Opinión

Lo que Max debe recordarnos / Disenso

Esta semana se inició un movimiento en Facebook que intenta salvar la vida de un niño que requiere un trasplante de hígado. La familia ha organizado diversas formas de ayuda. El requerimiento es de más de un millón de pesos. Diversas organizaciones: prensa, empresas, funcionarios públicos y lo más importante, ciudadanas y ciudadanos comenzaron un movimiento para fortalecer las posibilidades de que esta familia pueda atender a su hijo.

Podríamos discutir muchas cosas sobre el fenómeno: las lamentables, que movimientos de este tipo resulten ser menos “virales” que los 15 años de una jovencita desconocida que vive en otra entidad federal. Las polémicas: si hacer retos o no es la mejor manera de incentivar la ayuda, si mostrar el talón de depósito es buena idea o es exhibicionismo, si tapar el monto depositado es de mal o buen gusto. Podemos también cuestionar si estas desgracias terminan utilizándose como una forma de promoción para medios, figuras públicas o empresas. Muchas discusiones sobrevinieron al asunto.

De todas las discusiones, eché mucho de menos la discusión seria sobre la función del estado y su sector salud. Yo llamé a la iniciativa altruista: algunos de mis contactos tuvieron a bien sumarse a la cooperación. Me parece triste que cuando necesitamos unirnos la fuerza falte. Pero me parece aún más lamentable que estos episodios pasen y la realidad siga sin mayor cambio. Deseo de todo corazón que la vida de Max se salve. Pero es momento, y su misma madre así lo ha señalado, de que también nos preguntemos cuántos casos similares hay, con menos fortuna incluso para unir a la sociedad. Cuántos de nuestros niños y niñas mueren por falta de atención médica. Porque una máquina no funciona, porque no hay medicamentos, porque viven aislados de la urbe, porque no tienen los recursos para salir adelante.

En una sociedad que se precie de llevar ese nombre debería ser inimaginable que esté en riesgo de muerte por no contar con recursos económicos. Hemos fracasado como civilización si no somos capaces de exigir que nuestro sistema incluya la protección de la vida de todas y todos. La democracia no puede reducirse a la oportunidad que por igual tenemos para votar. Una verdadera democracia implica el desarrollo de las oportunidades que garanticen un piso parejo para que, llegado el momento de votar, quienes más tienen y quienes menos tienen estén en igualdad educativa y política. Y por supuesto, que estén vivas y vivos: la democracia debe vigilar la salud de la ciudadanía.

Quienes acusan de manera peyorativa, de “socialistas” o de intervencionistas (o más ramplonamente, de “chairos”) a quienes aspiramos por un Estado donde el bienestar físico sea norma, de generar un Estado demasiado robusto deben pensar que la pureza ideológica o la armonía del mercado son más importantes que las vidas humanas. Los esfuerzos altruistas son por supuesto un remanso para quienes están en necesidad urgente. Un ungüento para una sociedad injusta. Pero también son un mero paliativo. Las injusticias no pueden solucionarse sólo con esfuerzos individuales, estos deben detonar cambios estructurales en leyes y hacer real una transformación en el sector público.
/Aguascalientesplural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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