Opinión

Creemos saber muchas cosas (1) / El peso de las razones

 

Aspiramos a que las decisiones que se toman sobre los asuntos públicos en nuestras democracias se tomen a partir del mejor conocimiento disponible. Aspiramos a combatir el cambio climático, si es que éste es verdad un problema público causado por los seres humanos. Aspiramos a terminar con la pobreza, si es que ésta en verdad es una de las consecuencias de la creciente desigualdad económica. Pero nuestras propias aspiraciones dependen de lo que creemos y creemos saber. Pero ¿qué es creer algo?, ¿qué es saberlo?, ¿qué es creer que lo sabemos? El fin de semana pasado, en varios puntos del globo, se realizaron marchas a favor de la ciencia y el conocimiento. Pero, ¿acaso tenemos claridad de por qué la ciencia y el conocimiento importan? Quizá no pueda dar respuesta a esta pregunta en una sola columna. Por lo mismo, esta primera es el inicio de un breve ensayo por entregas. Su objetivo es tan simple como inagotable: tener acaso un poco de mayor claridad conceptual. Pues ésta -qué otra cosa podría cumplir con la tarea-, al final del día, contribuirá ya a cumplir, ya a sepultar nuestras aspiraciones.  

“Creemos saber muchas cosas”. ¡Vaya frase! ¿Entendemos bien a bien lo que expresa? El significado de los términos que la componen es polémico. Tanto los conceptos de “creencia” y “saber”, como los objetos de nuestras creencias y saberes -esas cosas a las que se refiere la frase- han dado lugar a innumerables debates. Pero sobre la frase inicial, detengámonos en ella lo que haga falta.

Creemos. Tenemos creencias. ¿Qué es creer algo? Podemos especular sobre la localización cerebral de nuestras creencias. Podemos discutir si acaso se localizan en el encéfalo. Podemos, incluso, enlistarlas: ahora mismo, “creo que escribo este texto”, “creo que estoy en la ciudad de Aguascalientes”, “creo que la Ciudad de México es la capital de México”, “creo que mi madre se llama Inés”, “creo que soy investigador en la universidad pública del estado”, “creo que estoy sentando en una silla”, “creo que la silla en la que estoy sentado es negra”, “creo que…”. ¿Acaso no nuestras creencias son innumerables? ¿Acaso no tratar de enlistar todas y cada una de ellas es un despropósito? Piensa en una inmensa biblioteca: piensa que cada uno de sus miles de tomos contiene sólo, renglón por renglón, cada una de tus creencias. Aun así, es poco probable que una biblioteca pudiera contenerlas todas por escrito. Mientras lees esto: ¿crees que lo lees?, ¿crees que lo que lees está escrito en castellano?, ¿crees que el castellano es una lengua?, ¿crees que es una lengua romance?, ¿crees que una lengua, entre otras cosas, es un sistema de comunicación verbal y casi siempre escrito, propio de una comunidad humana? Regresemos: “creo que escribo este texto”, “creo que acabo de escribir”, “creo que escribo este texto”, “creo que acabo de volver a escribir…”. Enlistar nuestras creencias: tarea imposible. Creemos cosas incontables. Por lo mismo, considerar a nuestras creencias sobre todo como formulaciones verbales quizá no nos lleve a buen puerto. Aunque, y a eso habrá que regresar en algún momento, es posible formularlas verbalmente. Y esto no es algo que debamos desestimar.

Otra pista, esperemos que no falsa: nuestras creencias, en parte, dan cuenta de nuestras acciones. Actuamos, entre otras cosas, a partir de lo que creemos. Si creo que el cambio climático no es causado por la actividad humana, poco me importará hacer algo para combatirlo. Si creo que el diagnóstico que me ha dado el médico es acertado, probablemente seguiré sus indicaciones terapéuticas. Casos mucho más ordinarios: dado que creo que Fulano tiene buenos gustos cinematográficos, si Fulano me recomienda una película, es muy probable que vaya a verla; si Zutano me comenta que el restaurante de moda tiene muy mal servicio, no me gusta recibir un mal servicio y no tengo razones para creer que me miente, es poco probable que vaya a dicho establecimiento. Casos trágicos: Otelo carecía de razones para descreer de las intrigas de Yago, y carecía de razones definitivas para creer en la fidelidad de Desdémona; el final, como en todas las tragedias de Shakespeare, es un baño de sangre.

Pero no, las creencias no determinan las acciones. Entre otras cosas, nuestros deseos, expectativas y emociones, nuestras pasiones y apetitos, juegan un papel igual o más importante que las creencias para dar cuenta de por qué actuamos de una u otra manera. Las creencias, otra pista, caen bajo el imperio de la razón. ¿Acaso no es imposible creer algo que sabemos falso? Otra pista más: hay una estrecha relación entre las creencias y la verdad. ¿Podemos creer algo que no sospechemos al menos que es verdad? Sobre este punto habrá que volver con detenimiento.

Si nuestras creencias no determinan nuestras acciones, ¿podemos desoír el mandato de la razón y la verdad cuando actuamos? Quizá no exista otra experiencia más desalentadora y común. Piensa en el incontinente: sabe, o al menos cree saber, que tiene diabetes; ve el pastel de quince chocolates, adornado con mermelada de frutos rojos, y lo zampa completo en una sentada. Seguramente habrá que visitarlo en el hospital, si es que libra el síndrome diabético. Pero el acrático -como lo llamaron los griegos al que no se contiene- no sólo pone los apetitos por encima de sus creencias: en él se libra una batalla temporal. Debemos al viejo Platón la imagen: piensa en una casa vista a lo lejos. A doscientos metros se ve pequeña. Un vistazo basta para abarcar sus contornos y dimensiones. Mientras nos vamos acercando la mirada empieza a no ser suficiente. Al final del camino nos espera una mansión con cientos de dormitorios, jardines y estancias. Cuando actuamos sucede muchas veces algo similar: la creencia no determina nuestras acciones porque nos falla la perspectiva temporal. El diabético ve muy de cerca el placer del azucarado pastel y ve lejana su incuestionable visita al hospital.

Hasta ahora sólo tenemos algunas pistas: nuestras creencias pueden ser formuladas verbalmente, aunque no sean sólo formulaciones verbales; existe un vínculo importante entre nuestras creencias y nuestras acciones, aunque las primeras no determinen a las segundas; existe una relación importante entre nuestras creencias y la verdad. Hasta ahora sabemos que creemos cosas, sin saber bien a bien qué es creer ni de qué naturaleza son esas cosas que creemos. Mucho menos tenemos claro qué es saber algo a diferencia de creerlo. Lo que sí sabemos es que creemos saber muchas cosas, aunque no sepamos todavía qué significa todo eso. Sabemos, o creemos saber, qué creer y saber cosas es importante. Y que las cosas que sabemos deberían contar, y quizá contar como ninguna otra cosa, al momento de decidir cómo debemos actuar. Para entender esto, me temo, aún necesitamos mucha mayor claridad.

 

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Mario Gensollen

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