Opinión

Incongruencia e indiferencia, los bullers en las escuelas / Piel Curtida

En el bachillerato había una compañera que, además de sufrir violencia en el hogar, se enfrentaba al acoso de los estudiantes del plantel. Por empatía o por reflejo, la tomaba del brazo con pretextos bobos para alejarla de los cercos masculinos que se le plantaban y le avisaba de las miradas lascivas a su alrededor de vez en vez. Una ocasión, después de tomar agua la vomitó por un cuerpo tan acostumbrado a la expulsión, por lo que con otra chica nos burlamos de una resaca inexistente; lamentable, pero en el contexto escolar era preferible hacer mención de una fiesta que se descontroló a algún problema serio. Tenía que hablar con ella, saber si podíamos hacer algo. Abandonó la escuela.

Los problemas de adolescentes lo son, sin más, y no será posible actuar por su prevención, contención o resolución si no se reconocen como tales; si no se habla de las realidades que, por más atemorizantes que parezcan, son existentes; si no se combaten estereotipos e imaginarios que son perpetuados por tradición o ignorancia y que, además de reproducir violencia, paralizan a las víctimas. Los programas contra el acoso escolar publicitan frases sobre maneras correctas de actuación, o datos de contacto de instancias psicológicas o tutoriales, pero todo será interpretado como un burdo intento de expiación si el entorno sigue imponiendo esquemas corporales, emocionales, intelectuales y de actuación que son asumidos como un fracaso por aquellas personas que no logren cumplirlos.

Si se desean prevenir problemas derivados de una percepción negativa de sí, se deben reconocer los consumos culturales que parecen ser replicados entre la comunidad estudiantil para reorientar sus sentidos; si existen riñas no basta con reprimendas o suspensiones, pues se requieren identificar los elementos que impulsan las agresiones, incluyendo esquemas de masculinidad o las historias que podrían dar razón de una defensa; si tanto parece preocupar el embarazo a temprana edad, la sexualidad necesita ser desmitificada; pero lo más importante es dialogar y convivir con los propios adolescentes para reconocer sus prácticas cotidianas, así como los nuevos actores de su mundo, que por más distantes que parezcan acontecen en nuestro alrededor como los pack, el cutting, cruising, el muelle, los popper, spice o hulk. No se puede andar a tientas por la oscuridad, y hasta el momento en que reconozcamos el entorno en el cual nos encontramos insertos en la actualidad podremos identificar las necesidades y sus alternativas de respuesta.

Se dice que somos lo que consumimos y que nos encontramos en una sociedad globalizada, de ser así 13 reasons why impulsará nuevamente el diálogo sobre el acoso escolar, ya sea con el uso de frases alusivas, bromas -delicadas- sobre los temas que trata o, quien sabe, tal vez con el resurgimiento de casos que habían quedado opacados por la vergüenza o el miedo. Francisco Trejo ya había escrito algo sobre esta producción de Netflix para La Jornada Aguascalientes, pero vale la pena ampliar la discusión pues no es posible negar el poder de lo “pop”. Cuando vi los avances de la serie me negaba a verla por cuestiones personales; sin embargo, logró un rápido posicionamiento que merecía ser analizado. Todavía con reservas me dispuse a observarla. Después de terminarla de madrugada y tras haber sufrido terrores nocturnos, me atrevo a escribir que puede tocar las fibras sensibles de muchas personas, aquellas del dolor, la ira, pero también de la culpa.

La serie no muestra problemas infantiles o de púberes irresponsables, sino un extracto de las miles de experiencias de fracaso, frustración y violencia a las que se enfrentan diariamente las y los adolescentes… particularmente las mujeres; la incongruencia de las instituciones y lo obsoleto de los protocolos de actuación cuando no existe una plena convicción por practicar la empatía, la cordialidad, el observar y el escuchar atentamente.

No, 13 reasons why no es la panacea pop para el acoso escolar, tampoco merece ser reproducida en los auditorios de los planteles escolares -sería mejor el libro-, ni es una de las mejores producciones audiovisuales del momento. La realidad supera la ficción, y para quienes han vivido experiencias dolorosas, propias o a través de personas cercanas, esta serie sólo se suma a muchas otras que buscan hacer eco de las voces acalladas por la incongruencia y la indiferencia a su alrededor.

 

@m_acevez | [email protected]

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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