Opinión

Anhelos de nobleza / 4 / Análisis de lo cotidiano

Dinastía es la transmisión del poder para gobernar a un pueblo. Lo habitual es que sea por cesión familiar, de padres a hijos, pero puede ser también a hermanos, nietos, sobrinos o incluso a parientes adoptados. Incluso puede hacerse al cónyuge o a una persona que no tenga ningún parentesco, pero que sea impuesta por el gobernante que está dejando el poder. Los faraones iniciaron el sistema y desde entonces a la fecha seguimos repitiendo el esquema. Monarquías efectivas existen muy pocas y prácticamente ninguna gobierna realmente. La más antigua es la Reina Isabel II de Inglaterra que tiene 61 años en el puesto, aún cuando quien dirige al Reino Unido es la primera ministra Theresa May. Lo mismo ocurre con España donde el actual Rey Felipe VI, es la figura decorativa en un país conducido por el presidente Mariano Rajoy. Persisten con más glamour y frivolidad que efectiva función de mandatario, los reinados y principados de Holanda, Dinamarca, Suecia, Mónaco, con monarcas de opereta, aunque eso sí con vidas lujosísimas. El actual emperador de Japón, Hirohito es el número 125 en la lista de la dinastía Yamato. Actualmente vive como rey, a todo lujo con un gasto enorme y prácticamente sin hacer nada. El que manda es el primer ministro.  La situación se repite hasta el infinito, una prolongada lista de monarcas con hijos y una amplia parentela que subsiste haciendo una labor decorativa con un elevado costo y vida suntuosa con joyas, coronas, autos, vacaciones en sitios elite, vestuarios excesivos, estudios en universidades costosas, amantes y amistades entre los círculos de alta sociedad. ¿Por qué razón sus pueblos siguen pagando tanto dinero para sostenerlos en una jerarquía falsa? No para ahí la cosa, los países que no tienen monarcas elevan al poder a presidentes, ministros o comandantes que sin tener la sangre azul, de cualquier manera se rodean de la misma imagen, propiedades, dinero, joyas, autos, viajes, consumo de alimentos y bebidas carísimas que nunca acostumbraron en su vida plebeya y otros lujos que nunca formaron parte de su estilo tales como yates y aviones particulares que utilizan mínimamente. El actual primer ministro de Norcorea Kim Jong-un es hijo y nieto de mandatarios y todos han vivido en la opulencia. La dinastía se ve en todos lados, el presidente de Argentina Juan Domingo Perón llevó al poder a sus dos esposas, primero Evita y luego Isabelita. Otro argentino Néstor Kirchner dejó como presidente a su esposa Cristina y en magníficos puestos a su hermana y su hijo. Estados Unidos tiene a dos Bush, padre e hijo como presidentes, a un presidente Clinton y a su esposa como candidata. Hugo Chávez no tuvo hijos pero heredó el gobierno a su guardaespaldas. Fidel Castro colocó a su hermano. O sea que la fascinación por el linaje dinástico no termina, aún cuando la historia nos demuestra que suele ser funesto. Son muy contadas las ocasiones en las cuales los herederos han sido buenos o mejores que los padres que les heredaron el mando. En la gran mayoría de los casos, los sucesores suelen dar un espectáculo lastimoso. Pero muy bien pagados. México no se puede quedar atrás. Después de los emperadores aztecas sufrimos el reinado y virreinato de España, hasta que nos independizamos. Hubo un par de intentos por recuperar la monarquía, por Iturbide y Santana, que no prosperaron. Pero los gobiernos democráticos se han encargado de regresarnos a la realidad, nos encantan la monarquía y la dinastía. Lázaro Cárdenas, su hijo Cuauhtémoc y su nieto Lázaro ya fueron gobernantes. La gobernadora de Sonora, Claudia Pavlovich es hija de una ex senadora y ex presidente municipal. Han gobernado los hermanos Moreira en Coahuila y los hermanos Torres en Tamaulipas. El actual candidato a gobernador del Estado de México, Del Mazo es nieto de un exgobernador. Y tenemos que detener la lista porque es interminable. El problema no está en los nuevos monarcas ¿A quien le dan poder y vida lujosa que lo rechace? El verdadero conflicto está en nosotros los humildes siervos que los elevamos al poder, los sostenemos y cuando se van los perdonamos. No se trata de justificarnos diciendo que somos culpables, que somos irresponsables o tontos. La verdadera razón es el complejo de irresponsabilidad, la incapacidad para aceptar que queremos que otros decidan por nosotros. Estamos dispuestos a pagar con riqueza, sometimiento, veneración y sufrimiento, nuestra falta de habilidad para hacernos responsables de nuestra vida y decisiones. Que lo haga el rey, no importa lo que nos cueste.
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Héctor Grijalva

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