Opinión

Análisis de lo cotidiano / Los médicos ¿se enferman?

La lógica más elemental diría que un profesionista dedicado a sanar enfermos, que conoce las causas de los padecimientos, que recomienda a su paciente las mejores medidas para estar saludable, que le prohíbe vicios y alimentos no nutritivos, le sugiere el ejercicio y prácticas higiénicas muy reconstituyentes, debería ser un monumento a la salud. No suele ser así. Los médicos también se enferman, lo cual parecería natural puesto que son seres humanos como todos sus enfermitos. Pero resulta que los estudios realizados por la Revista en Investigación Médica que publica la UNAM nos informan que son precisamente los médicos un gremio profesional que tiene un elevado índice de enfermedad ocasionada precisamente por su trabajo. Por principio de cuentas el estudio de su carrera ya representa un factor de agobio, porque es la licenciatura más larga que existe. El médico estudia siete años solo para tener un título de médico general, que en el Siglo XXI le sirve de poco, ya que con ello solo puede aspirar a ser un médico de consulta externa en una institución de seguridad social, en el mejor de los casos. En el peor, en médico de pueblo o de barrio alejado del centro y todavía más grave un consultor de farmacias de genéricos. Con lo cual se agrega el estrés de la insatisfacción. Pero supongamos que el joven galeno sí logró ingresar a un prestigiado hospital para hacer una especialidad. En la enorme mayoría de los casos eso significa que tendrá que mudarse de ciudad ya que esos centros hospitalarios de alta academia se encuentran en Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y alguno que otro lugar. El cambio implica trasladarse con todo y su familia o estudiar los tres o cuatro años que implica la especialidad separado de su familia. La residencia hospitalaria es una explotación. El médico trabaja jornadas agotadoras, sin descanso, con elevados niveles de angustia resolviendo casos extremos, soportando la exigencia de sus profesores, con preparación de sesiones, casos clínicos y además sin sueldo. Ya que al residente se le considera todavía un estudiante y entonces recibe una beca, que no tiene ninguna de las garantías de un salario y desde luego siempre es insuficiente. En la mayoría de los casos vive en el hospital y come comida hospitalaria, que suele ser sana pero desabrida, poco variada y escasa. Una vez que egresa del hospital, ya puede afincarse en la ciudad de su elección y a disfrutar de su trabajo. Pero no hay que olvidar que es una labor sedentaria, el médico está sentado en su consultorio. Y si es cirujano, pasa largas horas de pie, con sufrimiento de sus rodillas, tobillos y columna. Tal vez él decida hacer ejercicio por su cuenta. Solo que lo hará en las escasa horas libres que le deja su trabajo porque como dice el refrán popular “La enfermedad y el dolor no descansan”. Y todo paciente espera eso de su médico, que lo atienda cuando lo necesita, no después de su descanso. La citada revista de la UNAM publica en su número de junio 2017 una investigación realizada en el Hospital General de Zona No. 30 del IMSS en Mexicali, Baja California. Se estudió la depresión en los médicos internos y residentes. De los 70 jóvenes estudiados, 20 de ellos estaban deprimidos o sea el 28%. Tal vez el número no suena impresionante, pero resulta que se trata de médicos jóvenes, sin enfermedad orgánica. Usted imagínese que va al hospital a ser atendido por una emergencia y le toca que le atienda justo el médico deprimido. Desde 1920 hasta 1960 las escuelas de Medicina contaban con cadáveres para realizar disecciones en las clases de anatomía. Los maestros y estudiantes acostumbraban fumar pipa o habano para contrarrestar el mal olor de los cuerpos en descomposición o del fenol en el que estaban preservados. Al terminar los estudios habían adquirido el hábito y seguían fumando. Actualmente hay pocos médicos que fuman, pero ¿no es paradójico que un médico fume? En resumen, la próxima vez que visite a su médico véalo como el ser humano imperfecto y normal que es. Alguien que también puede enfermar y que además está más expuesto a los contagios infecciosos, la angustia, la fatiga, la depresión y la exigencia que usted mismo. Cuando somos pacientes, confiamos en que el médico nos ayude. No estaría mal que también él sienta que nosotros estamos dispuestos a ayudarle, comprendiéndole.  
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Héctor Grijalva

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