Opinión

La Academia y las acciones afirmativas / El peso de las razones

He defendido aquí mismo y en otros sitios que no existe una justificación exitosa -al menos en abstracto- de las acciones afirmativas. Esto quiere decir que no hay forma moralmente exitosa de defender la discriminación, aunque ésta sea positiva.

Pensemos en la típica acción afirmativa: con el objetivo de compensar a una minoría antes discriminada negativamente, ahora se ofrecen un mínimo de puestos de trabajo, lugares en una universidad o trabajos gubernamentales a miembros de dicha minoría. No es por su mérito (sean sus notas o sus cualificaciones) que las personas obtienen un trabajo, un puesto o una matrícula, sino por su pertenencia o no a un grupo.

Trataré ser lo más caritativo posible: existen formas de apoyar algunas acciones afirmativas concretas. Por ejemplo, otorgar un porcentaje mínimo del cincuenta de los puestos de gobierno a las mujeres. La razón parece simple: aun no gozamos de las condiciones de equidad necesarias para que las mujeres puedan optar por suficientes puestos de representación ciudadana. Pero no es ésta la razón relevante. Lo es: las mujeres, dado que son más del cincuenta por ciento de la población, requieren al menos el cincuenta por ciento de los puestos de representatividad política. Lo mismo sucede con minorías vulnerables como la enorme diversidad de grupos indígenas, las personas con capacidades diferentes, así como las personas con preferencias sexuales diversas. Pero este caso justificado de acción afirmativa no es posible extrapolarlo a otros casos: se trata de igualdad de participación política y tiene que ver directamente con la naturaleza misma de nuestras democracias representativas. Nadie dirá que se está discriminando aquí a nadie positivamente, se dirá simplemente que es justo que todas las ciudadanas y ciudadanos seamos representados adecuadamente en una democracia.

Veamos una extrapolación injustificada. Supongamos que la universidad X decide ofrecer un número de matrículas a miembros de un grupo específico. Pensemos, por ejemplo, que la universidad X decide ofrecer mil matrículas para el grupo Y (pensemos, por ejemplo, en mujeres y hombres de un grupo indígena de la sierra). La razón: si no lo hace así la universidad X, las condiciones actuales impedirían que los miembros de ese grupo accedan a la educación superior. Para ello, no sólo basta ofrecerles la matrícula, resulta necesario ofrecerles también un hogar, trabajo y educación compensatoria. La universidad X, así, estará discriminando positivamente a los mil estudiantes del grupo al que les ha ofrecido la matrícula; es decir, tratará distinto a las personas pertenecientes al grupo mencionado que al resto de su estudiantado. Hasta aquí, parece que las acciones afirmativas pueden estar justificadas. Y lo están. Pero la justificación no es abstracta, se atiene a las circunstancias específicas del grupo al que se está discriminando positivamente. El resto del estudiantado puede reaccionar de manera negativa: sentir que es injusto que se trate distinto a los miembros del grupo Y que a ellos. La mera posibilidad de que el resto del estudiantado reaccione negativamente ilumina un hecho que debería ser obvio: cualquier discriminación, aunque sea positiva, es injusta. La discriminación, de suyo, es injusta.

La única razón de la que disponemos para justificar -en ciertos casos específicos- las acciones afirmativas (la discriminación positiva) es la del mal menor: dadas las condiciones actuales es peor no realizar una acción afirmativa que realizarla. Si esto es cierto, se sigue que las acciones afirmativas sólo deben ser medidas temporales. El problema recurrente al que se enfrentan quienes ponen en marcha acciones afirmativas es cuándo y cómo detenerlas cuando las condiciones que les dieron inicio han sido superadas.

Veamos otra extrapolación, claramente injustificada. La misma universidad X ya no sólo ofrece matrículas, hogar, sustento, trabajo y educación compensatoria a los miembros del grupo Y, también solicita a sus maestras y maestros que otorguen un porcentaje específico de calificaciones máximas a los miembros de dicho grupo. Ahora, no sólo tendrán casa, trabajo, sustento y educación segura y gratuita, tendrán varios dieces, y quizá todas sus materias aprobadas por descontado. La reacción del resto del estudiantado ahora puede ser mucho más previsible. Mientras ellas y ellos estudian y se esfuerzan por obtener una calificación aprobatoria, los miembros del grupo Y la tendrán asegurada. ¿Esta acción afirmativa está justificada?

El día de ayer se llevó a cabo la 89ª entrega de los Oscar. Antes de llegar a mi punto, quisiera dejar de lado algunas posibles críticas improcedentes. No, los Oscar no premian a lo mejor del cine mundial. No, no toman en cuenta todo lo que se filma alrededor del mundo en un año. Tampoco tienen en cuenta al cine de naturaleza primordialmente experimental. Lo que se premia en la ceremonia de los Oscar es al cine que se atiene al esquema norteamericano comercial: películas con un gancho de 10 minutos para presentar a los personajes, con una duración entre 90 y 120 minutos (con algunas excepciones), con un nudo dramático a los 45 o 60 minutos, y con un clímax los últimos 10 o 15 minutos en el que se resuelve el nudo dramático. Los Oscar no premian películas que buscan romper con un esquema que ha probado empíricamente su éxito: las películas que figuran en el repertorio de nominados no fracasan en su tensión dramática (no suelen aburrir), y buscan generar emociones estéticas adicionales mediante la técnica de punta y producciones cuidadas y costosas. Eso premian los Oscar y tienden a nunca traicionar sus principios. Al menos, hasta el día de ayer. La 89ª entrega de los premios no será sólo recordada por el accidentado final, sino por sus improcedentes e injustificadas acciones afirmativas. No sólo contemplaron tres películas mediocres para dar juego a la comunidad afroamericana, que se quejó amargamente la entrega pasada de su poca representatividad en la competencia. Premiaron como mejor película a un filme cansino, pretencioso, mal actuado y aburrido. Lo premiaron como una universidad premiaría con la calificación máxima a un alumno sólo por su pertenencia a un grupo. La Academia no ha estado lejos de las acciones afirmativas en el pasado, es cierto, pero en esta ocasión ha traicionado sus principios. Moonlight, sin duda, es la peor película premiada en la historia de los Oscar. La comunidad afroamericana puede estar feliz, se premió su unión grupal, no la calidad cinematográfica de una película que la representaba. Como toda acción afirmativa, la Academia tendrá que lidiar en el futuro con cómo echar para atrás esta medida, así como con las quejas de otros grupos que no se sientan representados y premiados. Corta vida a la Academia.

 

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Mario Gensollen

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