Opinión

¡Hagan sus apuestas! / Opciones y decisiones

“Como decíamos ayer…”

Con ese mítico dicho, Fray Luis de León dio comienzo a su clase, en la Universidad de Salamanca, después de haber dejado interrumpido su curso por el lapso de cinco años, contados a partir de marzo de 1572 en que fue ingresado a la Prisión de Valladolid -en la misma calle que actualmente lleva su nombre- y hasta el año de 1576, en que es liberado; acaeció tal suceso debido a que habiendo obtenido su cátedra en teología, gracias a su paso por la orden de los agustinos, O.S.A., en Salamanca y ser uno de los principales exponentes de la poesía renacentista, concretamente en la literatura ascética del siglo XVI, presuntamente levantó la envidia de los dominicos que tenían a su cargo la Santa Inquisición. Quienes no dudaron en denunciarlo por preferir la versión hebrea de la Biblia Vulgata y de traducir el Cantar de los Cantares a la lengua vulgar. Se opina que con tal expresión, él quiso borrar aquello que no tendría que haber sucedido. Actitud, talante y expresión que cuatro siglos más tarde, Miguel de Unamuno habría intencionadamente y con propósito explícito de repetir: “Como decíamos ayer…”, tras volver de su destierro en Fuerteventura y París a causa de la dictadura de Primo de Rivera. (Autor: Álvaro Anula Pulido. Viernes 11 de noviembre, 2016. https://goo.gl/dq4SwY).

Mutatis mutandis apenas estaba pasando la espesura que inició aquel viernes de septiembre negro 2008, tras el colapso del sistema financiero de Wall Street, del que la nota fue escueta: “En la noche del viernes, el 12 de septiembre, los presidentes de los principales bancos de Estados Unidos fueron llamados a una reunión de emergencia en la Reserva Federal de Nueva York, en el distrito financiero del bajo Manhattan. El secretario del Tesoro, Hank Paulson, les advirtió a los titanes de Wall Street que Lehman Brothers estaba a punto de colapsar y que el gobierno no lo rescataría. En las siguientes 48 horas, los funcionarios de la Reserva Federal y del Banco del Tesoro, los presidentes de los bancos, sus abogados y contadores buscaban la manera en que podían salvar a Lehman. Pero, sin el apoyo financiero del gobierno, era una misión imposible”. (Fuente: BBC. Paso a paso, la caída de Lehman Brothers. https://goo.gl/s3A8VB). Cuando comenzó a expandirse la onda de choque que asoló haciendas, agencias, arrendadoras, bancas y patrimonios de nivel mundializado.

Y que en México levantó todas las alarmas de una crisis financiera sin precedente. Entonces, las mentes más preclaras y en activo de la política y vida civil nacional se dieron a la tarea de diseñar un plan de acción para el rescate de la economía. Para su relato, emergieron figuras públicas que pintan de pies a cabeza a tan  enigmáticos personajes de nuestra economía y política mexicana; mejor que un acucioso estudio semántico-político de sus multiversas personalidades. Vea usted, si no, el paradigmático escenario que, en aquellas  semanas posteriores a la crisis, erigió el Congreso de la Unión, dio cabida a la pluralidad de voces de legítimos actores políticos, en sus ponderadas reflexiones de cara a la crisis económica global que enfrentábamos: “No fue fácil conciliar visiones tan diferentes, como las expresadas por el empresario Carlos Slim; el secretario de Hacienda, Agustín Carstens; el gobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz; expresidentes de otras naciones; representantes de organismos del sector privado; dirigentes sindicales; académicos, y especialistas”, dijo el coordinador de los senadores del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Carlos Navarrete.

