Opinión

Identidad / Debate electoral

 

Aristóteles, hace alrededor de 2 mil 400 años, ya afirmaba que el hombre es un ser social por naturaleza, así nacemos y vamos desarrollando tal característica a lo largo de nuestra vida. Dicha afirmación es apreciable a simple vista, puesto que si bien cada uno de nosotros somos individuos por sí, nos encontramos insertos en una dimensión social que es la que nos permite coexistir en comunidad.

Y es ahí entonces donde no basta con estar conviviendo con otros seres individuales, sino que partiendo de esa singularidad utilizamos nuestras cualidades para aportarlas a ese beneficio colectivo que nos hace acordar con el otro, comenzando un proceso de socialización, máxime cuando por nuestra edad es imposible satisfacer por nosotros mismos las necesidades más básicas como la alimentación o la seguridad. Habrá posteriormente otras necesidades, de autorrealización, autorregulación, o incluso espirituales, que no es posible atender con suficiencia de manera individual y ahí es cuando formamos, incluso, comunidades.

Las comunidades así formadas mantienen además ciertos factores de cohesión conocidos entre ellos, motivo de orgullo y que generan un sentimiento de pertenencia a la comunidad. En algunos casos ese factor de cohesión es una persona a la que simbólicamente se le da el tratamiento de monarca. Su función, en muchos casos, como jefe de Estado es la de ser ese factor que hace que la población de esa comunidad se sienta determinada a ese estado, para bien o para mal. Pensemos en el factor que resulta la reina de Inglaterra respecto a la Commonwealth, donde si bien al día de hoy los integrantes de la mancomunidad de naciones no se someten a la corona británica, sí resulta ser la monarca la cabeza de la organización, más como un factor de unidad de los pueblos, distintos entre sí en origen o lenguaje, pero que comparten, entre otros, un pasado común y una figura representativa cuya majestad abarca hasta convertirse en símbolo de unidad.

Para países que no tenemos la tradición monárquica, nuestros símbolos patrios son objetos que nos dan identidad a la manera de la tribu: escuchar el himno nacional con la Orquesta en Bellas Artes, o un lunes en una escuela durante Honores a la Bandera, un mariachi en Guadalajara, en Tijuana o Yucatán, en teoría tiene que hacernos sentir un orgullo propio del mexicano. No se diga al ver la bandera tricolor ondear en lo más alto de una plaza cívica o de un accidente geográfico: símbolos que nos provocan, al menos a la mayoría, un especial sentimiento.

Este válido sentimiento de pertenencia al que nos incitan nuestras tradiciones, símbolos materializados en nuestra Constitución, Himno Nacional o Bandera, o inmateriales como nuestro folclore o idioma, hábitos comunes que nos visibilizan, también hacen que nos identifiquemos del otro, aquel que pertenece por distintas circunstancias a otra tribu, a otra sociedad, a otra nación, a otro estado.

Las construcciones políticas y antropológicas de nación y Estado son la etapa superior de este sentimiento de comunidad (en todo lo que engloba esta palabra en razón de lo común, ya expuesto anteriormente). La forma de pensar en donde cada nación tiene derecho a conformar su propio Estado para realizar los objetivos de su pueblo, en razón a esas aspiraciones (comunes) en los ámbitos social, económico y cultural, preponderantemente, derivado de un origen (otra vez común), religión o lengua por poner un ejemplo, defendiendo a la nación por encima de todo (a veces hasta de las mismas personas) es lo que se dio en llamar nacionalismo.

En un principio de manera idealista, surgió el nacionalismo en el continente europeo al final del Siglo XVIII y se extendió por todo el Siglo XIX prácticamente a todos los países libres del mundo. Por fin los pueblos ya no serían súbditos, sino ciudadanos. Sin embargo, en aras de esa libertad, el nacionalismo se ha pervertido (digámoslo así) como el pretexto favorito para el conflicto entre naciones, entre etnias de un mismo país, o como la excusa favorita de organizaciones terroristas mostradas como movimientos separatistas.

En un país de inmigrantes, como desde un principio lo fueron los Estados Unidos de América, resulta paradójico, por decir lo menos, que se enarbole una bandera racial en una sociedad que no sólo tiene su origen en un crisol de razas, sino que, al paso que vamos, aquellos que enarbolan esa mayoría, van tendiendo a convertirse en franca minoría.

En el tema norteamericano que se encuentra en la agenda pública mundial, derivado de la elección no solo del presidente por el siguiente cuatrienio, sino de toda una ideología en el sentido de la exacerbación del nacionalismo, refleja como conclusión postelectoral que el principal problema que está aquejando a los habitantes de aquella nación, y que será uno de los próximos a resolver en el futuro mediato, es la falta de identidad. Al tiempo.

/Landeros IEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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