Opinión

Cuerpos de salud / Piel curtida

Después de la pandemia por la aparición de la influenza AH1N1 en 2009, cada año se aplican vacunas y se piensa en escenarios epidémicos. En este 2017 surgió nuevamente una preocupación generalizada por conocer el escenario de salud pública en el estado; en parte por el inicio de un sexenio panista, partido al cual se relaciona mentalmente con la suspensión de la Feria Nacional de San Marcos de 2009 como símbolo de crisis sanitaria, pero especialmente por la gran cantidad de información dispersa e incompatible entre sí; lo cual ha impulsado la especulación, aunque a la vez a reflexionar nuevamente sobre las problemáticas del sector salud.

Después de cinco días de tratamiento médico contra una infección en la garganta sin resultados positivos, fiebre intermitente y siendo hiperreactor, acudí a consulta al Hospital Hidalgo para mitigar el malestar y en consideración a la alerta por brotes de influenza. Mi experiencia, no muy distante a la de miles de usuarios de servicios públicos de salud, inició con una tediosa espera en Urgencias. La recepcionista iba y venía, llamaba, colgaba y atendía primero a médicos, residentes e internos, evidenciando la jerarquía de los centros hospitalarios.

Después de sumarme a otros convalecientes que esperaban pasar por un primer filtro para consulta médica, creí estar en el limbo del cambio de turno, un periodo en el cual todas las oficinas permanecen vacías por varios minutos. Lentamente iniciaron los llamados y no me sobresalté hasta que del Consultorio 1 se llamó a un paciente, un joven que se desplazaba con evidente dolor y quien preguntó si acaso el médico se había equivocado al mencionar su nombre -tal vez había alguien más con el mismo apellido-: “¡Como sea! Si no soy policía”, gritó malhumorado el hombre. Entraron al cubículo y el tipo de blanco azotó la puerta, lo cual hizo retumbar la pared de acrílico sobre la cual trataba de descansar la cabeza punzante por la deshidratación a causa de fiebres y un antibiótico aparentemente insuficiente. A mis adentros sólo pedía que mi turno hubiera sido asignado a otro consultorio.

Después de un rato me llamaron, entré e inicie comentando que ya estaba bajo tratamiento pero que me sentía peor y me preocupaba… -¿Ahorita qué es lo que tiene?, me dijo molesto mi interlocutor. Le comenté que tenía fiebre, una infección y había comenzado a sentir dificultades para respirar y prefería evitar una crisis respiratoria. Llegó uno de sus compañeros, burlándose de un paciente con una aparente crisis de ansiedad que había sido atado; y se fueron. Quise pensar en el síndrome del trabajador quemado, el burnout, que es común en hospitales por la demanda laboral y las circunstancias que experimentan día con día, así que traté de ser empático. Regresaron ambos a seguir comentando lo gracioso de la situación y regresamos al interrogatorio. Le presenté la receta anterior con medicamentos que parecían no tener efecto, lo cual pareció haber sido una ofensa. Después de dos salidas repentinas, el médico pasó a la revisión. En efecto, tenía una infección, pero mis pulmones estaban limpios, lo cual expresó de cierta manera que me hizo sentir culpable de haber ido a consulta. Me retiré con la nueva receta, agradecido, culpable, ofendido y pensativo.

No es un tema viejo el cuestionar si existen maneras de hacer más ágil la burocracia, pues más allá del papeleo, su razón de ser es el facilitar la administración de los servicios para beneficio de los usuarios; y en los espacios clínicos es prioritario analizar qué tanto se llegan a entorpecer las actividades o si las razones de la lentitud se deben a las actitudes del personal.

Por otra parte, el burnout es una problemática que poco a poco se ha visibilizado al hacerse consciencia de la precariedad laboral existente, no sólo de los trabajadores de planta; basta recordar el movimiento de residentes #YoTambiénMeDormí, demostrando la necesidad de reordenar la distribución del capital humano en los centros de salud y sus horarios, además de asegurar la capacitación del personal administrativo para que la tecnificación de los procesos no se transforme en un nuevo problema.

A pesar de mi malestar por un servicio que a primera vista podría ser catalogado como ineficiente e insensible, esta y otras historias son un reflejo de las problemáticas que requieren de estrategias transversales de atención, incluyendo la orientación vocacional de los estudiantes de Medicina, pues además de exigirse un alto rendimiento académico es indispensable que los aspirantes consideren prioritario el servicio y no sólo la retribución económica que, con sus claroscuros, parece brindar la carrera médica; para también evitar acciones que vulneren los derechos humanos de los pacientes.

Mientras se discute si estamos o no en una crisis sanitaria, o qué tanto se maquillan las cifras emitidas públicamente sobre casos de influenza, es importante aprovechar el momento para exponer las necesidades de los usuarios de los servicios de salud, en especial del sector público, pero también de los actores en dichas instituciones pues, además de la burocracia, carencias económicas y materiales existentes, muchas problemáticas deben ser resueltas ofreciendo mejores condiciones laborales. Quienes se encuentran en momentos de dolor merecen un trato digno y ágil, y lo que menos se espera es una persona que, rebasada por el trabajo, haga todo lo posible por evitar el con-tacto humano. Es necesario analizar lo que pasa en nuestro entorno con empatía, consciente del otro, pero también de nuestras necesidades. ¿Estamos capacitados para enfrentar una contingencia? Si es así, ¿a qué costo?
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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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