Opinión

Aspirar a la justicia / Disenso

 

No es un asunto sencillo: estamos evidentemente agraviados. Nos sentimos inseguros y paranoicos y muchas veces imponentes. Sentimos una fuerte y evidente animadversión por los delincuentes pero también por el sistema que parece inoperante para combatirlos y neutralizarlos. No es un asunto sencillo y sin embargo hemos de aceptar que estamos confundiendo justicia con venganza. Sentimos que estamos tan lejos de la primera que fantaseamos con tener la segunda. Nos equivocamos.

Hace ya milenios, Aristóteles, probablemente el hombre más sabio que ha pisado esta tierra, señalaba que, entre todas las virtudes, la justicia es la mayor. Porque a diferencia de las demás que pueden aplicarse para uno mismo y no para los otros, ésta siempre se aplica para uno mismo y para los demás. La justicia es la virtud que acoge todas las virtudes. La injusticia es el vicio que sintetiza todos los vicios.

La estructura de justicia que tenemos ha probado funcionar. Debemos, por supuesto, aceitarla, demandar que se lleve a cabo, alentarla y vigilarla; pero también protegerla. Hacer “justicia por mano propia” es un concepto equivocado por donde se le mire. Es difícil mantener a raya la pasión, nadie lo niega, pero esa pasión en este caso en particular lleva a un lugar equivocado y oscuro.

No puede haber mayor deseo para una sociedad virtuosa que funcionar bajo un Estado de derecho. Los linchamientos, los movimientos ciudadanos que abogan por la violencia como retribución de la violencia no responden a ese espíritu. Escribo motivado, por supuesto, por el caso de Hugo Luján, a quien hoy conocemos por su apodo, y quien en días pasados fue muerto en Aguascalientes. Se dice que tenía 195 ingresos. Se ha usado este número como una especie de explicación (o justificación) de por qué merecía la muerte. La conclusión es apresurada por donde se le mire: no poseemos el historial de esas detenciones. No sabemos a qué obedecen cada una, si todas partieron de un delito, si algunas fueron faltas administrativas, por riñas o incluso por una actitud sospechosa, por la vestimenta, por la hora en que deambulaba por la calle. No estoy intentando hacer una apología sobre sus actos, justamente porque los desconozco. Estoy intentando dejar claro que a veces llegamos a conclusiones sin los elementos suficientes para que éstas sean realmente juiciosas.

El principio general sobre la defensa legítima está establecido y señala que una vez que se logró someter al agresor no debe continuarse con violencia. Este principio lo queremos en la sociedad, tanto para “civiles” como para policías. No tener establecidos este tipo de límites es realmente peligroso. En el caso concreto del proceso de muerte de Hugo, yo desconozco si se acreditó legítima defensa, cuáles con los pormenores del procedimiento. Es probable que usted, lector, también; y entonces el juicio sobre la inocencia o culpabilidad de los involucrados es temerario.

Por otro lado, este lamentable incidente vuelve a ser motivo de cuestionamiento sobre Los Derechos Humanos. Hay quienes repiten que éstos sólo sirven para defender delincuentes. Hablar en estos términos sólo dimensiona lo mucho que necesitamos entenderlos. Tenemos, aunque esto nos exija demasiado, que ser mejores que los delincuentes. Tenemos que ser mejores que los que nos agravian. Al menos, supongo, a eso aspiramos.

/Aguascalientesplural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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