Opinión

1867: Triunfo de la República / Taktika

San Jacinto, Rincón de Romos, Aguascalientes. 1 de febrero de 1867. Ante el avance de las tropas republicanas, el general Miguel Miramón, el Joven Macabeo, ordena a los Gendarmes de la Emperatriz cargar sobre las fuerzas de élite del general Mariano Escobedo: los Cazadores de Galeana, un grupo de fronterizos cuya  brutal escuela había sido la guerra contra los apaches.

Los Cazadores de Galeana -vestidos con blusas encarnadas y pantalones de piel de venado y montando jamelgos livianísimos, criados en los yermos de Coahuila y Nuevo León- disparan sus rifles norteamericanos de diez y seis tiros sobre sus adversarios. El impulso imperial mengua cuando los gendarmes caen como moscas debido al fuego graneado de los aguerridos norteños.

La escena arriba descrita se relaciona con el presente artículo, el cual tiene por objetivo explicar por qué es menester recordar el sesquicentenario del triunfo de las armas de la República sobre la Intervención Francesa y el llamado Segundo Imperio.

El año 2017 es un año de celebraciones: primero, nuestra Carta Magna, el andamiaje institucional de la vida nacional, cumple su centenario. Al mismo tiempo que encomiamos a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, es importante recordar que el año 1867 fue la culminación de esa epopeya que fue la Intervención Francesa (1862-1867), en la cual México, bajo el liderazgo de Benito Juárez, adquirió carta de ciudadanía pues vio “consumada por segunda vez la independencia nacional”.

Por lo tanto, esta columna dedicará algunos artículos y su Aide-Mémoire a recordar algunos de los hechos de armas y sucesos que contribuyeron a la victoria y, por lo tanto, a moldear nuestra identidad como mexicanos y aguascalentenses. 1867 inició con el avance de las fuerzas republicanas sobre la ciudad de México: el Ejército del Norte, bajo el mando de Mariano Escobedo, y el Ejército de Oriente, comandado por Porfirio Díaz. Confiado, Benito Juárez adelantó líneas y abandonó Durango para establecerse en Zacatecas.

En la fría madrugada del 27 de enero, Miguel Miramón atacó la ciudad de Zacatecas. Juárez y su comitiva se llevaron el susto de su vida pues, aunque lograron escapar, dejaron todo su equipaje. Miramón comisionó a su hermano, Joaquín, para que capturara a Juárez, pero no logró darle alcance. Desde Fresnillo, el zapoteca ordenó a Escobedo que interceptara a Miramón.

Miramón ordenó el repliegue de sus fuerzas rumbo a Ojuelos, pero Escobedo, al mando del Ejército del Norte, le cerró el paso en San Jacinto, Aguascalientes, el 1 de febrero. Miramón pretendió romper el cerco, pero la batalla devino en desastre: su hermano, Joaquín, fue hecho prisionero y sus tropas se dispersaron. Luego, Escobedo decidió castigar a los Gendarmes de la Emperatriz por los ultrajes cometidos en Zacatecas. 98 mercenarios franceses fueron fusilados en San Jacinto. Joaquín Miramón corrió igual suerte.

Mientras tanto, el 5 de febrero la bandera tricolor francesa fue arriada y las tropas galas desfilaron frente al Palacio Imperial, donde Maximiliano de Habsburgo contempló la salida del Ejército Francés, quien abandonaba México con más pena que gloria.

Maximiliano se desplazó a Querétaro, donde se reunió con los generales Márquez, Miramón y Mejía. Mariano Escobedo, jefe del Ejército del Norte, sitió Querétaro. Los meses de marzo y abril presenciaron esfuerzos titánicos por ambos lados en su pugna por defender y capturar la ciudad respectivamente.

Por su parte, el 2 de abril de 1867 el Ejército de Oriente, liderado por Porfirio Díaz, libró un combate que duró quince minutos en Puebla de Zaragoza. Al concluir la refriega, las calles estaban tapizadas con los cadáveres de los asaltantes y defensores. Díaz ordenó informar al presidente Juárez, quien al recibir la noticia comentó: “Este importante suceso va a precipitar la caída de Querétaro y la ocupación de México”1.

