Opinión

¿Por dónde pasa la Reforma? / Opciones y decisiones

La apuesta del pacto reformista por México pasa, con muy alta prioridad, por la implementación del nuevo Modelo Educativo 2016 de México, del que iniciamos la conversación en mi pasada entrega. Observábamos que en el gran horizonte transcurrido desde el periodo postrevolucionario hasta nuestros días, el único hito histórico que introdujo un factor de discontinuidad con el resto del panorama educativo nacional fue el ensayo de implementación de la “educación socialista” bajo el régimen del presidente Lázaro Cárdenas del Río (1895-1970). En cuyo proyecto se embarcó lo más granado de la sociedad: “Las élites económica, política, intelectual y religiosa coincidirán en los propósitos de meter a México en la revolución científico-técnica, mediante la capacitación fabril de sus masas y el profesionalismo y la especialización de sus cuadros dirigentes” (Fuente: Historia de la Revolución Mexicana. Periodo 1934-1940. Los días del Presidente Cárdenas. Luis González. Colegio de México. 1981. Pp. 285ss).

Sin afán de generalizar y tomando en cuenta las muchas y muy importantes contribuciones e innovaciones que por sólo mencionar al menos dos grandes instituciones educativas han aportado a México, sean la Universidad Autónoma de México, UNAM, y el Instituto Politécnico Nacional, IPN, del sector público, la línea del extenso continuum en materia de enseñanza, divulgación científica y tecnológica no se ha visto mayormente cambiada con respecto a la gran base de la población estudiantil. Lo que se constata fácilmente si echamos una ojeada de los años cuarenta del siglo pasado a la fecha. 77 años que han egresado generaciones escolarizadas, con evidentes rezagos de capacidades y destrezas ante el país y el mundo.

Nuestros rankings frente a los países de la OCDE son ya de por sí notorios y penosos. Y por ello mismo son capaces de remitirnos a visiones del mundo que tienen como punto de partida habilidades adquiridas por el conocimiento y tan fundamentales para la vida como ésta:

“Leer en voz alta, leer en silencio, guardar en la mente bibliotecas íntimas de palabras recordadas, son habilidades asombrosas que adquirimos mediante métodos inciertos. Antes de poder utilizarlas, el lector tiene que aprender la técnica elemental de reconocer los signos comunes que la sociedad ha escogido para comunicarse; en otras palabras, un lector tiene que aprender a leer. (…) Los métodos con los que aprendemos a leer no sólo encarnan las convenciones de nuestra sociedad particular en lo que respecta a la lectura y la escritura -la canalización de información, las jerarquías de conocimiento y de poder-, sino que también determinan y limitan las maneras en que utilizamos esa capacidad de leer” (Alberto Manguel. Aprender a leer. P. 81. Una historia de la lectura, traducción de Eduardo Hojman. Ed. Joaquín Mortiz 2005. Original A History of Reading, Argentina. 1996.).

De manera que el postulado del nuevo modelo educativo: “aprender a aprender” no está tan desencaminado. Se trata de re-encaminarnos por los senderos del verdadero aprendizaje, aquel que nos sitúa en la historia y es capaz de potenciar todas nuestras posibilidades vitales. Aquel aparente virtuosismo de la memorización a ultranza nos llevó a la vacuidad de contenidos auténticamente educativos, dígase de las tablas aritméticas, de las reglas de la gramática y la ortografía, de los nombres geográficos, de las fechas históricas, de las obras de la literatura y sus autores, de la música y de las Bellas Artes, o de los problemas de la física, la química y la matemática. Toda la apuesta era por la memorización de fórmulas y la resolución de casos mediante “ejemplos”, sin contexto, sin sentido referencial o crítico. Es decir, sin indagar los porqués y los cómos poder llegar a hacerlo, y convertirlo en conocimiento y destreza propia.

El simple esquema del método científico que cité en mi anterior entrega, abraza esta filosofía del descubrimiento gnoseológico, del que se hace vocero Aurelio Nuño Mayer, secretario de Educación Pública Federal (SEP), cuando dice: “En México estamos por culminar el nuevo modelo educativo para que las niñas y niños aprendan a discernir, razonar y dejen de ser personas que sólo acumulan conocimiento o lo memorizan sin hacer uso de la información” (Nota mía: LJA. Y, sí, la reforma va. 18/03/2017).

