Cultura

Sobre Pequeñas y fugaces memorias

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I

La memoria del hombre no es una suma; es un desorden de posibilidades indefinidas escribe Borges en el que creo que es su último cuento, el texto que cierra La memoria de Shakespeare y que con ese mismo título narra la historia de Hermann Sorgel, un profesor al que el azar le regala los recuerdos del autor de Hamlet; como es de esperar, el don obtenido no sirve al estudioso para su propósito, no logra escribir como Shakespeare, no puede crear otro Ricardo III o un Othello, no se trata de amontonar las experiencias ajenas a las propias, el cúmulo de recuerdos se vuelve inútil para la escritura porque no se cree en ellos, porque no se les ha pensado; eso creo, porque sé que toda escritura es autobiográfica.

Escribir es elegir un sendero entre ese desorden de posibilidades, dar un paso hacia lo que se quiere encontrar, eso que se intuye puede estar ahí, y lanzarse con el conocimiento de que el camino elegido anula el resto de las posibilidades, no vas a encontrar lo que otros te han contado, el hallazgo será propio y único. Desde ahí escribo, con la obsesión de que puedo encontrar eso que quiero compartir con el otro y establecer un diálogo.

Escribir es iniciar el diálogo. La escritura es la taza de café frente a la que se disponen dos para contarse, para encontrarse; es la señal íntima que dos se hacen cuando necesitan desaparecer para quedarse uno con el otro, la caricia en el lóbulo de la oreja que no requiere de palabras para iniciar el placer de compartir.

II

Escribir es, también, un acto de recuperación.

Durante mucho tiempo me acompañó un libro sobre la obra de Paul Klee, en las primeras páginas estaba una reproducción de mi cuadro preferido: un autorretrato, raro, quizá porque era de sus primeros trabajos y aún no lo poseía el color, con sepias y grises, un hombre sentado junto a la ventana sostienen con la izquierda un papel y con la derecha un lápiz, aunque no están definidos los rasgos del rostro, es posible captar que se empeña en la concentración de lo que está escribiendo (aunque supongo que si es Klee, debe estar dibujando), lucha para no llevar la mirada hacia lo que ocurre afuera, eso que agita la cortina blanca con estampado azul; y es que es un hombre dispuesto a rendirse a la distracción, sabe que tarde o temprano sucumbirá a la tentación y se asomará a la ventana, porque ha de volver ya con la revelación en mano, la palabra justa, el adjetivo preciso para continuar eso en lo que está empeñado. Eso creo de ese cuadro.

Cuando digo que durante mucho tiempo me acompañó ese libro era porque me funcionaba también como una ventana, siempre he escrito en habitaciones donde hay una ventana, pero en ciertas ocasiones se me hacía indispensable echarle un vistazo al autorretrato para asomarme a través de la cortina que acaricia la espalda de Klee, para hallar en su motivo de distracción el impulso que requería para mí; el libro lo tenía a la mano, siempre, hasta que se perdió.

No nací aquí, pero soy de aquí porque desde este lugar escribo, además, ya me han robado y, lamentablemente, eso, hoy, funciona como un rasgo de pertenencia. Estacioné mi auto en la calle y ocho horas después de la jornada laboral, ya no estaba. Por supuesto, lo busqué en todos los lugares en donde no lo había dejado, creyendo que si caminaba siete veces por otras calles, a la vuelta de la esquina, milagrosamente aparecería. No fue así, nunca lo recuperé. En ese momento nos afectaba porque estábamos en medio de una mudanza, afortunadamente la ayuda de los amigos nos auxilió a conseguir otro automóvil y dejar atrás el mal trago del robo.

No sé quién disfrute ahora viajar con la ventana abierta en ese auto que no tenía aire acondicionado, de lo único que estoy seguro es que quien se lo robó tampoco disfruta de lo que había en él. Desesperado por una mudanza más, había llenado la cajuela con libros, libros que he comenzado a extrañar porque eran los que tenía a la mano, los de consulta, esas ventanas en las que busco distraerme a la mitad de una frase.

En esa mudanza (como en casi todas), los libros fueron trasladados en cajas, que durante mucho tiempo estuvieron a la espera de que las abriera para que, por fin, los mal acomodara en los siempre insuficientes libreros; no encontrar un volumen finalizaba con un bufido y vistazo a las cajas de cartón en espera. Todavía hoy sigo teniendo libros en cajas, pero cuando busco uno y no lo encuentro, sé que me lo robaron, la historia de esa certeza es simple e inverosímil por eso mismo.

