Opinión

Utopía aislada  (sexta parte)

 

 

En La Habana no es necesario sacarle plática a nadie: la cháchara anda suelta por las calles. ¿Por qué? Se trata de una situación que se puede explicar fácilmente: porque si los cubanos tienen algo de sobra es tiempo y porque todos son requeteplaticones. A toda hora y por cualquier motivo están dispuestos a meter tremenda muela: son conversadores como ellos solos. Viene a cuento un mandarriazo de sabiduría ibargüengoitiana: “Mi primera impresión fue que todos se conocían. Más tarde descubrí que en Cuba se habla con conocidos, con desconocidos, y cuando no hay nadie cerca, a solas” (Revolución en el jardín, 1964). En efecto, los cubanos son muy platicadores, mucho, pero no demasiado porque no son bocazas ni boceras ni gárrulos, ni siquiera podría decirse que sean parlanchines, tampoco vanílocuos ni farfantones ni charlones, mucho menos faramallones. Aunque quizá sí son un poco chocalleros -los venezolanos dirían hablantinosos y algunos argentinos alparceros-. Cuando se les escucha platicar entre ellos mismos, uno muy frecuentemente puede creer que están a punto de pasar a los insultos o incluso a las trompadas. Pero no: no son gente balandrona o bravucona; sucede que suelen platicar a gritos y manoteando fuerte, por lo que dan la impresión de que más que conversar, discuten, y además le pueden dedicar tiempo y palabras hasta al más mínimo detalle de cualquier tontería -guanajada, dicen ellos-, así que lo que sea da entrada a tremendos alegatos… Mucha palabrería, mucha bulla, pero de la tángana no pasa, es como un solaz, porque ya luego se despiden tan felices como siempre o nada más se quedan ahí mismo otro ratito, tomando aire o fumándose un cigarro. Seguramente, como en cualquier parte del mundo, habrá muchos chismosos y chismosas en la isla -cazueleros, les dicen allá-, pero más que fadolís o averigüetas -quiero decir metiches o entrometidos, como el prototípico personaje de Tin Tan en su cinta El revoltoso (1951)-, los cubanos son a la mar de comunicativos: simple y sencillamente disfrutan chacharear. Por cierto: ¿a poco no es muy significativo que en Cuba chacharear significa echar muela o mulear, es decir, conversar, platicar, mientras que aquí en México chacharear es negociar cosas de poco valor, o sea, comprar baratijas? Allá es cotorreo; acá, la versión chafa de los placeres consumistas.

        En Matanzas, veníamos caminando por la calzada de Tirry, apenas unos metros después de haber pasado el puente que salva el río San Juan. Delante de nosotros, un par de negras colosales, cada una con un par de fiñes pequeñitos, uno y uno agarrado de cada mano, iban platicando entre ellas, cuando del otro lado del paso vehicular, de otro pelotón de féminas salió un grito que cruzó el arroyo: un saludo. Tendrían muchas ganas de encontrarse, digo yo, porque el ánimo se avivó de inmediato y todas las mujeres comenzaron a intercambiar decires; apuraron el paso para llegar a la esquina y atravesar la calle para encontrarse cara y cara, y continuar su chorcha, pero el semáforo mutó a rojo y el tráfico les atajó el avance… ¿Pararon su cháchara mientras esperaban el cambio de luces? Por supuesto que no, de esquina a esquina, mientras entre ellas circulaba un caudal de carros, bicitaxis y motos, a gritos siguieron platicando.

Al gordinflón hablador que nos retuvo en la entrada de la facultad de Biología con su farragoso teque -rollote, decimos en México- también le importó un bledo que nosotros ya hubiéramos cruzado la calle J y siguiéramos caminando: él continuó gesticulando y disertando, seguramente con la boca llena de cachos de pulparindo, ahora en torno a lo inconveniente que era, según su propio parecer, que pretendiéramos llegar a pie hasta La Habana Vieja.

–¡El rubio está bravo!

