ENTREVISTAS

El Mundo es un Libro y el Libro es un Mundo / Entrevista a Gonzalo Lizardo

Gonzalo Lizardo es un escritor inteligente, crítico, su charla es amena, ilustrativa, concienzuda y culta, alta y despiadadamente culta. Habla de las artes plásticas, el diseño gráfico, la investigación literaria y la literatura como quien habla del clima, el mar o el cielo en una día inclemente y sorpresivo.
Gonzalo Lizardo nació en Fresnillo, Zacatecas, en el año de 1965. Luego de estudiar ingeniería química, se dedicó a las artes gráficas y al periodismo, antes de concentrarse en la literatura. Ha publicado un libro de ensayo y cinco de ficción, entre ellos Jaque perpetuo (Era, 2005) y Corazón de mierda (Era, 2007). Fue becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca y del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Actualmente imparte un seminario sobre novela moderna en la Universidad Autónoma de Zacatecas, donde también coordina un proyecto de investigación sobre hermenéutica literaria. Es ganador del 14º Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI/UAS/COLSIN, con el libro El demonio de la interpretación. Hermetismo, literatura y mito, que fue producto de sus investigaciones como docente de la Universidad Autónoma de Zacatecas.

Mixar López (ML): ¿Cómo relacionas la narrativa, el ensayo y la investigación literaria con el diseño gráfico y las artes plásticas?

Gonzalo Lizardo (GL): Es una relación armónica, pero complicada. Mi vida estuvo llena de de dilemas que he resuelto sobre la marcha, con dispareja fortuna. Cuando era niño siempre creí que sería pintor: me divertía dibujando, y tenía talento. Luego pasé por el seminario, por la escuela de ciencias químicas, por un taller de diseño gráfico y otro de artes plásticas. Supongo que quería experimentar un poco de todo, averiguar cuáles eran mis dones y mis debilidades. No me arrepiento de tanta deriva, de tanta prueba y error. Soy la suma de todos los caminos que he tomado: tengo un poco de científico, de teólogo, de pintor, de melómano, de escritor. Entre el diseño gráfico y la literatura lo que cambia es el discurso, es decir las formas, solamente. Todo se relaciona con todo: por eso puedo ahora diseñar libros, ilustrarlos, escribirlos o escribir sobre ellos. El que mucho abarca, poco aprieta, dice el cliché, pero yo pienso justo al contrario: el que mucho aprieta, poco abarca.

ML: ¿Por qué te decidiste en un inicio por el Seminario Diocesano de Zacatecas?

GL: En parte por casualidad, en parte por curiosidad. Yo estudiaba la secundaria en Concepción del Oro, Zacatecas, a mitad del semidesierto, cuando unos sacerdotes hicieron visita pastoral al pueblo, para invitarnos a estudiar en el seminario. Para mis amigos y para mí era la oportunidad perfecta para estudiar la preparatoria, en la mera capital del estado, en un internado de bajo precio. Cuando mis mejores compas aceptaron, yo me animé. Además, no voy a negar que me llamaba mucho la atención el sacerdocio, por el prestigio que tenía entonces, por el gusto que daría a mis padres y por la oportunidad de estudiar latín, filosofía y teología. La Biblia siempre me ha emocionado, lo mismo que la historia de la Iglesia. Eso sí, confieso que me interesa más la historia de los herejes que la de los obispos: prefiero el pensamiento de los gnósticos y de los cátaros que todas las bulas papales. Además, me aburría ir diario a misa, rezar siempre las mismas oraciones, someter todos mis pensamientos a censura. Antes de terminar la preparatoria, había perdido la fe, y había conocido algunos amigos ateos y rocanroleros que me animaron a probar con las ciencias, la contracultura y el pensamiento de izquierda.

ML: ¿Y la Escuela de Ciencias Químicas?

GL: Una vez que salí de prepa, y tuve que elegir una profesión, decidí ingresar en la escuela de ciencias químicas: desde niño tenía una idea romántica de la química. Poco duró el encanto. Cuando supe la vida que me esperaba como ingeniero en alguna fábrica o refinería, preferí desertar. Por fortuna, durante la carrera, mientras iba sobreviviendo los semestres, tuve oportunidad de asistir a varios talleres de artes plásticas y diseño gráfico, mientras leía muchos libros: los novelas, poesías, ensayos que me prestaban mis compañeros de los talleres. Fue así, casi sin quererlo, que fui adquiriendo cierta cultura literaria y cierta inquietud por la escritura. Una vez, casi por azar, escribí un cuento, en una sola noche, para un concurso universitario. Gané: me premiaron con un lote de libros y la invitación a formar parte del taller de David Ojeda. Aceptar esa invitación fue determinante en mi vida: ahí conocí a Paty, que se convertiría en mi esposa, y ahí supe que podría vivir de la literatura.

ML: ¿Qué opinión te merece el fallecido escritor David Ojeda, uno de los instructores de los talleres literarios regionales?

