Opinión

La fortuna y las virtudes / El peso de las razones

 

Pero nada de lo que han producido los pueblos de Europa vale lo que el primer poema conocido que haya aparecido en uno de ellos. Reconquistarán quizá el genio épico cuando sepan que no hay que creer nada al abrigo de la suerte, no admirar jamás la fuerza, no odiar a los enemigos ni despreciar a los desgraciados. Es dudoso que esto ocurra pronto.

Simone Weil, La Ilíada o el poema de la fuerza.

 

Imagina por un momento. Has ido a una fiesta en tu coche. Llegas. El ambiente es sosegado, pero te sientes cómoda. Encuentras a algunos de tus amigos. Charlas animadamente. Es bueno reencontrarte con algunos. Bebes una cerveza. Luego una segunda. No más. Tienes que manejar de regreso a tu casa. La fiesta parece avivarse, pero ya estás cansada. Piensas que es mejor ir a tu cama. Te despides y subes a tu coche. Las calles están despejadas. Subes un poco la velocidad, pero sin traspasar la norma. Al mismo tiempo un viejo regresa también a su casa. Ha sido un día pesado. Ha vendido pan todo el día y lleva todavía la canasta medio llena encima de su bicicleta. La calle no está bien iluminada. El viejo cruza. Todavía tiene algunos segundos para llegar a la orilla. A lo lejos ves la luz roja que te prohíbe el paso. No mucho más. Todo está oscuro. También ves que en la calle opuesta se ha puesto la luz amarilla. Pronto se pondrá el verde permitiéndote el paso. Así, no frenas. La oscuridad te hace pensar en un posible apagón en la colonia. Volteas tratando de averiguar si hay luz en las callejuelas perpendiculares. El viejo sí te ve. Se queda pasmado. Tu automóvil se dirige a 60 kilómetros por hora directo a él. Es cuestión de centésimas de segundo. Pones atención nuevamente en tu camino y lo ves. Tu reacción es veloz y logras girar el volante y evadirlo. No lo has tocado, pero él ha tirado un poco de pan en la acera. Escuchas algunos insultos a lo lejos mientras recobras el color y continuas tu viaje. Llegas a casa. Todavía el corazón no recupera su ritmo. Bebes un poco de agua y vas a la cama. Te ataca el insomnio. Una sola pregunta no te abandona: ¿qué habría sucedido si hubieses volteado una fracción de segundo después? ¿Qué sería de tu vida en este momento?

Lo sabían los griegos: la tyché, la fortuna, es ubicua en la vida humana. Las personas somos incapaces de tener control absoluto de nuestras acciones y sus consecuencias. Somos profundamente permeables. El robusto individuo es un mito moderno. El poema de Píndaro nos recuerda nuestra fragilidad fundamental: “Pero la excelencia humana/ crece como una vid/ nutrida del fresco rocío/ y alzada al húmedo cielo/ entre hombres sabios y justos./ Necesitamos cosas muy diversas de aquellos a quienes amamos/ sobre todo en el infortunio, aunque también el gozo/ busca unos ojos en los que confiar” (Nemea, VIII, 39-44). Para Martha Nussbaum el trasfondo es simple de enunciar: “la peculiar belleza de la excelencia humana reside justamente en su vulnerabilidad”.

¿Qué habría sucedido si esa fracción de segundo no hubiera estado de tu lado? ¿Qué habría sucedido si el viejo comienza a caminar un segundo antes o la velocidad de tu automóvil hubiese sido de 65 y no de 60 kilómetros por hora? ¿Qué hubiese pasado si la noche anterior hubieses dormido más tarde y hubieras estado más cansada en ese momento? ¿Qué habría sucedido si hubieses estado emocionalmente turbada por haber encontrado a tu exnovio en la fiesta? Piensa en todas las cosas que no dependen de ti y que pudieron haber jugado en tu contra en esa noche. La fortuna determina de maneras incontables la vida de todos los seres humanos. He ahí, en efecto, la belleza y la tragedia de la vulnerabilidad humana.

Por desgracia, hemos construido edificios falsos para evadir el conocimiento de nuestra naturaleza. Para el sólido individuo moderno existe culpa y elogio como dos monolitos maniqueos. O eres o no eres responsable. O eres culpable o eres inocente. O mereces un elogio o mereces un castigo. Sin embargo, esta manera de juzgar es injusta con la naturaleza misma de nuestras acciones. No tenemos control absoluto de nuestros estados mentales así como de los corporales. Qué hemos comido, cuánto hemos dormido, si hemos o no hecho ejercicio, habernos encontrado con una persona que apreciamos o que despreciamos, tener un problema que nos acosa o una tranquilidad reconfortante…, todo ello tiene repercusiones insospechadas en nuestras acciones y en sus consecuencias. También debería tenerlas en cómo somos juzgados. Un retorno a los griegos se está dado en nuestra comprensión misma de la responsabilidad moral: al día de hoy uno de los temas que más se debate en filosofía moral es el de la atenuación de la responsabilidad. Sabemos que no es lo mismo asesinar a alguien a sangre fría con un plan de por medio, que atropellar a una persona por un descuido y que ésta muera. No obstante, nos comenzamos a percatar que más que blancos y negros y alguno que otro gris, la forma de juzgar las acciones humanas debería ser fiel a un riquísimo cromatismo de intenciones y malas y buenas fortunas. Necesitamos un marco conceptual y teórico que sea justo con la vulnerabilidad y permeabilidad del ser humano.

Los griegos, conscientes como nadie de nuestra fragilidad, diseñaron una forma de reflexionar moralmente que ponía en el centro a la virtud (areté). Las virtudes cumplían sólo una función fundamental: hacer que los seres humanos pudiéramos salir avantes ante los embates de la fortuna. La areté es el contrapeso a la tyché. Y la tyché, a falta de areté, somete a mujeres y hombres a la fuerza. Ése es el tema fundamental de la única epopeya occidental -la Ilíada– según Simone Weil: “Sea como fuere, este poema es algo milagroso. La amargura se posa sobre la única causa justa de amargura, la subordinación del alma humana a la fuerza, es decir, al fin de cuentas, a la materia. Esta subordinación es igual para todos los mortales, aunque el alma la lleva diferentemente según el grado de virtud. Nadie en La Ilíada se substrae a ella, como nadie se substrae en la tierra. Ninguno de los que sucumben es despreciado por eso. Todo lo que, en el interior del alma y en las relaciones humanas, escapa al imperio de la fuerza, es amado, pero amado dolorosamente por el peligro de destrucción continuamente suspendido. Tal es el espíritu de la única epopeya verdadera que posee Occidente”. ¡Cuánta falta nos hace una nueva Ilíada!

 

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Mario Gensollen

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