Opinión

Anhelos de nobleza/3 / Análisis de lo cotidiano

Para que un rey sea reconocido necesita al menos dos requisitos indispensables, primero ejercer poder y el segundo imponer una imagen. Tanto el poder como la imagen se pueden perder y entonces sólo queda utilizar uno de tales conceptos, incluso llevándolos al extremo. Los ejemplos son muy claros, un presidente de una República u otra forma de gobierno democrático no tiene la imagen de un rey. Es decir, no usa corona, ni uniformes vistosos, ni capas con pieles de armiño ni joyas. Entonces puede aumentar considerablemente su poder y convertirse en dictador. Aunque a decir verdad la imagen también se sigue ejerciendo, con un gran grupo de guardaespaldas, autos blindados y muchos otros aparejos. Por el contrario, cuando un rey pierde el poder, lo único que le queda es la imagen. Ejemplo de esto han sido los reyes de corta duración de muchos países africanos y del medio oriente que se visten ostentosamente aún cuando sus naciones vivan en la miseria. Una muestra patética de esto fueron Francois “Papa Doc” Duvalier y su hijo “Jean Claude Bay Doc” Duvalier, ambos presidentes de Haití que se vestían como militares, con gran cantidad de medallas y condecoraciones de metales valiosos, pero sin valor real y llevaron a su pequeño país a ser durante décadas el estado más miserable de todo el planeta. Pero acá entre nos, la situación sigue igual. Como en México no tenemos reyes, nuestro pueblo no se resigna a ser plebeyo y ha inventado una serie de juegos sociales para seguir manifestando sus anhelos de nobleza. Tomemos por caso las fiestas de XV Años (escritas así con números romanos para que parezcan más reales) que imitan aquellos bailes de castillo de la época medieval cuando los señores feudales exhibían a sus hijas en edad casadera. Hacían un baile y se invitaba a todos lo jóvenes de clase noble, para que echaran un vistazo a la chica y de ahí saliera algún pretendiente. Claro que el asunto no lo arreglaban los muchachos, sino sus padres, quienes antes que todo veían la conveniencia de unir sus fortunas y haciendas. La Cenicienta es un cuento de hadas, porque eso nunca pudo haber sucedido. Pero ahora las cenicientas mexicanas reviven su propio cuento fantástico con su fiesta. Se visten como princesas, con damas de honor y chambelanes que en el colmo de la cursilería en ocasiones se visten como cadetes, para darle todavía un tono más monárquico. Bailan un vals con el papá, quien se la pasa a su príncipe, en un burdo remedo del festejo medieval. No para ahí la cosa, las bodas las hacemos como se hacían en la Europa cortesana. Y por cierto, actualmente en el Viejo Continente ya no se hacen así. Con ceremonias fastuosas, la novia vestida como reina, acompañada (otra vez) de una corte de damas de honor, precedida por niños vestidos como pajes del Siglo XV, en una iglesia engalanada, tal como se hacía en la Edad Media y por supuesto acompañada por alguna de las Marchas Nupciales ya sea la de Félix Mendelssohn (1842) que fue compuesta para la boda del Rey de los Duendes con la Reina de las Hadas en el ballet “Sueño de una Noche de Verano” o por la de Richard Wagner (1848) compuesta para su ópera Lohengrin, cuando éste se casa con Elsa. Todos los juegos inherentes como lanzar el ramo a las damas, partir un pastel y recibir regalos son costumbres medievales, con claras connotaciones sexuales. Nada hemos inventado. El anhelo de nobleza puede ser poderosamente patológico porque familias muy pobres son capaces de venderlo todo o endeudarse por años, con tal de que la hija tenga su boda “como debe ser” con toda la parafernalia de la añorada monarquía. Este enorme gasto lleva implícito el concepto de dote, que era la compensación económica que daba el padre de la novia, al consuegro, cuando su fortuna era menor. También existía en la dirección contraria, si era la novia la acaudalada, el novio pobre tenía que pagar para tener derecho a su mano. Lo dicho, ya no tenemos monarquía, pero la imagen se sigue conservando.
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Héctor Grijalva

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