Opinión

Errar el objetivo / Disenso

“Es momento de que los ciudadanos sumemos esfuerzos y unamos voces para manifestar nuestro rechazo e indignación ante las pretensiones del Presidente Trump, a la vez de contribuir a la búsqueda de soluciones concretas ante el reto que ellas implican.”

Esta frase no fue producto de ciudadanos norteamericanos. Se presenta en la página vibramexico.com.mx; un sitio que convocó, entre otras voces, a una “marcha por la unidad” que, en deliciosa ironía, dividió no sólo las opiniones sino hasta las marchas del día de ayer en el país. Me preguntaron si asistiría: no dudé en decir que no. Creo en las marchas y en la ocupación pública como protesta, como presión, como acción política. Descreo y reniego de ellas cuando se partidizan, cuando se busca sacar raja política, cuando sus metas son difusas, confusas o cuando se pelea contra molinos de viento, monstruos y fantasmas con los que elegimos pelear para tranquilizarnos mientras olvidamos nuestros verdaderos problemas.

Hace un par de semanas escribí aquí que Masiosare no era un enemigo para nada extraño. Que habíamos dejado de hablar del gasolinazo, de la total inopia con la que el presidente Peña y su camarilla de aprendices afrontaban el problema de las relaciones exteriores y la inoperatividad que tenían para con las demandas de las y los ciudadanos mexicanos.

Yo di el beneficio de la duda al presidente Peña. Escribí en diversas ocasiones que su partido tenía una estructura que permitiría, si no la paz o la buena gobernanza de facto, sí la sensación de que ambas cosas se estaban dando. Dije que esa sensación en el inconsciente colectivo de miedo e insurrección causada por la mal calculada política de “la guerra contra el narco” del presidente Calderón pasaría en dos años. Me equivoqué. El presidente Peña no sólo no logró generar esa sensación: intensificó el malestar de la población y esto, que puede intentar justificarse con palabrerío inútil, queda de manifiesto simplemente en ver los bajísimos niveles de aprobación a los que ha llegado.

Su gestión se vio rodeada de escándalos de corrupción al que ni él ni su esposa ni sus colaboradores cercanos supieron dar cara. Una constante en su mandato fueron sus tardías reacciones y a veces hasta sus ausencias en momentos clave. El presidente Peña, visto con fríos números y con el efecto que provocó en su partido, debe ser uno de los peores en las últimas décadas que hemos tenido en México. El riesgo de que regresaran los peores fantasmas de un partido al que por años se le achacaron todos los males del México se verificó en la ola del llamado “nuevo PRI”: el prófugo Duarte -presumido por el presidente como uno de los grandes relevos generacionales del partido- es el mejor exponente.

Cada vez que escribí “hemos tocado fondo” me equivoqué. Ahora, el presidente busca sacar provecho para redimirse, aunque sea un poco, con el despropósito que representa como presidente el señor Trump. Y los mexicanos hemos mordido el señuelo. Salir a exigir respeto, rechazar con indignación las políticas del presidente vecino cuando nuestro país tiene sus propias miserias no sólo es ridículo sino vergonzante. Damos la señal al mundo de que somos víctimas de los gringos en vez de dimensionar nuestra propia responsabilidad para con nuestras carencias y nuestra condición. Tampoco, que quede claro, como lo he escrito antes, estamos ante la ingobernabilidad ni ante la fractura como país. Estamos lejos de ello. Y no gracias a nuestra clase política, sino a pesar de ella.

Creo en el poder de la ocupación pública como cuando en Islandia el primer ministro renunció ante la presión colectivo por el escándalo de los Panama Papers. Creo en las marchas como un poder de visibilización como cuando el año pasado las mujeres nos hicieron sentir vergüenza propia con su movilización y su admirable valentía con #MiPrimerAcoso que demostró un país no sólo violento sino pedófilo. Creo en la legítima posibilidad de hacer saber a nuestros dirigentes que no están cumpliendo con el propósito para el que fueron elegidos. No creo en cambio en presionar las decisiones de un país vecino, en pedir un respeto que nosotros mismos no nos concedemos.

Tengo la impresión de que seguimos, intencionalmente, desviando el tema para no enfrentar nuestros propios demonios al espejo: siempre es mejor pensar en la horrible frontera norte que aceptar las indecibles atrocidades que cometemos en la frontera sur. Siempre es más fácil señalar que los vecinos son los que consumen las drogas que exigir unánimemente que se despenalicen para que no carguemos con los muertos. Siempre es más cómodo señalar al otro como dictador mientras nosotros presumimos plaza llena para luchar, en nombre de la familia, contra los derechos de terceros.

“Es momento de que los ciudadanos sumemos esfuerzos y unamos voces para manifestar nuestro rechazo e indignación ante las pretensiones del presidente Peña, a la vez de contribuir a la búsqueda de soluciones concretas ante el reto que ellas implican.”

En verdad os digo que me hubiera emocionado ese mensaje.

 

/Aguascalientesplural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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