Opinión

La edad de la ironía / Disenso

Vivimos tiempos de desacralización: entendemos que todo puede criticarse. Vivimos tiempos de viralización: todo puede volverse de dominio público. Vivimos tiempos de híper-información: hoy discutimos un tema, mañana será otro y todos se superponen como si compartieran semántica o importancia. Vivimos la edad de la ironía: incapaces de formas más sofisticadas de argumentar o intercambiar ideas, recurrimos a la ironía y el sarcasmo. Vivimos tiempos de polarización: escribimos para los que piensan como nosotros, leemos a los que piensan como nosotros; todo lo demás merece crítica, y desgraciadamente pocas veces dispuesta como diálogo; casi siempre, chance fácil: burla.

Lo que pasó con Tamara de Anda no es inédito. Es una forma más de miles de discusiones que solemos tener (sobre todo los hombres), acerca de cómo debe presentarse la agenda de las mujeres (es irrelevante si se llama feminismo o no) en favor de su comodidad y sus derechos. Que si es una exageración (o hasta discriminación, balbucean algunos) que tengan vagones “especiales” en el metro. Que si las cuotas de género en el sector público y privado es algo no tiene sentido. Que está muy mal que una mujer que busca un puesto político ensalce su condición femenina porque entonces esperan que voten por ella “sólo” por ser mujer. Que no entienden que decirles guapas es un halago y está muy lejos de ser violento. Que pronto lograrán que ya no podamos acercarnos por temor a que nos equivoquemos en las formas. Estoy convencido de que todo debe poderse criticar. Pero es sospechoso que critiquemos tanto la agenda en favor de los derechos de las mujeres y que seamos, además, mayoritariamente los hombres quienes lo hacemos.

El problema que se dibuja de perfil exacto con el asunto de Tamara es la manera en que “discutimos” (es un decir) públicamente. Convertimos una discusión que podría ser seria en un despropósito lleno de clichés, memes y mames, trivializando todo. Los procedimientos administrativos, la naturaleza y el espíritu de nuestras leyes, evidentemente el comportamiento del taxista, todo ha pasado a segundo término por buscar cómo criticar a quien no hizo sino hacer valer un procedimiento.

Hace unos años criticaron que se señalaran como palabras discriminadoras (también con falta administrativa de por medio) “maricón” y “puñal”, seguidos del intento de prohibición por gritar “puto” en los estadios de fútbol. Los chistes se hicieron presentes como era de esperarse. La trivialización del intento por dejar de usar esos términos, relacionados con la homosexualidad, como formas de agresión. Hace poco alguien me dijo que cuando le gritaban “puto” al portero, no querían decirle homosexual, sino “traidor” o “cobarde”. Le pregunté por qué no se usaban entonces esos términos y me dijo que no impactaban tanto porque no eran tan ofensivas: “No más preguntas, su señoría”.

El chiste siempre es argüir, así somos los mexicanos, que nada va a cambiar, que no es para tanto. Pasa lo mismo con el asunto de Tamara. Estos días han sido la oportunidad para una retahíla de clichés y burlas sobre que qué nos espera en el futuro si ya no le podemos decir a una mujer que está guapa. Pero nadie ha dicho eso. Lo que ha sido dicho es que no le podemos decir nada a nadie sin que eso implique la incomodidad de la invasión. Lo mismo que le podemos decir “pendejo” a un amigo pero no a alguien en la calle, porque el sentido cambia completamente.

La apología de las ofensas (para las cuales no es relevante lo que pensemos nosotros, sino quien lo siente como ofensa) habla más de nuestra incapacidad de buscar nuevas formas de relacionarnos. El “chiste” (es un decir) de que Tamara es exagerada habla más de nosotros que de ella. Un ejemplo claro es que la acusen de clasista porque dicen que no le molestó que un tal Covadonga le dijera “guapa” hace ¡siete años! Y luego concluyen que de seguro no le pareció mal porque quien se lo dijo era blanco y rico, y el taxista era pobre y moreno. Yo no he visto foto de ninguno de los dos. Esa conclusión habla más de nuestros propios prejuicios que de los de ella. No sabemos qué relación tenía con aquel, pero es seguro que con el taxista ninguna.

Dicen que debe tomarlo como un cumplido, y claro, la reacción es que “antes le dijeron algo”, que “ni se lo merecía”. Resulta que el taxista le hizo un favor y ella fue malagradecida. Como si alguien se metiera a una casa ajena a dejar flores o algo así. Hay que ser miopes para no ver una invasión a la intimidad. También se escuchan las voces de algunas mujeres que dicen que a ellas les chifla que les chiflen o les digan cosas. Como señala Estefanía Vela en un texto de proverbial inteligencia, ésa es justo la prueba de que gritar algo es intimidar, porque requerimos de saber si a la mujer en cuestión (particularísima) le gusta o no que lo hagamos. No queda ningún riesgo de acabar con las relaciones porque el halago y el cortejo siguen dispuestos para un ámbito de mayor privacidad o confianza. Hay mujeres que, con justa razón, han postergado o dicho que no ante una declaración de matrimonio pública: por supuesto, no es porque sientan que su pareja es un violador en potencia, sino porque han transgredido su privacidad.

El problema con los que defienden que “guapa” no es agresivo es que imaginan un sistema de contra-incentivos al acoso aún más abigarrado que el que critican. Resulta que habrá que hacer una lista de cosas que pueden o no ser ofensivas (generalizando, además): tal vez haya alguna que sostenga que le griten “qué culo” tampoco le ofenda, podría ser, sin embargo, pasaría por encima de muchas otras. Queda también un problema más allá de las palabras: qué pasa cuando no es una palabra, sino un sonido, un gruñido, un caminar detrás de ellas como “homenaje” a su belleza.

En un país donde las mujeres no se sintieran agredidas es posible que un hecho aislado como el grito de “guapa” pareciera cubierto de intrascendencia. En un país donde un grito así puede aplicar como sanción administrativa lo que queda claro no es qué tan “sensibles” son las mujeres, sino qué tan horrible es el clima que hemos construido.

El chiste fácil, la trivialización de un problema dan cuenta también de lo poco prestos al diálogo que estamos. Hace unos 6 años yo estaba defendiendo en redes “los piropos”, aunque jamás he dicho uno en la calle. Lo digo por si alguien lo recuerda o alguien lo encontrara, sepa que uno aprende cosas con los años, aunque parecen no creerlo. Los movimientos que pugnan por el respeto y una vida mejor para las mujeres me han enseñado argumentos contra los que me es imposible estar en contra. Ninguno de estos argumentos es un meme simplón. Debemos de empezar a tomarnos lo que las mujeres necesitan para sentirse seguras más en serio y discutir las formas más en serio. Luego de #MiPrimerAcoso no puedo imaginar cómo alguien no dimensiona la horrible realidad que hemos construido. No debe ser tan difícil entender que ni de manera bonita, ni de cualquier otra, las mujeres no están, en general, interesadas en nuestra opinión sobre cómo se ven si no las conocemos. El sarcasmo y la ironía no sólo demuestran, como señala mi amigo el filósofo Mario Gensollen, que somos pobres para dar argumentos, sino que impiden la construcción de un diálogo argumentativo. Algunos puntos importantísimos sobre los procedimientos legales, la manera en que se establezcan los castigos, nos los estamos perdiendo en una discusión absolutamente irrelevante. Es una pena que un momento de aprendizaje lo hayamos cubierto de estas formas ramplonas.
/Aguascalientesplural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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