Opinión

Viñetas sobre Javidú / Memoria de espejos rotos

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When the shark bites with his teeth, dear

Scarlet billows start to spread.

Fancy gloves, though, wears Macheath, dear

So there’s not a trace of red…

Mack The Knife – Bertolt Brecht

 

Nada de lo que viene a continuación es desconocido. Pero vale la pena hacer una recapitulación, con el afán de dibujar un boceto de este penosísimo episodio de la vida pública del país. La detención del exgobernador de Veracruz, prófugo desde hace medio año -el impresentable Javier Duarte- nos pone en un escenario de meritorio análisis. El contexto, obviamente, tiene que ver con el Estado de Derecho, pero también con la supervivencia electoral del Partido Revolucionario Institucional. Sin afán de hacer “leña del árbol caído”, podemos establecer un boceto del fenómeno, que es posible explicar en algunas viñetas.

*Del origen del personaje. Javier Duarte tuvo una infancia más bien modesta. Su padre, Javier Duarte Franco, era panadero en Córdoba, Veracruz, actividad que comenzó a combinar con la política hacia mediados de la década de los ochenta. Javidú de niño ayudaba en el negocio familiar mientras su padre comenzó a ocuparse de una cartera en la Confederación Nacional Ganadera. En este encargo, el padre de Javidú tuvo el mal tino de ir a un encargo de la CNG al Distrito Federal; durante la mañana del 19 de septiembre de 1985 estaba hospedado en el Hotel Regis, que -en el temblor- se nos vino a caer. Luego de esa penosa orfandad, y de las adversidades propias que tal condición podría suponer, Javidú fue acogido por la familia del empresario cordobés Salvador Mansur, quien lo vinculó a Fidel Herrera. A partir de ahí comenzó la escalada en su trayectoria política.

*De la selección de su candidatura y posterior triunfo electoral. Luego de pasar por distintos cargos, tanto en la administración pública de su entidad, como en la legislatura, compitió contra el diputado local Héctor Yunes Landa en la interna del PRI por la candidatura a gobernador. Las múltiples adhesiones a favor de Javidú decantaron la balanza a su favor. De ahí a la elección: con una participación electoral de casi el 60 por ciento, el PRI le ganó a Miguel Ángel Yunes Linares (actual gobernador panista) el cargo de titular del Ejecutivo, por un margen de tres por ciento (prácticamente unos cien mil votos), con lo que el PRI obtenía también un bolso histórico en sus preferencias electorales en Veracruz, que le colocó, -además- en la mayoría de su legislativo local. Javier Duarte era –de facto- el priista mejor valuado en su entidad.

*De su relación con el presidente de la República y otros gobernadores priistas. Mucho se ha hablado de la amistad entre Peña Nieto y Duarte, así como la de éste con el actual candidato priista al gobierno del Estado de México, Alfredo del Mazo; y también con los demás gobernadores que EPN presumía con orgullo como una “nueva generación de priistas” y que -a la postre- resultaron denunciados por distintos ilícitos en su función pública. Sobre esta “generación de priistas” no hay mucho qué abundar: son una clara muestra de la decadencia moral de un partido que -ante la fragilidad en la permanencia del poder que supone la alternancia democrática- aprovechan los resquicios de su encargo para ir por todo, lícito e ilícito, sin asomo de vergüenza.

*De las denuncias durante su gestión gubernamental. Muchos tópicos fueron motivo de denuncia contra Duarte en el tiempo de su gubernatura, desde la educación superior (con la pésima relación del gobierno con la Universidad Veracruzana), pasando por la seguridad pública (con el aumento de homicidios dolosos y presencia del crimen organizado, en una entidad cuya seguridad pública estuvo bajo la tutela de la Marina), la violencia contra periodistas incómodos, hasta los sabidos desvíos de recursos públicos, evasión fiscal, y operaciones con dinero de procedencia ilícita. Carlos Puig publicó ayer en Milenio sobre las observaciones de la Auditoría Superior de Fiscalización por el uso de recursos millonarios no comprobados durante la gestión de Javidú, en las que es notorio cómo se disparan dichas observaciones una vez que EPN asume la presidencia en 2012. Es decir, el priismo cobijó al priismo.

*De las condiciones de su fuga. 50 días antes de concluir su mandato, Javidú solicitó licencia al cargo de gobernador, porque buscaría limpiar ante la opinión pública su nombre y el de su familia. Pero se esfumó ante la vista de todos, y con la presunta complicidad de funcionarios del gobierno de la entidad, todavía priista, y de operadores en el -también priista- Gobierno Federal. Ahogado el pozo, taparon al niño (o algo así) y ficharon a Duarte en la Interpol, le congelaron algunas cuentas (tanto de él como de empresas y presuntos cómplices); es más, hasta la PGR ofreció 15 millones de pesos por información que condujera a su captura, y comenzó “la gran” pesquisa para dar con su paradero. El caso es que, en su evasión de la justicia, hubo un embarradero que apenas comenzará a desmenuzarse, para tragedia de sus cómplices.

*De las condiciones de su aprehensión. Con información divergente, y hasta contradictoria, se hizo pública la detención de Javidú en un hotel de Guatemala, operada (con cuestionable coordinación) por la policía guatemalteca, la Interpol, y la autoridad mexicana. Dos datos interesantes: presumiblemente entró al vecino país con documentación apócrifa y aun así se hizo un trámite de extradición, en lugar de ejecutar la deportación. La esposa de Javidú permaneció libre a pesar de que sobre ella también se tendía la presunción de complicidad en el lavado de dinero. Esta opacidad ha dado cabida a todo tipo de especulaciones en detrimento de la confianza hacia el sistema de procuración de justicia mexicano.

*De las reacciones a la detención. Al ritmo de “para luego es tarde”, los priístas que antes eran amigos de Javidú festejaron su detención como una victoria del Estado de Derecho. Entre los priístas que no se contaban como amigos de Javidú hubo el mutis del hincha que ve perder a su equipo en semifinales. La situación del presidente es complicada, porque ejercer todo el peso de la ley (que, según analistas, alcanzaría a unos 70 años de cárcel para Duarte) y procurar un castigo ejemplar, lo pone en riesgo de que su relación con el implicado termine también por implicarlo, al menos indirectamente. En el caso contrario, el de una justicia laxa, pasalona, distraída, con expedientes “mal armados”, pondría al presidente y a su partido en otro episodio de desprestigio, del que serían incapaces de levantarse. Entre los malquerientes del presidente cunde la especie de que la detención fue algo negociado. Mal indicio que se fortalece ante lo turbio de la información. Por otro lado, vale destacar la penosa, y hasta cómica, reacción de AMLO: juzgar a Javidú como “chivo expiatorio” y “curarse en salud” sobre acusaciones que todavía ni se formalizan. La demencia senil se confunde con el miedo legítimo.

 

En conclusión, el episodio Duarte es una vergüenza para toda la clase política, y enciende las alertas para que el elector sea más crítico, se forme mejores criterios, y ponga mejor juicio a la hora de votar. El peso -obviamente- cae en los partidos políticos y sus procesos de selección de candidatos. Sin embargo, la responsabilidad no deja de ser de todos, porque es el colectivo el que forma su propio modelo de ejercicio del poder. El episodio Duarte nos retrata en nuestra peor faceta: un pueblo en el que aquel que no es corrupto, es permisivo.
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