Sus advertencias se debían al solazo que efectivamente se estaba dejando caer sobre la capital cubana, pero nada tenían que ver con la seguridad, porque, chico, aquí tú puedes caminar por donde te dé la gana a la hora que te dé la regalada gana, sin ninguna preocupación… Algunos días después, tanto en Matanzas como en Varadero, varias personas nos dirían que allá, en sus provincias, sí que había seguridad, mientras que en La Habana uno debía andar con mucha precaución, porque la ciudad es peligrosa…

–¡Uy!, tanto… que he sabido de alguna gente a la que le han desaparecido la mochila en el Malecón. En un descuidito, ahí nomás la dejas un momentico y la fachan sin que nadie se percate de ná.

A nosotros nadie nos robó ni un centavo. Más incluso: la sensación de seguridad que pudimos disfrutar en las calles de Cuba, incluyendo las de La Habana, resultó apabullante. Claro, por la comparación obligada…

–Acá viene a hacer conciencia de que estoy acostumbrada a andar en la calle cuidándome, mirando constantemente para atrás, checando que nadie me venga siguiendo –me dijo Inés–. Se siente distinto caminar aquí.

La desconfianza se aprende. En México, prácticamente tres de cada cuatro personas considera que, debido a la delincuencia, es inseguro el lugar en donde viven (72.4%). El dato es terrible, pero ya no nos trastorna; hemos asumido la situación como normal: en nuestro país es común que la inmensa mayoría de la gente viva cotidianamente con miedo, que de lunes a viernes salga a trabajar sintiéndose amenazada. Esa percepción necesariamente nos cambia la manera de caminar por las calles, de relacionarnos con los demás, de dormir por las noches. La expectativa -en tanto posibilidad razonable de que algo suceda- de que uno puede ser víctima de un delito en cualquier momento nos ha echado encima una coraza muy pesada, pesadísima pero desgraciadamente ineficaz.

La misma noche que llegamos a La Habana salimos a cenar. Era nuestro primer recorrido, los primeros pasos por la ciudad. Dejamos el departamento y anduvimos hacia avenida Presidentes, en busca de un sitio que Manuel nos acababa de recomendar.

–No crean que es un gran paladar, pero está bien para cenar algo rápido por aquí cerca a estas horas -en el mapa que él mismo nos regaló, marcó un punto en una posición que cayó cerca de la esquina de la 27 y G, y luego una raya hasta la anotación: “Café París”.

Mientras esperábamos del lado de la avenida en la que se hallaba el edificio en el que nos hospedamos que los semáforos nos dieran el paso en el cruce de la 23 y G o avenida Presidentes, observamos que había muy poca gente circulando en la calle. Ya tendríamos tiempo para constatar después que, durante el día, el sitio es un frenético hormiguero, puesto que por ahí pasan y hacen parada varias rutas del transporte público habanero, tanto guagas como taxis colectivos. Además, el llamado parque De los Roqueros -en realidad, no más que un escuálido solar con unas pocas jardineras-, es lugar de encuentro de varias tribus urbanas -la chava darketa de Herejes, la novela de Padura, es perfectamente verosímil-. Sin embargo, aquella noche de jueves, aquel céntrico crucero de El Vedado lucía casi desértico. Del otro lado, en dirección hacia la rotonda en donde se encuentra el monumento a José Miguel Gómez, no se veía a nadie, salvo un uniformado que conversaba plácidamente con una señora, y un par de adolescentes sentados en santa paz en la banca metálica que está sobre la acera. Cruzamos la avenida y enfilamos hacia el gran edificio con vivos rojos que se levanta en la siguiente esquina, la 25, una construcción imponente de estilo ecléctico de más de diez plantas y una torre superior dividida en seis pisos; se trata de uno de los muchos inmuebles evidentemente deteriorados y descaradamente majestuosos que uno puede encontrarse en El Vedado -después averiguaría que se trata del Hotel de Apartamentos Palace, el primer el primer edificio de hormigón armado que se construyó en toda Cuba (1926), obra del arquitecto Alberto Prieto-. El entorno estaba muy oscuro, puesto que prácticamente no hay alumbrado público en los andadores. En la esquina de enfrente del Palace, un café, el Presidentes, y en los bajos del gran edificio, a un lado de las escalinatas de acceso, un pequeño toldo metálico y un mostrador, cerrado: “Cafetería 1ra de Plaza. 24 horas”. Esperanzados, caminamos todavía otro tramo y nada, así que regresamos sobre nuestros propios pasos…:

–Quizá esté del otro lado.