Los pasos perdidos que ahora tenemos que reencontrar en nuestro devenir educativo pasan por ese diagrama de los cuadrantes: los cortes que observamos en la carátula de un reloj, y siguiendo el movimiento de sus manecillas: 1er. Cuadrante (03:15 h) La Observación/Idea; 2º Cuadrante, (03:30 h) Hipótesis/experimentación. 3er. Cuadrante (03:45) Falsación/ evaluación. 4º Cuadrante (04:00 h) Aplicación/ Innovación. El mismo autor citado, Alberto Manguel lo dice con gran concisión y fuerza: “Y sin embargo, en todos los casos, es el lector quien interpreta el significado, es el lector quien atribuye (o reconoce) en un objeto, un lugar o un acontecimiento cierta posible legibilidad; es el lector quien debe adjudicar sentido a un sistema de signos para luego descifrarlo. Todos nos leemos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea para poder vislumbrar qué somos y dónde estamos. No podemos hacer otra cosa que leer. Leer, casi tanto como respirar, es nuestra función primordial” (Una historia de la lectura, traducción de Eduardo Hojman. Ed. Joaquín Mortiz 2005. Original A History of Reading, 1996. Argentina. La última página. P. 21).

Habría entonces que romper ese continuum monótono, unicorde, univalente de la educación al uso, que por cierto denunció y desmontó un gran y lúcido investigador vienés Ivan Ilich –que radicó en la ciudad de Cuernavaca, Morelos- en los años sesenta y setenta, y produjo su memorable obra: “La Sociedad Desescolarizada” (1971. Deschooling Society). Escuchemos una filosa recensión de su obra: La escuela, esa vieja y gorda vaca sagrada: en América Latina abre un abismo de clases y prepara una élite y con ella el fascismo. (CIDOC, 1968) inicia la serie de trabajos en el ámbito de la educación. En él Illich formula una violenta crítica a la escuela pública por su centralización, su burocracia interna, su rigidez y, sobre todo, por las desigualdades que encubre. Más tarde, estas ideas iniciales serán elaboradas con mayor profundidad y publicadas en el libro titulado En América Latina, ¿para qué sirve la escuela? (1973). (Fuente: M. Gajardo, 10/12/2010. https://goo.gl/iD22AK ).

El efecto que se busca, de nueva cuenta es orientado a la vida, no a la escuela. Así lo dice el adagio latino: Non scholae, sed vitae discimus/ No para la escuela, sino para la vida aprendemos. Y, por tanto, el punto relativo al establecimiento de jerarquías de conocimiento y de poder, a causa del saber leer, es crucial para comprender que nuestras sociedades contemporáneas, provenientes de mil y un ensayos de esquemas societales del pasado remoto y mediato, tiene fundamento en la capacidad de los ciudadanos para interpretar y asimilar el peso, el sentido y el significado que tiene un pronunciamiento político -del gobierno bajo el cual está sujeto- sobre su vida cotidiana, sus intereses patrimoniales, de familia o profesionales, e incluso más importante aún del impacto sobre los propios derechos humanos de los que somos titulares originarios e inalienables.

No atinar a entenderlo así, deviene en abusos y extralimitaciones del poder en turno y, por tanto, en la alienación que inicia por nuestra conciencia y concluye con nuestro bienestar o calidad de vida a los que tenemos irrenunciable derecho. En suma, aprender a leer es vital para estar informados, pero es de sobrevivencia para tener la capacidad de reivindicar el sitio y los bienes o satisfactores, naturales y económicos, a los que tenemos derecho simplemente como seres humanos que vivimos en sociedad.

Es, por consiguiente, de capital importancia que aprendamos a aprender la nueva línea del conocimiento y psico-pedagógica que nos habrá de aportar el nuevo modelo educativo para México. No es cuestión de dogma, ni de fe, ni de imposición de una política pública educativa; es simple y cabal convencimiento de que debemos soltar las amarras de un buque varado ya en los arrecifes de nuestros litorales educativos, para salir a la mar de una nueva ventura, un verdadero proyecto de “joint venture”, en que podemos embarcarnos la sociedad y el gobierno. No por imposición o alienación pedagógica, sino por convencimiento inteligente y científico. Permitamos que corra el flujo del cambio, al modo de Protágoras, “de tal modo que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río: no sólo porque el agua que fluye es ahora distinta a la de antes, sino porque también nosotros mismos hemos cambiado”. Por esta mutación pasa nuestra refundación educativa.

 

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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