GL: Se merece mi mejor opinión, por supuesto. Y no sólo porque fue mi maestro. Junto con Daniel Sada y José de Jesús Sampedro, Ojeda debe ser reconocido como un promotor activo de la descentralización de la literatura mexicana. No sólo creó una obra narrativa sólida y propositiva, sino también realizó una tozuda, incansable labor al frente de sus talleres literarios y como editor de libros, haciendo antologías y estudios críticos, comentando novedades editoriales, tanto en Zacatecas como en San Luis Potosí. Era un hombre generoso, inteligente y apasionado, que defendía con vigor sus convicciones, por lo que se granjeó más de un enemigo dentro del gremio literario o de las esferas burocráticas de la cultura. Tenía tres aversiones principales: la burocracia, la academia, el conservadurismo. Pero dejó un amplio grupo de amigos y colaboradores, que honramos su memoria y ponemos en práctica sus enseñanzas, que para mí siguen vigentes.

ML: ¿Cómo es tu relación con el escritor Luis Humberto Crosthwaite, con quien compartes generación, sobre todo, de autores formados en talleres literarios de provincia, ¿qué sabes de él?

GL: A Luis Humberto lo conocí poco; fuimos buenos camaradas en Zacatecas, cuando él era el alumno estrella de David Ojeda y yo apenas empezaba en el taller. Recuerdo cuando nos leyó algunos de los cuentos que conformarían su primer libro, Marcela y el rey, y la neta es que nos apantalló; era nuestro ídolo: sabía manejar las computadoras, siempre tenía música buenísima, era muy bueno para el billar. Por mala fortuna, al poco tiempo regresó a Tijuana, sin avisar a nadie, y perdí contacto con él hasta hace unos años, cuando recuperamos el contacto a través de Facebook. Luego él desapareció de internet, de nuevo sin avisarle a nadie, poco después de publicar Tijuana, crimen y olvido; creo que tiene cierta afición por las fugas personales. No sé que ha sido de él, ojalá siga escribiendo; tenía un talento innato para narrar.

ML: ¿Cómo fue que llegaste a escribir para la revista literaria Runa de San Luis Potosí?

GL: Por invitación de David Ojeda y Laura Elena González, que en ese entonces dirigían la Casa Ramón López Velarde de San Luis Potosí. Más que escribir para la revista, yo me encargaba del diseño gráfico, auxiliado por David S. Ojeda, el hijo de David, que desde entonces se hizo mi gran amigo. Mientras nosotros hacíamos ilustraciones digitales, David y Laura Elena buscaban colaboraciones o lidiaban con los impresores. Fue un proyecto muy interesante, visual y literariamente.

ML: ¿Qué opinas del actual diseño editorial?

GL: Sin duda, el diseño gráfico, la apariencia visual de los libros es fundamental para la cabal comprensión de un libro. Así lo entendí desde que empecé a publicar, a finales de los años ochenta, en una editorial independiente llamada Joan Boldó i ClIment; esta editorial se caracterizaba por ofrecer libros muy hermosos, diseñados por el pintor catalán Jordi Boldó. Poco después llegó la computadora y se hizo más amable el trabajo de diseño editorial, de modo que el editor podía controlar mejor el aspecto final de sus libros. Yo traté de explorar la conjunción entre imagen y texto en una novela que se llama El libro de los cadáveres exquisitos, de 1997, que no solo escribí, sino también ilustré haciendo uso intensivo del Photoshop. Estaba empeñado en hacer del libro una experiencia más integral: que sedujera desde su apariencia. Por eso me impresionó mucho el trabajo de Almadía, por ejemplo: cuando vi Los culpables, el primer libro que publicaron de Juan Villoro, quedé impresionado con el concepto de la portada y con la elegancia de sus interiores; tienen un concepto muy imaginativo y flexible, que han sabido respetar y explotar al máximo. Por otro lado, agradezco que mis libros hayan estado en manos de diseñadores muy capaces: me encanta, por ejemplo, el trabajo que Ediciones Era hizo con los cuatro libros que me han publicado.

ML: Eres un gran titulador de libros: Azul venéreo (1989), Malsania (1994), El libro de los cadáveres exquisitos (1998), ¿de dónde proviene ese talento? ¿qué tan importante es el título de un libro para ti?

GL: El título es esencial en cualquier obra. En algunas ocasiones, el título surgió antes que el libro, como ocurrió en los tres casos que mencionas; en otras ocasiones no: empecé el libro sin saber qué título llevaría, confiado en que alguna frase, durante el proceso de escritura, me iluminaría para hallar el título adecuado. En algunas ocasiones, claro, tuve ayuda. Fue el caso de Jaque perpetuo, que antes tenía el pretencioso nombre de Cosmoagonías, hasta que un colega mío, Gabriel Bernal Granados, me sugirió elegir como título el nombre del cuento inicial. Fue un gran consejo, sin duda.

ML: Háblame de Jaque Perpetuo y de sus detractores en La Jornada Semanal.

