Opinión

De infancias y espacios prohibidos / Piel curtida

Hace días me compartieron un video donde un niño, de a lo mucho ocho años de edad, bailaba sobre un templete dando saltos, levantando las manos, agitando el cabello y realizando algunas poses, lo cual podría ser leído como una simple escena de un juego infantil; pero a través de la pantalla y circunscritos en nuestra sociedad se observaba un niño “afeminado”. Durante los primeros segundos sólo veía a un niño moviéndose libremente, sintiendo la música, divirtiéndose y siendo feliz, hasta que aparecían otras niñas, niños y adultos como actores accidentales con cara de repulsión, tratando de que otras personas no vieran una aparente aberración, señalando y mofándose. En la infancia la curiosidad abre paso al desarrollo del conocimiento sobre nuestro entorno, se sienten las vibraciones de la música y no se asumen esquemas tan pautados que finalmente atrofian la creatividad. El temor a una posibilidad que mínimamente podría ser referenciada en el acto de un niño era evidente, aunque sólo se tratara de un baile, de una bobería.

Otros tantos videos de niños -particularmente varones- realizando una performance de este tipo ha sido apropiado por la disidencia sexual a manera de sátira editándolo con canciones de la cultura rosa. El mensaje de estas reediciones es sobre la presencia de la diversidad de género desde la infancia, pero valdría la pena cuestionar un poco más y convertirlo en una proclama lacónica: ser libres de ser, sin más ápices o adjetivos; en especial si se aspira a una sociedad de paz y armónica, donde el sexo y el género no sea un operante del trato, dignidad y destino de las personas, donde la expresión, la creatividad o el simple acto de bailar no fuese una rúbrica de nuestras personalidades, mucho menos de nuestra esencia. Sin embargo, estamos inmersos en una visión particular sobre lo que deben ser las personas, y el que estas acciones infantiles provoquen tantas reacciones aversivas o de burla hablan de la homofobia pero también de un acto reflejo que debería preocupar especialmente a quienes desean o ya tienen hijos o hijas. ¿Qué tanto miedo o qué tanto odio le tendría si no cumpliera con las exigencias de la heteronormatividad?, y aún más, ¿de dónde emergen y se preservan esas emociones?

Hace pocos años iniciaron a compartirse por medios digitales contenidos donde aparecían padres con sus hijas o hijos en actividades socialmente asumidas como femeninas, como pintarse las uñas, maquillarse o disfrazarse de princesas. Estos videos e imágenes procedentes, en su mayoría, de países con mayores índices de desarrollo y calidad de vida humana, manifestaban una verdadera inclusión a la diversidad, un total respeto por una posibilidad que en vez de preocupar a la familia sería algo insignificante; pero además hablaba de otro mensaje poco perceptible, tal vez por su nula transgresión: el permitir a las niñas y niños ser infantes.

El que un menor de edad quisiera una muñeca, un carrito rosa, vestirse de princesa, bailar como Lady Gaga o Anna Pávlova, o que una niña desee un balón de fútbol, usar el cabello corto, camisas, jugar a ser el Perro Aguayo o Michael Schumacher, no implica que en un futuro sea mujer u hombre transgénero, y aún así tampoco significaría que fuese gay o lesbiana, ni siquiera debería preocupar, ofender, ser algo vergonzoso. Tal vez, esas posibilidades calan hondo en algunos padres y madres de familia quienes, inmersos en una sociedad homofóbica y desinformada, ven en sus descendientes una extensión de sí que podría ser vilipendiada, mofada, asesinada… Entonces, ¿no es más congruente buscar la empatía, la inclusión y la unidad, en vez de la violencia camuflada de buenos valores? Reprimir la infancia por cuestiones de género, reprimir el caleidoscopio de la experiencia del ser humano nos ha costado amistades, amores, vidas y familias.

Hace poco realice un viaje al estado de Colima. En la playa de Cuyutlán llevaba el traje de baño más pequeño de la zona, un tipo trunk que no se acercaba en lo más mínimo a un speedo, pero me reconocí en un espacio con pautas de género más rígidas y vetustas que en otras costas mexicanas. De nuevo surgía los señalamientos, el temor a alzar la mirada que fuese mal interpretada por algún hombre como un acoso por parecer homosexual. Para evitar problemas para mis amigas y amigos, opte por usar algo más largo, un traje de baño tipo bóxer. En la ciudad de Colima, al llegar al único bar “gay”, la homofobia circundante fue fehaciente: un lugar a la orilla de la ciudad, sobre la carretera, pequeño, inseguro, viejo e improvisado. La disidencia estaba relegada y la duda surgió: ¿cómo le hacen para convivir, para encontrar pares?

La ciudadanía requiere de espacios, y cuando surge un enclave evidentemente segregado se debe a una problemática existente. Sin embargo, la resistencia (la résistance), la pasión y necesidad por la vida misma fluyen y se apropian de sitios “clandestinos”, códigos y mecanismos alternativos, aunque no siempre son los más sanos y apropiados, muchas veces sujetos a inseguridad, extorsión, persecución, insalubridad y drogas. ¿No sería más humano y correcto propugnar para que todas nuestras hijas e hijos tengan las mismas posibilidades de experimentar la vida de manera segura, con dignidad y sin miedo?

 

Si desde la infancia se niegan las posibilidades de la libertad, de tener las mismas oportunidades de expresión, interacción y convivencia se seguirán perpetuando actos de discriminación y odio que por más discursos moralistas y tradicionalistas que se escupan simplemente harán eco para la reproducción de la violencia que sí parece importar a la mayoría, la estruendosamente sanguínea y pública, que finalmente encuentra elementos para germinar en lo viril, en la feminidad subyugada, en la tradición que se ofende por la vanguardia que busca mejores escenarios de vida.

El género, el sexo, las orientaciones e identidades sexuales no deberían importar, no nos determinan de manera unívoca, pero siguen siendo objeto de persecución, destierro, escarnio, prohibición y muerte; así que, hasta cambiar el escenario, será necesario que aquellas personas, quienes deciden hacer frente al odio y recobrar la memoria de las historias que trataron de ser ocultadas, se sumen evitando los mismos errores de su depredador: la segmentación; pues viriles o afeminados, butch o femme, discretos o locas, gordos o musculosos, trans o cisgénero, disidentes o heterosexuales vociferamos buscar lo mismo: no más violencia.
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Juan Luis Montoya Acevez

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