Opinión

El dinero no compra la educación / Alegorías cotidianas

Algunos le tienen miedo a las escuelas públicas y prefieren que sus hijos se formen en escuelas privadas sin conocer el capital intelectual docente de éstas; entonces hay padres de familia que gastan grandes cantidades de dinero en la educación de sus hijos para que, cuando salen de clase y conviven en sociedad, su lenguaje sea “igual” al de los jóvenes que estudian en los espacios educativos ofrecidos por el gobierno.

No es que estemos obligados a tener un habla sostenida, sino que el nivel de cultura en casa así como los hábitos es similar en la mayor parte de los hogares mexicanos, no se lee porque la consentida en casa, sea por internet, cable o antena es: La televisión, seguida por las redes sociales.

En ocasiones, cuando escuchamos a estudiantes de escuelas particulares usar las palabras como “auto, césped, indistinto, exaspera” da la impresión de que su inventario de palabras es vasto y selecto; sin embargo, si ponemos atención a cómo emplean las palabras, entonces se convierten en palabras mal empleadas.

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Alguna vez comentó una joven periodista que su tía había buscado que sus hijos no hablaran como el resto de los mortales; de bebés les enseñó sinónimos de palabras usuales que parecían de habla culta, así los pequeños en lugar de pedir ir al baño o nombrar la necesidad fuera caca o popó como la mayoría de los chiquitos de su edad, decían “quiero defecar” para lo que, su abuela de origen humilde no comprendía lo que su nieto le decía y éste terminaba con los calzoncillos sucios.

Así es como se escuchan quienes tienen un inventario de palabras que no comprenden su uso además, se expresan con el habla estandarizada de la casa y la calle así por muchos esfuerzos que hagan los padres (como se ejemplificó anteriormente) o en los institutos de paga para distinguirse de los otros cuando no hay un contexto culto social uno termina siempre por hablar como los demás por dos cosas, porque el medio no lo permite o bien como fenómeno, por sociabilidad.

Comentemos entonces que memorizar palabras complejas o rebuscadas para no saber el contexto adecuado para emplearlas de nada sirve si no modificamos el habla de manera que se adecue a lo que buscamos, así que en una kermés de una institución privada los chicos al hacer uso del jardín pude hacer notar su molestia, si andan descalzos, como a continuación se enuncia: “me cala el césped”; la clase estuvo bien, dimos tres vueltas trotando sobre el tartán pero me “cala el tenis”. Calar, en el diccionario de la Real Academia Española aún no tiene el uso de molestar o lastimar, sino de llenar, perforar según sea el caso; sin embargo, con respecto a probarse una zapatos su uso es correcto, “calate los zapatos”, pues una de sus acepciones es entrarse, introducirse en alguna parte, como el calzado.

Y qué decir cuando educadamente se emplea el verbo jalar sustituyendo el verbo funcionar: “la televisión no jala”, “la encendí pero no jala”. Jalar, según la norma, es la acción de tirar de algo o alguien; empero, cuando algo se descompone tendemos a decir “no jala” con lo que podemos recordar a los motores de cuerda el de las lanchas donde se tira de un cordón para poner en marcha el motor por lo que cuando no jala, no puede ponerse en funcionamiento y por tanto la deducción es: si no jala, está descompuesto. Digamos entonces que el uso dado a Jalar es contrario a su significado y empleo.

Recordando ejemplos de de palabras rebuscadas para parecer “cultos” o que tienen buenos estudios, amplio vocabulario o bien que se escuche con “caché” podemos ubicar la publicidad de la Presidencia Municipal con respecto a la rabia y las mascotas. Con el fin de hacer conciencia sobre la importancia de evitar que nuestras mascotas estén propensas a la rabia, la cápsula informativa pide “inmunizar a las mascotas” contra dicha enfermedad, es decir, vacunar a los gatos, perros para que no sean vulnerables al virus. Al preguntar a un grupo de 22 estudiantes, de una institución privada, sólo uno comprendía el sentido del anuncio, inmunizar es igual a vacunar a los animales de compañía contra la rabia. Si el receptor no comprende el mensaje la comunicación es nula pues el canal que se eligió para transmitir al mismo no es el adecuado y quizá muchos perritos no serán inmunizados, contraerán rabia, provocarán una epidemia y la Feria Nacional de San Marcos se cancelará por segunda vez.