Mientras tanto, en Querétaro la defensa de la plaza había caído, tras la ruptura del sitio por parte de Márquez, en manos de Miramón, quien el 27 de abril ordenó una gran ofensiva sobre el Cerro del Cimatario. En los momentos iniciales, el Joven Macabeo puso en fuga al Ejército del Norte. Sin embargo, la reserva republicana, compuesta por los Cazadores de Galeana, derrotó a las fuerzas imperiales. Finalmente, después del Cimatario, ya nadie en Querétaro creyó en el triunfo del Imperio.

El coronel Miguel López, por órdenes de Maximiliano, negoció la entrada de las fuerzas republicanas a la ciudad, esperando así lograr su salida del país. A las 6:00 de la mañana del 16 de mayo,  en el Cerro de las Campanas, Maximiliano entregó su espada a Escobedo. Éste a su vez se la dio a uno de sus oficiales y dijo: “Esta espada pertenece a la nación”.

Maximiliano, Miramón y Mejía fueron sometidos a juicio y sentenciados a muerte. A conocerse la sentencia, Napoleón III, Giuseppe Garibaldi y Víctor Hugo solicitaron el indulto para los condenados, pero Juárez rechazó sus peticiones. Únicamente, la princesa de Salm-Salm logró que Benito Juárez  le concediera una audiencia para el 18 de junio. Su motivo: pedirle el perdón para Maximiliano y su esposo, el príncipe Félix de Salm-Salm, quienes al día siguiente serían fusilados en el Cerro de las Campanas junto con los generales Miramón y Mejía.

La respuesta del adusto zapoteca fue la siguiente: “Señora, me causa verdadero dolor el verla a usted de rodillas, mas aunque todos los reyes y todas las reinas estuviesen en vuestro lugar, no podría perdonarle la vida: no soy yo quien se la quito; son el pueblo y la ley los que piden su muerte”2. Sin embargo, le otorgó el indulto al marido de la aristócrata.

El 19 de junio Maximiliano y sus compañeros, Miramón y Mejía, fueron escoltados por tropas del Ejército del Norte rumbo al Cerro de las Campanas. El archiduque dijo: “Es un bello día para morir”. A las 7:10 de la mañana, una descarga de fusilería termina con la vida de los prisioneros. Los soldados republicanos, excitados, gritan: “¡Muera el Imperio! ¡Viva la República!”.

El 15 de julio Benito Juárez entró a la ciudad de México. En el Palacio de Minería, difundió la siguiente proclama: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Asimismo, expresó:” Hemos alcanzado el mayor bien que podíamos desear al ser consumada por segunda vez la independencia nacional”3.

En estos tiempos, en donde México se ve acosado por la Escila de la corrupción y la Caribdis de la impunidad, la Hidra del narcotráfico, y por los aullidos -y tuits- provenientes de un payaso de medio tiempo llamado Donald Trump, bien vale la pena recordar, como fuente de inspiración y motivo de orgullo, que la República resultó triunfadora en una lid homérica contra la Francia de Napoleón III y el llamado Segundo Imperio de Maximiliano de Habsburgo.

Aide-Mémoire.- ¿Qué pretende lograr Kim Jong-un con sus nuevas provocaciones?

 

  1. –  Carta de Benito Juárez a Pedro Santacilia, San Luis Potosí, 5 de abril de 1867, Tamayo, Jorge L. (ed.) Benito Juárez: documentos, discursos y correspondencia, vol. XI (México: Secretaría de Patrimonio Nacional, 1964-1970), p. 873
  2. – Las Memorias de la princesa  de Salm-Salm, Moreno, Daniel (ed.) El Sitio de Querétaro: según sus protagonistas y testigos, México,  Editorial Porrúa, 1972, p. 164

3.- Manifiesto de Benito Juárez, México, 15 de julio de 1867, Tamayo, Jorge L. (ed.) Benito Juárez: documentos, discursos y correspondencia, vol. XII (México: Secretaría de Patrimonio Nacional, 1964-1970), p. 249-250

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Soren de Velasco Galván

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