Un amigo comienza a hablar en redes sobre un autor y pide que le recomienden por cuál obra entrarle; comienzo a buscar el que yo recomendaría, no lo encuentro, bufo, miro las cajas y me rindo, igual escribo el título de la novela; días después, ese amigo me pregunta si yo subrayo mis libros, por supuesto, respondo como quien defiende un derecho básico, en respuesta, sube una fotografía de la novela que mencioné con mi apellido en la primera página, es el libro que yo había recomendado, no sólo eso, es mi ejemplar, cruzado por mi interés con lápiz de color verde, anotaciones y esquinas dobladas. Mi amigo había adquirido mi libro en un lote de libros usados. Quien se robó mi auto se llevó mi biblioteca cercana y la despreció, seguro la vendió por kilo, la malbarató y hoy está desperdigada por esta ciudad. Ya no bufo pues, ahora recuerdo que debe estar en alguna librería de viejo, ¿quién leerá una y otra vez Acapulco en el sueño, Música para camaleones, Rayuela, Cerca del fuego, El evangelio de Lucas Gavilán, Adiós muñeca, con la misma fruición con que yo acudía a ellos?… La cajuela ara amplia, la lista de libros irrecuperables crece cada tanto, y sí, el libro sobre Paul Klee iba entre ese montón.

III

Sé que es un autorretrato, pero no recuerdo si tenía un título el cuadro de Klee. Tras conectar el robo de mi auto con la desaparición de ese tomo, lo he buscado una y otra vez, en las librerías, en las redes, en los sitios de Klee en internet; busco el aire que mueve esa cortina e intenta distraer al escritor concentrado; hasta ahora, la búsqueda ha sido infructuosa, tras el clic aparecen Senecio, Muerto por la idea; Insula dulcamara; el Caballero negro por supuesto y muchos autorretratos, plenos de color, distintivos de Klee, quien escribió en su diario El color me posee, no tengo necesidad de perseguirlo, sé que me posee para siempre… el color y yo somos una sola cosa. Yo soy pintor, sí, en 1914, el cuadro que yo busco es anterior, no se cuenta entre lo representativo de Klee, es posible que nunca lo vuelva a ver, no le concedo al azar que mi paso por las librerías de viejo de esta ciudad me regale la oportunidad de volver a verlo. Aunque ya me he rendido, a veces creo que el cuadro me lo he inventado, que no es posible que el scroll infinito que he recorrido no me regale con ese hombre escribiendo a un lado de la ventana.

En alguna de las páginas de este libro Pequeñas y fugaces memorias, dice: “Escribo a mano estas líneas para no olvidar, sin esperar a que el universo escurra libre del lápiz abandonado sobre el cuaderno, para recordar que en el trazo de una sola palabra está el infinito”, en lo que estaba pensando era en mi extraviada ventana Klee. A la mano esa es la única forma que tengo de recuperar lo perdido: imaginándolo, eligiendo entre el desorden de posibilidades y la obsesión de compartirlo con el otro para conversar.

Tras esta historia, se entenderá mejor por qué elegí esa imagen para la portada del libro, sí, es un autorretrato de Paul Klee, no mi ventana, no el que venía en el volumen que eché en la cajuela, no ese elogio a la distracción que me impulsó a escribir estos cuentos.

Las últimas líneas del que creo el último cuento de Borges dan título a esta selección de textos: …pero en el alba sé, alguna vez, que el que sueña es el otro. De tarde en tarde me sorprenden pequeñas y fugaces memorias que acaso son auténticas. Así, como quien recuerda un cuadro perdido y escribe para recuperarlo sin estar seguro de si se lo ha inventado o no, pero con la certeza de que es veraz, así ocurrió, como quien escribe para tocar al otro y le cuenta una historia.

 

Gracias por leerme, gracias por la conversación.

Edilberto Aldán

Director editorial de La Jornada Aguascalientes @aldan

1 Comment

  1. Karla

    21/04/2017 at 15:44

    De tarde en tarde me sorprendo recordando aquellas historias de una época feliz, cuando se posan en mi mente las revivo y las poseo y entonces río y lloro por la nostalgia que me dejan…Gracias por seguir compartiendo tus palabras, cada una de ellas es una memoria, es una parte de ti… Felicidades Edi… Un abrazo

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