alcanzó a entenderlo, en cambio dio por bueno el diagnóstico del candidato republicano, según el cual su país está peor que nunca –worst than ever!, un fraseo que empleó innumerables veces-. Eso es absolutamente falso, sobran datos objetivos para probar que los norteamericanos deberían estar más que agradecidos con el presidente Obama, cuya administración levantó de la lona la economía yanqui en ocho años. La tasa de desempleo en Estados Unidos en diciembre de 2016 fue de 4.7%, prácticamente su nivel más bajo en nueve años. De hecho, en varios sectores 2017 comienza con carencia de personal. Está el caso de los restaurantes y demás negocios de comida rápida, en donde “los empleados obtienen bonificaciones por recomendar candidatos, así como comidas gratis y días libres, y la escasez de personal podría estar elevando el salario mínimo sin la ayuda de los legisladores” (Bloomberg, 11 de enero de 2017); así, por ejemplo, la cadena de hamburguesas Wendy’s incrementó en casi un dólar la paga por hora de trabajo en sus sucursales en Florida, Nuevo México y Texas, a un promedio de 9.05 dólares. Así que alguien que trabaje allá ocho horas diarias, cinco días a la semana, sin contar propinas y otro tipo de gratificaciones, estará ganando poco más de 47 mil pesos mensuales -más de lo que percibe un director de área en el gobierno federal en México-. Más allá de las diatribas incendiarias del señor Trumpas, aquel mercado laboral, un inmenso pastel, además atascado de descomunales cantidades de betún consumista, resulta sumamente atractivo para muchísimos trabajadores, sobre todo en los países vecinos, como México y Cuba. Porque solemos olvidar esa obviedad: somos vecinos del país más rico del orbe, y al igual que los cubanos que conviven cotidianamente con los turistas, las equiparaciones están a la orden del día.

Una de las últimas noches que estuvimos en Varadero, conocimos a tres mexicanos, una mujer y dos hombres. Ella, tapatía, radica desde hace dos años en La Habana, en donde estudia Medicina, mientras que el par de paisanos viven en Los Ángeles, California. Uno de ellos era chilango y estudiaba en la UCLA; el otro, oriundo de Sombrerete, Zacatecas:

–Ya toda mi familia vive allá en Los Ángeles. Salimos huyendo de la violencia. Tuvimos que vender todo. Primero se fueron mis papás y mis hermanos. Yo acabé de estudiar en el campus Zacatecas del Tec de Monterrey. Terminando encontré trabajo y me quedé un año más, pero mi mamá me presionaba mucho y tenía razón: Sí, muy licenciado, muy licenciado, pero tu hermano acá gana mucho más que tú trabajando de mesero… Ya vente…, y pues me fui.

@gcastroibarra

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Germán Castro

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