Opinión

El peso y valor de la fe / Opciones y decisiones

Podemos afirmar, sin sombra de duda, que la Semana Santa es el punto climático del año tanto de la manifestación de los símbolos religiosos como de su expresión como auténtica cultura popular. Es un dato milenario que tiene origen en Israel, un punto oriental remoto del centro imperial de Roma, y en la más antigua tradición municipal europea que nos legó la España colonial. Socialmente hablando, se trata de la cosmovisión dominante más todoabarcadora de la civilización occidental-cristiana. Que en su dinámica expansiva nos convirtió en ser cristianos y ser mexicanos y, como bien se ha dicho, nos trans-significó en lo que literalmente nos causó haber sido fundidos en una raza cósmica.

Sin embargo, la evolución de dicho fenómeno de sincretismo de razas y de religión, ha derivado en este siglo XXI en un cambio sociológico y demográfico de impredecibles resultados. Aquel masivo y macizo bloque de sedicentes “católicos” mexicanos ha ido derruyéndose progresivamente hasta verse disminuido en alarmantes proporciones de casi el 50%. Así lo muestran estudios y ensayos estadísticos sobre el fenómeno religioso en México.

Ejemplo de lo anterior lo reporta la Encuesta Nacional en México sobre Creencias y Prácticas Religiosas, Informe de Resultados, 30 de noviembre 2016. Publicada por Demoskópica México, bajo la iniciativa de El Colegio de la Frontera Norte y la Red de Investigadores del Fenómeno Religioso (Rifrem), con el auspicio de Convocatoria Redes Temáticas Conacyt 2016; y bajo la coordinación del Dr. Alberto Hernández Hernández (Colef), Dra. Cristina Gutiérrez Zúñiga (Elcoljal), y la Dra. Renée de la Torre Castellanos (Ciesas Occidente). Que aborda los cuatro grupos de adscripción de mayor tamaño en nuestro país: católicos, cristianos evangélicos (protestantes y pentecostales), cristianos bíblicos diferentes de evangélicos, y sin religión.

Ante la pregunta: ¿ha cambiado usted de religión o la ha dejado? Un rotundo 89.6% responde que no, y un 10.4% reconoce que sí. Entre estos últimos un sorprendente 57.1% dijo haber sido católico; del resto de religiones, sólo los Testigos de Jehová suman un 11.2% y el resto de denominaciones representan apenas un dígito y en valores decrecientes.

En consecuencia, a la pregunta: ¿Cuál fue la principal razón por la que usted cambió de religión o la dejó? El 17.0% afirma que su religión anterior ya no le satisfacía; el 16.8% argumenta que su religión actual se apega a los fundamentos bíblicos; el 10.5% dice estar convencido que (ahora) esta es la verdadera religión; y el 9.3% asegura que en su religión actual encontró un sentido para vivir. Un importante 13.2% decidió buscar su verdad por sí mismo. Un masivo 90.6% declaran haber cambiado una sola vez.

La razón de fondo por la que han cambiado de religión se expresa sólidamente en un 21.7% como decisión personal; el 18.9% acepta que no conocen su propia religión; un 17.3% invocan como excusa que “les lavan el cerebro”; y un significativo 17.1% admite que se decepcionan de su iglesia. La importancia del papel de la familia en la creencia religiosa se revela en un 78.5% que declara que su familia pertenece a la misma religión, en tanto que el 21.5% restante dicen que no todos pertenecen a la misma religión.

En cuanto a la firmeza declarada de su fe, un 28.3% afirman ser creyentes por convicción, en tanto que un mayoritario 41.8% dicen serlo por tradición. El 43.7% dicen ser practicantes de cada semana; y el 24.9% aceptan serlo ocasionalmente (en celebraciones importantes). Un robusto 84.0% confiesan haber obtenido la convicción religiosa de sus padres o abuelos. Y en cuanto a las prácticas religiosas domésticas, un 59.4% tiene un altar dedicado a la Virgen de Guadalupe, en tanto el 18.2% lo tiene a Cristo.