GL: Jaque perpetuo es un libro que me ha traído muchas satisfacciones. Gracias a él fui publicado en Ediciones Era, o sea que fue mi primer libro en una editorial reconocida, y Juan Villoro aceptó presentarlo en persona ante el público de Zacatecas, en términos muy elogiosos. Por lo demás, Jaque perpetuo fue apoyado una beca del Fonca mientras yo estudiaba el doctorado, por eso tuve todo el tiempo, los recursos y los libros que requería para escribirlo. Leí de todo: ciencia, historia, filosofía, hermenéutica. De ahí deriva, supongo, su carácter “enciclopédico”, que desanimó a algunos lectores. Ese fue el defecto que me señaló Enrique Héctor González en La Jornada Semanal. Confieso que en un principio su crítica me deprimió mucho, hasta que me di cuenta que mis amigos la consideraron elogiosa, aunque el crítico no lo expresara así. A González le molestó, creo yo, que la contraportada enfatizara mis estudios académicos y afirmara que mi libro era una novela “inteligente”, así que él lo puso en duda. Le reconozco un acierto en su crítica: mientras escribía mi libro no pensé en el lector, en las emociones que quería despertar en él. Por eso decidí que en mi siguiente libro iba a involucrar más al lector en la novela, emocionarlo, hacerlo reír, conmoverlo. Ese fue uno de mis principales objetivos con Corazón de mierda, mi siguiente libro.

ML: De nuevo a los títulos, Corazón de Mierda y de los óptimos comentarios vertidos por Luis Jorge Boone y Eli Garner.

GL: El libro surgió por azar, casi. Recién había publicado Jaque perpetuo cuando me habló Gerardo Villadelángel, editor del Fondo de Cultura Económica, para invitarme a participar en El libro rojo 2, una antología de casos criminales verdaderos, que serían recreados por varios narradores mexicanos. Yo acepté, encantado, pues me gusta mucho la novela negra. Entre los varios casos que estuve revisando, me interesó el de un profesor de educación física, Fidel Corvera Ríos, que era el rey de la droga en Lecumberri. Cuando investigué sobre él, supe que era originario de Zacatecas, que había sido arrestado por robar al Banco de México, y que su banda estaba formada por chamacos que reclutaba durante sus clases. Cuando entregué el cuento al FCE, me di cuenta que tenía material de sobra para crecer la historia y convertirla en novela. A pesar de estar construida con materiales “reales”, o “históricos”, la novela no quiere ser “realista”, sino más bien un artefacto “intertextual”: el narrador se llama “Candingas”, como un personaje de Salvador Elizondo, y la historia tiene muchas alusiones a la novela picaresca del Siglo XVII, al Cine de Oro Mexicano, así como a la música de esos años: desde el rocanrol y el blues hasta el bolero y el danzón. Me parece que Boone y Garner supieron captar su principal virtud: el peculiar lenguaje de su narrador, el Candingas, que da verosimilitud al relato con su tonadita chilanga y su ingenio verbal.

ML: Por último, háblame sobre esa “transformación en la figura del héroe contemporáneo” en El demonio de la interpretación. Hermetismo, literatura y mito, el libro con el que ganaste el 14 Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI/UAS/COLSIN.

GL: Escribí El demonio de la interpretación gracias a mi trabajo como profesor e investigador en la Universidad Autónoma de Zacatecas, donde doy clases de hermenéutica y literatura moderna desde hace veinte o más años. Mientras impartía esos cursos, advertí que muchos de los autores que trabajaba en las aulas compartían sospechosamente una misma visión filosófica, según la cual el Mundo es un Libro y el Libro es un Mundo. Esa idea unía a Elizondo, a Joyce, a Flaubert, a Mallarmé, a Goethe, a Calvino y a Valéry, entre muchos otros. La revelación a esa duda la tuve cuando hacía mi tesis de doctorado, que trataba sobre la “poética de la transgresión” en la narrativa de Salvador Elizondo. Mientras buscaba el texto que Alfonso Reyes escribió sobre Mallarmé, descubrí un ensayo suyo sobre el dios Hermes, o Mercurio, que era el dios de los poetas, los ladrones, los traductores. Entonces, como en una epifanía, descubrí que Octavio Paz tenía razón, cuando afirmaba, sin demostrarlo, que la literatura moderna era la principal beneficiaria de la tradición hermética. Bajo estas premisas, concebí un libro de ensayo que estuviera estructurado como una novela, o como una obra de teatro, dividida en tres actos, que narraran en dieciocho capítulos el devenir histórico y poético del dios Hermes, desde la antigüedad hasta el mundo hispanoamericano actual, pasando por la Edad Media, el Renacimiento, el Siglo de las Luces, el Romanticismo. No solo pensaba demostrar esta hipótesis, que de por sí es muy complicada y sutil, sino quería hacerlo con estilo literario: con el suspenso, el ritmo, los momentos críticos que caracterizan a las buenas novelas. Espero haberlo conseguido, pero esa decisión dependerá, como siempre, de mis lectores.

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Mixar López

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