Opinión

Diario de un naturalista / El peso de las razones

Aunque he disfrutado de relaciones amorosas y amistades y carezco de auténticos enemigos, no puedo decir (ni tampoco podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de carácter ponderado. Por el contrario, soy una persona de temperamento vehemente, de violentos entusiasmos y extrema inmoderación en todas sus pasiones.

Oliver Sacks, “De mi propia vida”

 

Además de un importante neurólogo, un relator clínico y un pteridólogo, Oliver Sacks fue un naturalista. Logro como pocas personas amalgamar dos intereses esenciales: la naturaleza y el ser humano. Después de ser diagnosticado de un extraño melanoma en el ojo en 2005, en 2015 el cáncer hacía metástasis y comenzaba a afectar el hígado. Con lucidez y ternura, Sacks escribió “De mi propia vida”, publicado en The New York Times, artículo en que nos confiaba su agradecimiento a la vida y su diagnóstico: le quedaban poco menos de seis meses.

En “Mi tabla periódica”, incluido en Gratitud (Anagrama, 2016) -publicación póstuma que reúne cuatro artículos donde afronta la vejez y la muerte- Sacks recapitula su propensión naturalista, un subterfugio contra la muerte: “Desde niño he tenido tendencia a afrontar la pérdida de un ser querido recurriendo a lo no humano. Cuando a los seis años me llevaron a un internado, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, los números se convirtieron en mis amigos; cuando regresé a Londres, a los diez años, los elementos de la tabla periódica pasaron a ser mis compañeros. En los momentos de adversidad he acudido, o regresado, a las ciencias físicas, un mundo en el que no hay vida, pero tampoco muerte”. Pero Sacks no renunció hasta pocos meses antes de su muerte a lo humano. Como neurólogo comprendió que el estudio de la enfermedad va ligado necesariamente al estudio de la identidad, lo que combinó con maestría en sus relatos clínicos, inscritos en la vieja tradición que va desde Hipócrates hasta Luria. La combinación de la objetividad y la subjetividad, en una justa medida, da origen a su singular prosa: una que no buscar salir del ser humano sino adentrarse en éste. En el prefacio a sus relatos de Un antropólogo en Marte (Anagrama, 1997) da cuenta de esta inusual y necesaria alquimia: “Con esto en mente, me he quitado la bata blanca, he abandonado los hospitales donde he pasado los últimos veinticinco años y me he dedicado a investigar las vidas de mis pacientes tal como son en el mundo real, sintiéndome en parte como un naturalista que estudia extrañas formas de vida; en parte como un antropólogo que realiza un trabajo de campo, aunque casi siempre como un médico, un médico que visita a domicilio, unos domicilios que están en los límites de la experiencia humana”.

Este año Anagrama -la casa editorial de Sacks en castellano- ha recuperado y traducido su Diario de Oaxaca. En éste, Sacks nos relata el viaje de diez días a México que realizó a inicios de 2000 con miembros de la American Fern Society (un variopinto conglomerado de amantes de los helechos). Inspirado igualmente por Wallace, Bates, Spruce, Humboldt y Darwin, Sacks emprende una aventura con aficionados, autodidactas, mujeres y hombres curiosos y no pertenecientes a ninguna institución académica, lejos de las rivalidades de la profesionalización. Pero en Diario de Oaxaca Sacks se deslinda un poco del resto, su viaje no es sólo el del aficionado a los helechos (“Los helechos me encantaban por sus volutas, sus frondes circinados, su calidad victoriana… Pero, sobre todo, me maravillaban por su origen tan antiguo… Los helechos habían sobrevivido, con escasos cambios, durante trescientos millones de años”), sino el del escritor: “Como siempre se produce esta duplicidad, la del participante que, al mismo tiempo, es observador, como si fuese una especie de antropólogo de la vida, de la vida terrestre, de la especie Homo Sapiens… Pero ¿no podría decirse lo mismo de todos los escritores?” Para Sacks el escritor siempre es juez y parte, observador y observado, ajeno y presente, sujeto y objeto, espectador y protagonista: parte del mundo en el que vive y observador ajeno y objetivo de ese mismo mundo. Para Sacks la curiosidad del naturalista es la esencia misma de la escritura.

En Diario de Oaxaca, Sacks se detiene lo mismo en las diferencias culturales que se viven en los aviones norteamericanos y mexicanos, en una interesante charla sobre la historia del tabaco, en la magnificencia de Santo Domingo y el árbol del Tule, en las leyendas en torno al cacao, en el maravilloso y plural mercado de Oaxaca (“Este mercado es tan espléndido y variado que, a regañadientes, me guardo el cuaderno de notas. Necesitaría más talento y energía de los que tengo para poder hacer justicia a las escenas fantasmagóricas que veo aquí”), como en la rememoración de episodios paralelos que vivió Bernal Díaz del Castillo en el mercado de Tenochtitlán y narró en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Pero su veta naturalista y su gusto por los helechos nunca lo abandonan: “Por mi parte…, prefiero el mundo verde y sin aroma de los helechos, un mundo verde antiguo, el mundo tal como era antes de que aparecieran las flores. Un mundo, además, de un encantador recato, en el que los órganos reproductores, estambres y pistilos, no están aparatosamente expuestos, sino ocultos, con cierta delicadeza, en la parte inferior de los frondes”. La tradición de Sacks es la de Adán en el Génesis, la del naturalista entusiasmado, lírico, en la que el mundo siempre será el jardín del Edén, y él nunca vacilará en sucumbir ante su necesidad de identificar, clasificar, organizar: nombrar.

El de Sacks es un naturalismo extendido: ¿acaso sólo podemos observar con ojos curiosos, tan neutrales como parciales, el mundo no humano? Para Sacks es tan extraordinario el mundo de las plantas, como el de los animales, humanos y no humanos. Observa con la misma pasión y profundidad los helechos arborescentes, las aves, las ruinas de Monte Albán y la cultura oaxaqueña. El objetivo de su viaje es plural e intenso en cromatismos: “La finalidad de este viaje rebasa con mucho la observación de helechos. Es una visita a una cultura y un país muy distintos a los nuestros. Y como aquí las cosas y las personas están tan saturadas de pasado, en un sentido profundo es una visita a otro tiempo”.

Leer a Sacks siempre será un placer. Y leerlo después de su muerte -me congratulo en corroborarlo- cumplirá al menos uno de sus dos deseos póstumos: “…tan sólo albergo la esperanza de perdurar en el recuerdo de los amigos y de que algunos de mis libros puedan seguir ‘hablando’ a la gente después de mi muerte”. Sacks, el gran naturalista, nos sigue y seguirá hablando.

 

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Mario Gensollen

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