Tras sesudas sesiones de diálogo, se convino en un objetivo que parecía muy bien encaminado: “la necesidad de un gran rescate social, que permita atacar directamente el asunto de la desigualdad”; -seguido de objetivos específicos, priorizados- “ejercer el presupuesto de manera oportuna, eficiente y eficaz; simplificar y desregular los trámites en los tres órdenes de gobierno que inhiben la productividad”. Asumiendo la innecesaria aclaración y supuesto de que los objetivos particulares se vinculan teórica y funcionalmente al objetivo principal, esto con apego a la estricta ortodoxia del sistema funcionalista de planeación política. Lo interesante de este enfoque dependía de esclarecer esos pasos específicos de acción. A toro pasado, ¿puede usted ver estas vinculaciones del plan maestro? ¿Aún no? ¡Intente, de nuevo! El objeto propuesto es rescatar a la sociedad del desastre económico y atacar el grave asunto de la desigualdad social; en el cómo está el diablo… ¿con el ejercicio del gasto, que ya está presupuestado?, y ¿con la simplificación administrativa? (Nota mía: LJA. Opinión. El azar y los juegos del sistema. Opciones y Decisiones. Sábado 21 de febrero, 2009). Y ¿con 8 años transcurridos, incluyendo las profundas reformas estructurales ya emitidas?

A ocho años de distancia, pareciera que estamos empeñados en solventar la misma emergencia. Lo que no hace desdecirme de aquella analogía que expresaba en el fragor de la crisis: “Mi padre refería que antiguamente -¿cuestión de siglos, de años?- la lotería en Babilonia era un juego de carácter plebeyo. Refería (ignoro si con verdad) que los barberos despachaban por monedas de cobre rectángulos de hueso o de pergamino adornados de símbolos. En pleno día se verificaba un sorteo: los agraciados recibían, sin otra corroboración del azar, monedas acuñadas de plata. El procedimiento era elemental, como ven ustedes”. Jorge Luis Borges, La Lotería en Babilonia, Ficciones, (1944). De cuya mente preclara pareciera emerger la apuesta a dicho juego de lotería, cabe el cual fraguaron nuestras mentes más sesudas el supuesto acuerdo, aunque no sin haber aceptado que no fue fácil llegar a un tal consenso:

No fue fácil ensamblar tan disímbolos circuitos de comunicación en un solo documento. El primer borrador se llamó: “Acuerdo para el crecimiento, empleo y desarrollo”, que se sustituyó por: “Conclusiones del foro ‘México ante la crisis’ en materia de desarrollo económico, empleo y seguridad social”. Siendo que la convocatoria al foro se acotó con la interrogante: “¿Qué hacer para crecer?”.  El punto crucial es que el país en situación real de estancamiento con inflación, debía tener un detonante que lo liberara e impulsara a un proceso macro social y económico de crecimiento sostenido.

Un crecimiento sostenido que aún está por llegar, pero que parece sujeto a ese original juego de abalorios a los que apostamos hace 8 años, como a una futura y extraña utopía del genial Hermann Hesse, y sobre el que tropezamos como en la misma piedra: “Hablamos de un problema estructural e histórico de la formación social mexicana total, por un lado. Por otro lado, un medida administrativa, por importante que sea, nunca podrá sustituir a una política de Estado que renivele, efectivamente las debidas proporciones de ingreso y egreso de las familias, homogenizando armoniosamente las agudas asimetrías de clases sociales, en donde tenemos un mayoritariamente pavoroso porcentaje de pobreza, con una caída gradual y agravada de la clase media hacia esos estamentos. Empresa y asignatura harto ardua y difícil que, al parecer, ni las reformas estructurales que están tomando el tiempo constitucional total de la presente Administración Federal, están pudiendo solventar.

A no dudar el entorno financiero mundial, el Brexit con la Unión Europea, y el azaroso arribo de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica han puesto en jaque la fluida suerte de la economía mexicana que, sin duda, mereciera tras hercúleos esfuerzos; pero que la terca insistencia del azar y la apuesta a las ruletas numinosas de la lotería están estancando su raudo y feliz salida a un mejor destino.

Estando así las cosas, en este abril de 2017, si usted, ya vio en aquella propuesta parlamentaria de aquellos ayeres y en las lecturas avisadas de nuestros expertos de hoy, estos enlaces salvíficos de la economía, entonces es un gran sabio digno de los secretos babilónicos y de atisbar el futuro utópico de los abalorios. Amén. Amén.
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Francisco Javier Chávez Santillán

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