A la pregunta: ¿Cree usted que existe…? Dios o un ser supremo. 96.2% sí lo creen. 71.7% que hay vida eterna. Creen en el poder del Espíritu Santo el 85.8%; que la Biblia es fuente de verdad absoluta 76.6%. Y un sólido 76.8% cree en la existencia de la virgen de Guadalupe. Un 56.8% cree que el diablo existe. En Aguascalientes se declara el 42.2% como creyentes por tradición y el 29.4% creyentes por convicción.

Datos estadísticos que por sí solos no explican la complejidad de la historia, de la tradición y de la difusión de la fe religiosa. Por ello resulta indispensable recurrir a los grandes esfuerzos y ensayos de interpretación. Pues, en el largo transcurrir del cristianismo, no debe extrañarnos que la investigación bíblica ha tenido diversos enfoques, los que en la práctica exegética contemporánea pueden conjuntarse en dos grandes líneas de investigación seguidas por los autores:

La primera, analítico-literaria, iniciada por Wrede con su obra sobre el secreto mesiánico como motivo literario introducido en los evangelios por Marcos para esconder la verdad histórica de un Jesús que no fue reconocido como Mesías hasta después de la muerte. Esta línea de investigación analítico-literaria (seguida por Bultmann y por los postbultmanianos y por los autores de la segunda etapa) se ha centrado en el estudio de los dichos de Jesús para probar su autenticidad (ipsissima verba Jesu -mismísima palabra de Jesús-) y considera meta imposible el acceso al Jesús histórico a partir de los evangelios. Para estos autores, los evangelios conducen al Cristo de la fe o a la historia de la iglesia primitiva y de su ambiente judío o helenístico; por ello, escribir la vida de Jesús resulta empresa vana e imposible, o cuando menos sumamente arriesgada.

La segunda línea de investigación -histórico-sintética- arranca de Schweitzer, que considera histórica la exposición del evangelio de Marcos sin atenuar sus incoherencias o contradicciones, situando a Jesús dentro del contexto del movimiento apocalíptico judío. Quienes han seguido esta línea de investigación han centrado su estudio en los hechos de Jesús (ipsissima facta Jesu -mismísimos hechos de Jesús-), encuadrándolos en el contexto histórico, económico, político, social, religioso y cultural judíos de la época, para desde ahí reconstruir un relato plausible de su ministerio y consiguientemente describir el perfil histórico de su persona, ayudados de ciencias auxiliares de la exégesis como la crítica histórica, las ciencias sociales o la antropología cultural y dando un mayor grado de credibilidad histórica a los evangelios canónicos, como plataforma razonablemente válida para acceder al Jesús de la historia.

La brecha entre estas dos posturas interpretativas es salvada de alguna manera por el autor G. Segalia, quien cifra su esfuerzo en identificar al Jesús de las grandes actitudes. En este sentido, el autor opina: “Y es por aquí por donde creo que la investigación sobre Jesús puede encontrar una vía de salida al ‘callejón sin salida’ en el que se encuentra. Creo que estamos en condiciones de recuperar las grandes actitudes o comportamientos básicos del Jesús de la historia. Los primeros cristianos -cuando anunciaban a Jesús muerto y resucitado- transmitían fielmente al menos el contorno de su figura, resaltando -con mayor o menor intensidad y según las nuevas y cambiantes circunstancias de sus comunidades-, los rasgos principales de su personalidad. Núcleo que abarca, al menos, cuatro rasgos distintivos de su personalidad histórica: a) su libertad suprema, b) su proclamación de la igualdad entre los seres humanos, c) su apertura universal a todos, especialmente a los excluidos de la sociedad, y d) su amor solidario, como resultado de sentirse poseído por el Espíritu del Dios-amor a quien llama “Padre”.

Para creyentes o no, este núcleo de 4 actitudes fundamentales de una persona de excepción como fue Jesús de Nazareth, puede constituir el referente más importante para creerle a Él y la misión que asumió aquí en la Tierra. Este constituiría el núcleo esencial de una fe, es decir de una Bioética militante que es decir practicante. Probablemente se nos oculten los datos místicos de una fe practicante, pero este núcleo de actitudes, sociológicamente constatable y valorable, de la persona rechazada que fue, nos puedan dar indicio de aquello en lo que vale la pena creer.
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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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