Opinión

El quemadero público / El peso de las razones

No me interesa discutir en esta ocasión ningún contenido específico y ningún argumento particular detrás de alguna ideología. Tampoco es mi objetivo entrar a debates agrios sobre esta o aquella posición teórica o práctica. Por lo mismo, evitaré referirme a las ideologías por su nombre y apellido. Ahora mismo me basta con considerar el método de discusión pública cuando se presenta desacuerdo.

Esta breve queja -porque eso es, una queja- quiere llamar la atención sobre la manera que tenemos de desacreditar una posición sin ofrecer argumentos, así como sobre el aluvión de insultos que suelen lanzarse en contra de una persona que disiente sobre cualquier punto de un núcleo más o menos homogéneo de dogmas defendidos por un grupo.

Tanto Nicolás Alvarado (en su artículo publicado el 30 de agosto del año pasado en Milenio), Valeria Luiselli (en su artículo publicado el 12 de febrero de este año en El País), como Christopher Domínguez Michael (en su artículo publicado el 3 de marzo de este año en El Universal) han sido blancos de ataques emocionalmente turbados y de linchamientos encolerizados en las redes sociales. De Nicolás, poco hay que decir. La quema lo llevó a dejar su trabajo en la UNAM. Su artículo sólo hacía una autocrítica graciosa y un poco efectista de su propio esnobismo: no gustarle cierto tipo de música y usar una que otra palabra condenada por el Index de lo políticamente correcto le valieron torturas medievales. A Valeria le lanzaron un torrente de argumentos ad hominem: ser ‘bonita’, hija de un diplomático, vivir en Nueva York bastaron para quitarle el derecho a la palabra. Con Christopher fue más enérgica la crítica por parte del gremio de narradoras y narradores que éste ha excluido del canon de sus gustos literarios. Su artículo -el más brillante de los tres- es una colección de finezas, referencias y análisis histórico-conceptuales. Al igual que el artículo de Valeria, condena la falta de autocrítica y pensamiento profundo de una ideología particular. Mientras Valeria condena las cartulinas cuando éstas se ponen por encima de las ideas, Christopher condena el quemadero público cuando éste atenta contra la libertad.

¿Por qué someter el disenso sesudo a la quema pública? Para algunas y algunos, ciertos temas están excluidos del posible debate público. Al igual que el plural y elegante obispo ultra Chemita de la Torre con respecto al aborto, para los portadores de las antorchas twitteras sobre ciertas cosas “no se discute”. ¿Qué es lo que excluye a ciertas ideas del debate público? Un buen amigo me dio una pista: hay prioridades en la agenda. No obstante, disiento. Si el debate público sólo permitiera la discusión sobre los temas importantes, el discurso público sería monótono y excluyente, pues ¿quién decide cuáles son los temas relevantes? Para conocer nuestras prioridades -¡oh sorpresa!- se requiere debatir públicamente.

Así, contra la hoguera social, habría que defender a ultranza que todo es debatible. Habría que defender al falibilismo: sobre cualquier cosa podemos estar equivocados. Habría que defender al disenso: siempre es posible estar en desacuerdo. Cualquier ideología que excluya del debate algún punto incómodo es conservadora. Cualquier ideología puede ser cuestionada por sus cerrojos a la crítica. Es penoso que muchas posiciones bien intencionadas, algunas necesarias y otras urgentes, se pasen al carril derecho: ese carril donde se condena a las llamas a los críticos, donde se les censura, donde se les violenta. Las cadenas pueden ser de acero o simples tapabocas. El peor error que cometen es teórico: sólo es posible progresar cuando existe autodistanciamiento. Y éste sólo se consigue debatiendo con aquellos que están en desacuerdo. El mejor socio que tenemos de nuestras posiciones siempre será nuestro mayor crítico. Huir al disenso es huir a la verdad o al acuerdo. Condenar el desacuerdo es una pendiente resbaladiza hacia el dogma.

Tenemos que aceptar nuestra condición. Algunas de las ideologías históricamente más progresistas ahora han cambiado su lugar y sus colores: están en la derecha dogmática y conservadora, al menos en su metodología. Censuran, aplastan, agreden, insultan. Pueden defender lo más valioso, pero lo hacen con la espada. Lamento si ofendo a algún atolondrado revolucionario: la libertad ya no debe buscarse con la daga. Nuestras mejores armas siempre deben ser los argumentos; el campo de batalla, el debate público.

 

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Mario Gensollen

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