Opinión

Sigamos hablando de Trump en busca de congruencia / Piel curtida

 

Es incuestionable el contenido discriminatorio de los discursos de Trump, pero es necesario reconocer que no es un fenómeno distante de la realidad norteamericana, sino que el magnate encarna los postulados del partido republicano, así como los ideales de los conversadores simpatizantes. Durante el periodo de reelección de George Bush también se exponían en medios de comunicación su postura antimigratoria, que precedía a los ataques del 9/11 y su Patriot Act, pero el escenario era distinto debido a la inexistencia de medios sociales, el poco acceso a Internet y la incipiente adquisición de equipos de cómputo o celulares en México, lo cual planteaba un sesgo importante para el acceso a la información internacional.

En una era digital y después de Obama, quien simbolizó una victoria para un grupo históricamente discriminado, Trump se expone como un huracán, sin minimizar su visceralidad copiosa de prejuicios, ignorancia y odio. Sin embargo, es un personaje congruente que ha cumplido con sus amenazas, que atemoriza, aconseja y ratifica sus advertencias cuantas veces es posible. No es una cualidad que pueda ser apreciada, considerando en qué se cimienta, mas permite reconocer la existencia de una sociedad tras de sí, de problemáticas persistentes.

México, al igual que otras naciones, debe ocuparse de los retos y alternativas para asegurar su estabilidad ante la combativa política de Trump, pero no sólo a un nivel discursivo para ser utilizado como herramienta que gane simpatías, recurriendo a la melancolía del Milagro Mexicano -azaroso y permitido por un ser supremo-. Es indispensable mirar hacia dentro, desde abajo y con amplitud.

Uno de los temas que parecen preocupar más a la población y al Estado es la deportación de mexicanos, pero nuestro país no destaca por su amabilidad con las personas en tránsito. De acuerdo al informe “Derechos humanos de los migrantes y otras personas en el contexto de la movilidad humana en México” de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se presentan múltiples observaciones. Por ejemplo: a pesar de que se estipula que se dotará de alojamiento temporal y asistencia para el retorno de quienes no acrediten su situación migratoria, se hace evidente la implementación de estaciones migratorias que evidencian un atentado al ejercicio de la libertad de movilidad, por lo que el Estado realmente realiza detenciones; sin considerar la poca diligencia para brindar seguridad y protección a quienes están de paso en zonas y espacios muy particulares de Chiapas, Veracruz y la Ciudad de México.

Recuerdo que en un programa de radio, al reportar asaltos, se cuestiona a las víctimas si reconocen el acento del infractor, como si se tratara de encontrar un patrón de acción sustentado en el origen de residencia de los involucrados en un delito; reavivando de manera pública estigmas aún presentes en lo local. En Estados Unidos se suele recurrir a Connecticut para hacer sátiras de una población endogámica y hermética, y Aguascalientes podría ser su equivalente.

Debemos reflexionar si tanta crítica a Trump realmente corresponde a un reconocimiento de los males de la discriminación o si únicamente se está tratando de evitar un problema económico por la pérdida de remesas o la posible falta de empleos por una deportación masiva. Por supuesto que, como connacionales, es de interés el asegurar las adecuadas condiciones en las cuales serían repatriados, pero ¿es válido el cuestionar la política nada novedosa de Trump cuando en México también las personas en tránsito sufren de violencia y estigmas tanto por el Estado como por la población? Sólo pensemos en los constantes comentarios que se realizan en Aguascalientes contra las personas originarias de la Ciudad de México. ¿Qué tan distantes estamos de Trump, del violento y renovado Let’s make America great again?
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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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