El nivel de vocabulario no se mide por el número de palabras que tengamos en nuestro inventario, sino por la capacidad que tengamos para usarlo en contexto y de forma adecuada.

El adecuar el vocabulario de manera inteligente nada tiene que ver con una educación privada o pública sino con la sabiduría que los conocimientos y la cultura nos dan a cada individuo para aplicar las normas y reglas a los contextos en los que nos desenvolvemos.

La institución no hace a los estudiantes sino ellos mismos, con buenos, regulares o pésimos docentes alumnos podrán ser quienes desean ser, pues en el deseo no entran las capacidades sino las ganas de continuar, crecer y formarse.

No hay que impresionarnos el impacto mediático de la publicidad de la educación privada, en ocasiones es únicamente el brillo lo que atrae y no lo que es en realidad pues algunos de estos institutos tienen a su servicio a personal ante grupo o bien en puestos administrativos a personal cuyo grado máximo de estudios es el bachillerato.

El dinero no compra la educación, la constancia, el seguimiento en casa y el estilo de vida es lo que hace la diferencia entre una escuela u otra en cualquiera de sus niveles sea básico, medio o superior.

Investigue el currículo de los profesores de sus hijos, así como los perfiles de los administrativos; si paga, por lo menos merece que todos tengan una idea de lo que es la vida universitaria y lo que ello conlleva.

 

Laus Deo

 

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Paula Nájera

Paula Nájera

2 Comments

  1. José Chavira Carrasco
    28/02/2017 at 10:41 — Responder

    La norma de jalar es tirar de algo, no es correcta, sino halar.

  2. Bigotes S O
    26/10/2017 at 01:32 — Responder

    No existen las palabras rebuscadas. Eso suena más bien a pretexto o justificación por tener un léxico limitado, algo que es normal en México. En alguna emisión del programa radiofónico de Garibay, nombrado astucias literarias, se menciona que en un estudio (por allá en los 80’s), los estudiantes preparatorianos se expresaban con 200 palabras, de las 500 que conocían, Garibay hace la comparación con Alfonso Reyes, quien se expresaba con 10 mil, de las 60 mil que dominaba. Puntos extremos quizá, aún así, el analfabetismo funcional es una realidad en todo México, en toda escuela, empresa, familia, rincón y pasillo de este país. Si Wittgenstein tenia razón -y es muy probable que la tuviera – y su Ich bin meine Welt (yo soy mi mundo) junto con los “límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” nos arrojan un poco de lucidez acerca del tema tratado en este artículo (el cual es pésimo) no queda más que resignarse ante la triste realidad que rebela. No importa si los profesores o administrativos tienen licenciatura o secundaria o 25 maestrías, no dejan de ser mexicanos y lo que conlleva: guadalupanos, telenoveleros, clasistas, amantes del fútbol y lerdos bebedores de cerveza. Lectores de 2.4 míseros libros al año. Su mundo es ínfimo al igual que su léxico y su espíritu y sus sueños y su día a día. La escuela no es remedio de nada; sólo la voluntad de aprender y de ir dejando de ser un imbécil iletrado proveen un contrapeso y lo brutal es que ni siquiera esto sirve de algo. La lucidez es brutal y quema y estar consciente de esto no hace sino tener presente el abismo insondable al que se dirigen todos y cada uno de los niños y jóvenes que desfilan cada año por las escuelas, colegios o universidades. Todos vamos hacia ninguna parte.

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