La avenida Presidentes tiene un camellón central ancho, con palmeras, prados, rotondas y bancas. Como anexo a la gasolinera que está en la otra acera localizamos una especie de tienda, pero también cerrada. En los edificios aledaños, muy pocos negocios: “impresiones digitales”, “se plastifican carnet”, “taller de relojería” y de nuevo llegando casi a la 23, la cafetería Los Pepe, todo cerrados.

–Pues hay que ver qué tal está el único abierto, ¿no? -sugerí y volvimos a atravesar el camellón.

–¿Buscan algo? ¿Necesitan ayuda? -nos preguntó el muchacho uniformado de pantalón oscuro, camisa caqui, y gorra con visera, quien resultó ser elemento de la Policía Nacional Revolucionaria.

–Sí, gracias… ¿Sabe dónde está El café París?

No, no lo conocía, es más, estaba completamente seguro de que no estaba por ahí:

–El Presidentes está ahí nada más, pero el París no, no lo he visto por acá… -luego sabríamos que, efectivamente, Manuel se había confundido: nos había querido recomendar el café Presidentes, pero la noche anterior había andado de rumba en el café París, que ni siquiera está en El Vedado, sino en La Habana Vieja, en Obispo y San Ignacio.

–¿De dónde nos visitan?

–México.

–¡México lindo y querido! -como resorte, respondió el policía con la cantaleta esa con que te contestan nueve de cada diez cubanos, y luego nos sugirió que cenáramos en el París o que camináramos por La Rampa hasta alguno de los paladares que están rumbo al Coppelia.

–Bien, muchas gracias… -y estaba yo a punto de preguntarle si era seguro andar caminando a esa hora, cuando de pronto nos invadió el escándalo… Era un rebaño de cubatoneros avanzando a paso lento por la acera; unos siete u ocho, entre hombres y mujeres parsimoniosos, la mayoría negros o blanconazos, todos de bermudas y chanclas, todos portando enormes camisetas sin mangas, unas con leyendas -ASERE KE BOLA, RUDEBOY-, otras con logos de marca -Adidas, Nike-. No pude identificar el tipo de aparato que traían -una especie de tableta desproporcionada-, pero de él salía un estrépito rotundo: la versión de La Macarena de Gente de Zona, una amorfia del sincretismo comercialón que fatalmente habría de seguirnos durante toda nuestra estancia en la isla: Caminando por la Habana / A Macarena yo me la encontré / Le dije que me bailara música cubana, tú ves / Ay, Macarena, ese movimiento tuyo / No hay quien lo pueda parar (descomunal) / Ay, Macarena, mira, yo te lo juro / Yo te quiero enamorar.

–Buenas noches, compañeros.

–Bueeenas… -contestó al unísono la bandada, como grupo de escolares bien portados.

–El volumen, por favor -pidió tranquilamente y el joven que traía en las manos el aparato procedió de inmediato: sin chistar, le bajó al fragor cubatonero-. Documentos, por favor -igual, sin protesta alguna mediante, cada uno fue entregando al policía su carné de identidad, un documento individual muy parecido a nuestra credencial para votar con fotografía, incluso bastante más sencillo. Revisó rápidamente los documentos y los fue devolviendo a sus respectivos propietarios-. Gracias, buenas noches.

–Bueeenas… -respondieron y emprendieron de nuevo su andar.

La diferencia de edades entre los cubatoneros por fortuna apaciguados y el policía no era mucha. El uniformado, quien no andaba armado, en ningún momento actuó con prepotencia. No percibí ni miedo ni enojo ni siquiera sorpresa en los muchachos que fueron acallados. El episodio pudiera sonar insustancial, pero cuesta trabajo no confrontarlo con la relación cotidiana que uno tiene en México no sólo con los cuerpos policiacos, sino con los representantes de cualquier autoridad pública.

Terminamos cenando pulpo en el café Presidentes. Cuando salimos, las bocinas del establecimiento vomitaban Y quiero morirme en Cuba Bailando la macarena / Y quiero morirme en Cuba / Bailando la macarena…
@gcastroibarra


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Germán Castro

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