Opinión

El arte, las emociones y Samanta Schweblin / El peso de las razones

 

Para Alejandro y José

 

Desconfío, desde hace algunos años, de las distinciones que se hacen entre lo que llaman arte y otras cosas que no lo son. Desconfío, sin más, del concepto de “arte”. No creo, por ejemplo, que existan buenas razones para realizar una dicotomía clara y distinta entre el arte y el entretenimiento. Tampoco tengo nada claro que el concepto de “arte” tenga alguna pertinencia epistémica, ontológica o fenomenológica. Dejando de lado los terminajos: no me queda claro que el concepto nos haga entender o comprender mejor una obra, que de razón de qué es aquello que es, ni siquiera que explique nuestra experiencia ante ella.

El concepto de “arte”, sospecho, sólo tiene pertinencia sociológica y económica. Explica por qué se toman las decisiones que algunas personas toman frente a otras y sobre ciertas cosas. Explica, en pocas palabras, algunas conductas extravagantes: por qué -como en el simpático y perturbador drama de Yazmina Reza- alguien colgaría un lienzo en blanco en su sala y dilapidaría sus ahorros adquiriéndolo. Desde mi punto de vista -aclaro, el punto de vista del filósofo analítico y naturalista- casi todo lo que tiene que decirse sobre el arte ya lo hizo George Dickie en The Art Circle: una descripción minuciosa del mundillo al que pertenecen el curador, el crítico, el artista, el museo… Ese pequeño círculo existe, requiere explicación, pero no creo que sea lo que nos intrigue cuando solemos preguntarnos por el arte y su naturaleza. Mi última sospecha es que nuestras inquietudes no se pueden colmar con las respuestas de Dickie porque hemos planteado mal las preguntas. Lo que nos intriga no es un concepto simplón -repito, de corte más sociológico y económico- sino nuestra experiencia, ésa que pocas veces sentimos, pero nunca olvidamos, ante ciertas obras. El concepto pertinente -es mi hipótesis- no es el de “arte”, sino el de “emoción estética”.

Se ha investigado y escrito muchísimo en las últimas décadas sobre las emociones. Nuestra mayor comprensión biológica y neurológica del ser humano y otros animales no humanos nos deja al día de hoy un panorama mucho más fino y claro sobre esas cosas que tanto nos importan. Sabemos que las emociones han evolucionado y cumplen un papel vital en nuestra existencia. Sabemos que tienen una función pragmática. No obstante, en algunas ocasiones no sabemos bien por qué nos emocionamos ante cosas inexistentes, o nos emocionamos sin una función obvia en nuestra cotidianidad. Nos emocionamos en el cine, cuando leemos un libro, cuando contemplamos una escultura o un cuadro, cuando escuchamos una canción. No sólo sentimos miedo frente a una amenaza real en nuestra vida, también lo sentimos cuando leemos a Poe o Shirley Jackson. La explicación sigue siendo evolutiva, pero surgen nuevas preguntas: ¿por qué nos place aquello que nos emociona sin esta función obvia y cotidiana?, ¿por qué consumimos estos artefactos que buscan emocionarnos? Artefactos que nos infunden alegría, miedo, inquietud, asco o repulsión, ira, tristeza…, pueblan ya nuestro mundo como viejos y respetables inquilinos. Temo que la respuesta a estas nuevas inquietudes requiere mucho mayor claridad sobre la distinción entre emociones y emociones propiamente estéticas, así como sobre la naturaleza particular de cada uno de estos artefactos y los trucos que utilizan para generar emociones en nosotros. También se requiere mayor claridad sobre los premios evolutivos que recibimos al emocionarnos frente a ciertos artefactos. La primera conclusión a la que quería llegar ya se asoma: haríamos bien en dejar de pensar tanto en el arte, ese concepto o vago o relativamente simplón, y concentrarnos en el estudio de las emociones estéticas.

Al hilo de estas dudas y sospechas, pensaba en mi reciente lectura de Distancia de rescate de Samanta Schweblin. El libro no es una novedad editorial, aunque sin duda tendrá un segundo aire en las mesas de novedades. Publicado por Random House en España, y por Almadía en México en 2014, pasó con cierta gloria por las librerías, y gozó de muy buenas críticas. No obstante, fue en 2017, debido a su traducción al inglés por Megan McDowell, que Fever Dream ocupará su sitio debido como un clásico contemporáneo. Ha sido ya colocado en la Short List del premio Man Booker International 2017, al lado de gigantes como Amos Oz, David Grossman, y el ganador del Goncourt, Mathias Enard. No debería sorprendernos que lo gane el 14 de junio.

Distancia de rescate, ante todo, es un poderosísimo artefacto narrativo. Las emociones surgen desde la primera línea. Schweblin colocó las tuercas y los tornillos absolutamente necesarios, en sus poco más de 120 páginas, para generar en nosotros una inquietud exasperante. Se lee en una sentada, y no por su brevedad, sino por la emoción que la lectora padece mientras lee cada frase. Su tema es uno perenne: el lado oscuro de la experiencia de la maternidad. Es intrascendente discutir si es una novela, un relato largo o una nouvelle, es simplemente un ejercicio magistral de narrativa. Schweblin quiso contar una historia y buscó la mejor manera de narrarla: nada es accesorio, ninguna frase es baladí, ninguna página es intrascendente. Schweblin construye Distancia de rescate a partir de una analogía (también una metáfora) brillante: la relación entre una madre y su hija se tensa como la cuerda de una caña de pescar. Siempre, en todo momento, una madre piensa en la distancia de rescate: “esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería”. Schweblin tiene una hipótesis desgarradora: se haga lo que se haga, siempre la tragedia acecha. Siempre se arriesga más de lo debido. Un diálogo delirante guía la estructura narrativa, la tensa, la empuja, la regresa. Es un thriller accidental, en cuanto a su forma, pero ante todo es una tragedia clásica. Una lectura no basta. Siempre regresaremos, cuando pensemos en la maternidad, a Distancia de rescate de Samanta Schweblin.

Quisiera imaginar que Borges, si hubiese prologado esta joya de Schweblin, hubiese escrito lo mismo que en el prólogo a La invención de Morel de Bioy Casares: “no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta”.

 

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Mario Gensollen

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