Opinión

La diversidad natural de la familia / Disenso

Estoy convencido de que todas las personas tenemos derecho a externar lo que pensamos. Que acallar opiniones nunca es el mejor camino. También que la ironía y el sarcasmo son la forma menos viable de generar acuerdos ideológicos como solución para un conflicto de creencias. Incluso que muchas cuestiones de índole moral, sobre todo después de discutirlo con mi amigo el filósofo Mario Gensollen, pueden estar sujetas a la discusión pública, debido a que no tenemos una última palabra sobre estos temas en específico. Sin embargo, también estoy convencido que el principio de consistencia es una herramienta lógica que debe ponderar en nuestra discusión. Es por ello que la lucha a favor de lo que se llama “familia natural” me resulta incomprensible. Ya no digamos la extrañeza que genera el que un grupo de personas luchen por tratar de impedir que otro grupo tenga sus mismos derechos con base en una cuestión de índole privada.

La duda que me asalta y que sigue sin responderse es el uso del término “natural”. En esta discusión en específico debemos entender que no hay ningún motivo porque podamos llamar natural a un tipo de familia haciendo parecer que eso significa algo ontológicamente distinto a cualquier otra cosa. La defensa del monismo que he mantenido los últimos años implica llevar hasta sus últimas consecuencias (pero sin romper nunca consistencia lógica) el término natural. Hay una continuidad biológica entre las casas que habitamos y los panales que hacen las abejas. Evidentemente hay una serie de cuestiones finas derivadas de nuestro pensamiento de segundo orden: una característica absolutamente natural que tenemos los seres humanos), de la misma forma que hay una característica natural en algunos animales para disminuir su metabolismo y vivir congelados, en estado de suspensión, bajo ciertas características. Decir que algo no es “natural” es no decir nada. Tiene alguna función semántica, pero no va más allá de eso. Nos sirve lo mismo que entender que la noción de mano y la noción de cuerpo no son las mismas, pero evidentemente ambas comparten naturaleza.

A lo largo de la historia hemos visto increíbles variantes sobre la organización familiar. Hubo momentos en los que incluso la noción de exclusividad sexual no era importante. Era una estrategia de supervivencia (condición natural) que reportaba mejores resultados. Luego vinieron organizaciones varias entre las que podemos pensar en tribus, clanes, hordas, familias poligámicas, familias nucleares y extendidas. Muchas de estas formas (como muchos de nuestros comportamientos) están presentes en la vida de los animales no-humanos. Desde grupos familiares y extendidos (como en los perros de pradera), hasta grupos de muchas hembras (como en otros homínidos), pasando por grupos donde la crianza y las familias se establecen prioritariamente alrededor de las hembras (como los osos polares), o grupos casi estrictamente monogámicos (como los pingüinos).

De la noción de “natural” no se puede sacar mucho en limpio, considerando que muchos comportamientos censurados por los grupos que se abanderan con el epíteto, como la homosexualidad, representan también una forma de comportamiento natural documentado ampliamente a lo largo de la historia humana y en múltiples especies de animales no-humanos. La naturalización de nuestro comportamiento es una herramienta que lleva poco más de un siglo haciéndose de manera estricta y con exhaustivas pruebas. Desde que Darwin comenzó sus observaciones sobre la relación que guardamos los seres humanos con todas las demás especies, confirmado esto con la teoría de la herencia de Mendel, pasando por las teorías de selección especial, grupal y genética, hemos entendido, a lo largo de 150 años, que todos los comportamientos son, por definición, naturales. Incluida, por supuesto, la cultura en extenso.

Un alivio meramente conceptual que podrían tener quienes aborrecen los comportamientos que no reportan las formas que su concepto de “natural” implica, es que son comportamientos contra-selectivos. No hay posibilidad de que la raza se extinga. Por supuesto que algunos grupos religiosos que engrosan este tipo de movimientos encuentran en su práctica también comportamientos contra-selectivos: como el sacerdocio.

El año escribí una columna en la que hacía un llamado a entender lo complicado que es definir de alguna manera a “la familia natural”. Ponía la dificultad desde las propias creencias religiosas de la tradición judeocristiana, a partir de su Libro: ¿Adán y Eva, con hijo fraticida y descendencia incestuosa lo son? ¿Lo son Noé y Cam, padre e hijo, cuando hay pistas para interpretar un pasaje del libro como una violación de hijo a padre? ¿Lo son Abraham y Sarai cuando éste consumó relaciones sexuales y tuvo un hijo con Agar mientras estaba casado? ¿Lo son Lot y sus hijas cuando éstas lo emborracharon para sostener relaciones y quedar embarazadas? ¿Lo son Raquel y Jacobo, cuando siendo primos estuvieron casados, aunque éste fue engañado primero para desposar a su hermana, y cuando al fin estuvieron juntos Raquel ofreció a su sirvienta para sostener relaciones con su marido? ¿Lo es siquiera la familia de Jesús, quien es hijo putativo de José y producto de concepción espiritual de su madre? ¿Será que ese “vayan y reprodúzcanse por el mundo” del Génesis es la razón, aunque quienes esparzan la palabra desde el magisterio -en una grandísima ironía- no lo hagan?

No pretendo ser irónico ni provocador. Sólo poner a vistas lo complicado de una definición separatista de la familia. Por otro lado, creo que la pelea se gesta contra un fantasma inasible (¿qué es una familia no-natural?) desde otro fantasma inasible. Ni siquiera el prototipo de familia que defienden es tan extenso como se podría pensar. El Inegi ha reportado esta diversidad: Del total de hogares familiares en nuestro país, se distinguen aquellos integrados por la jefa(e), su cónyuge y los hijos (62.8%); le siguen los hogares constituidos por uno de los padres y sus hijos con 20.1%, de los cuales 85.7% se tratan de madres con hijos y el 14.3 de padre con hijos. Otros hogares corresponden a las parejas sin hijos (13.9%), ya sea porque los hijos salieron del hogar de origen o porque la pareja no ha tenido descendencia. Y finalmente los hogares de jefa(e) sin núcleo familiar, en donde están presentes la jefa(e) y otros parientes e incluso no parientes, pero no el cónyuge, ni los hijos de la jefa(e); estos representan apenas tres de cada cien. Dentro de los hogares nucleares son mayoría las jefas(es) y cónyuge con hijos (67.0%), mientras que 17.0% se componen de la jefa(e) con hijos sin cónyuge presente y 16.0% jefa(e) y cónyuge sin hijos. En contraste, 49.8% de los hogares extensos están compuestos por jefa(e) y cónyuge con hijos; 29.7% se conforman por la jefa(e) con hijos; 13.3% corresponde a hogares con jefe sin hijos ni cónyuge, y sólo 7.2% pertenece a parejas sin hijos.

No es sólo la biología y la lógica, es la realidad misma la que demuestra la complicación de definir una noción de familia paradigmática. Lo natural a lo largo de historia es que las familias sean diversas. Es probable que un epíteto más certero sea defender la familia tradicional. Quedaría, entonces, pendiente la tarea de discernir si la noción de tradición es algo que debe defenderse, bajo qué circunstancias.
/aguascalientesplural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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