Cultura

Breves palabras para celebrar la grandeza de Carlos Fuentes (*), por Eduardo Lizalde

 

Carlos Fuentes fue desde su presencia juvenil en México, imprevisible y sorprendente, su primer libro de cuentos, Los días enmascarados, que publicó en su colección el indiscutible grande maestro Juan José Arreola, es una obra magnífica, editada apenas cuando Fuentes cumplía 24 años y que ya se diferencia de la de sus esplendorosos antecesores, Arreola mismo y Rulfo, sobre de los que Octavio Paz llegó a decir: son de los pocos autores de libros que se pueden considerar rigurosamente perfectos. Y desde esos años, 1953-54, se sabía que Carlos planeaba una novela, de la que publicó algunos textos que la anticipaban, sobre la Ciudad de México y su gente; todos sus amigos habíamos ya, éramos Fuentes y yo de la misma edad, que planeaba darle un título inspirado en un epígrafe que Alfonso Reyes había escrito en un viejo libro sobre América y el mundo mexicano: Viajero, has llegado a la región más transparente del aire y caminando por el pasillo del edificio de Justo Sierra 16 hacia el despacho del poeta García Terrés, que editaba la revista de la UNAM, en la que todos publicábamos alguna cosa, Carlos le preguntó ¿Cómo crees que deba titularse la novela La región más transparente del aire o sólo La región más transparente? Todos le decíamos ese es el título, no tienen por qué ser más largo, y así lo tituló: La región más transparente, porque el famoso epígrafe de Reyes tenía una intención celebratoria y poética, inspirado en las innúmeras crónicas de la ciudad y del Valle de México, que todos los viajeros y residentes de los últimos siglos elogiaban por su clima primaveral y su belleza, amparada por un aire que ya no era tan transparente en esos años en que estaba por inaugurarse la nueva Ciudad Universitaria en el sur de la urbe, y el título de Fuentes, que no tenía intención poética alguna sino intención evidentemente irónica era, entonces, el más apropiado.

La novela redactada por Fuentes y que terminó por publicar a los 28 años de edad, en 1958, fue esperada con expectación por muchos lectores, vale la pena recordar algunas cosas que sobre ella se escribieron al salir de las prensas. Octavio Paz que todo lo leía con sus ojos de águila, publicó en 1967 un comentario sobre esa edición y los notables libros del autor, Las buenas conciencias, La muerte de Artemio Cruz, celebrada como obra maestra, Zona sagrada y Cambio de piel, censurada en España, por cierto, y antes otro libro de cuentos de primer orden, Cantar de ciegos, de 1964, decía Paz, en Corriente alterna (1967), después de este libro extraño, Los días enmascarados, Fuentes ha publicado cinco novelas, una nouvelle, palabra imperfecta a un tiempo, como lo exige el género, la geometría es la antesala del horror, y otra colección de cuentos, su primera novela La región más transparente parece una respuesta a sus cuentos juveniles, la transparencia se opone a la máscara, primera visión moderna de la Ciudad de México, este libro fue una doble revelación para los mexicanos, les mostró el rostro de una ciudad que, aunque suya, no conocían, y les mostró a un joven escritor que desde entonces no cesaría de asombrarlos, desconcertarlos e irritarlos.

El texto de Paz es magnífico y penetrante y hay que volver a leerlo, como aquel del 72, en el que afirmaba, también el poeta más tarde, no es raro que Fuentes, por la brillantez de sus dones, la resonancia de su obra y la índole de la pregunta que se hace y nos hace, haya provocado la irritación, la cólera y la maledicencia, escritor apasionado y exagerado, ser extremoso y extremista, habitado por muchas contradicciones, exaltado en el país del medio tono, irreverente en una tradición que ha convertido su historia trágica y maravillosa en un sermón laico y ha hecho de sus héroes vivos en una asamblea de pesadas estatuas de yeso y cemento.

El ensayo es largo, el de Octavio Paz, por supuesto, y no es raro en Paz, cuya enorme estatura y obra alcanzan con justicia la importancia universal que hoy tiene el poeta, después de él, sólo Fuentes como prosista y narrador es entre los del nuevo siglo XX el que alcanzó un reconocimiento de semejantes proporciones. En el año de su publicación y muchos años después, continuaron publicándose textos y opiniones críticas en México, Latinoamérica y el mundo sobre esa primera novela de Fuentes, y hay que decir que las páginas escritas sobre toda su obra, en varias lenguas, ocuparían un espacio impreso y un número de páginas mucho mayores que los varios miles de cuartillas de su obra y que, hacer aquí, en este breve homenaje, un comentario sobre todo lo publicado por este autor sería tarea imposible e innecesaria, siendo que las más ilustres plumas del mundo han consumado con creces esa labor; por lo demás, es recomendable la bella edición de La región más transparente que la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron a las prensas para celebrar el 50 aniversario de La región más transparente, porque en la nota inicial de este libro se advierte que para consumar la ardua labor de preparación y fijación del texto original se contó con la colaboración de un calificado equipo, el Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española y que lo publicado en este ejemplar, en otras palabras, es un texto nuevo, completamente revisado por el autor, en el que se recuperan algunas lecturas anteriores a 1958, se recogen casi todas las nueve redacciones que se hicieron para 1972 y se corrigen las erratas, también se aclara en la nota que se tomaron en cuenta para este libro conmemorativo las diferentes ediciones modernas de la novela, y en especial, la preparada por el Fondo de Cultura Económica en el año 2007 por María Pizarro Prada y Julio Ortega, por cierto, uno de los más destacados e inteligentes estudiosos y críticos de la obra entera del escritor. En la edición de las Academias, aparte de los ensayos de los mexicanos Gonzalo Celorio, José Emilio Pacheco y Vicente Quirarte, se incluyen textos de Carmen Iglesias, Sergio Ramírez, quien por cierto recibió en su segunda edición este premio con el que hoy se me distingue, de la ilustra brasileña Nélida Piñón, y de Juan Luis Cebrián.

A mí me ha interesado redescubrir notables escritos de otros autores, precisamente en el año de la primera edición de la novela, y entre ellos, lo publicado por el sabio y viejo y crítico escritor y amigo guatemalteco Luis Cardoza, que en mayo dijo, al publicarse la novela: es una novela negra, es la revolución, pero habría que preguntarnos si lo negro es o no cómo vive en la novela. Tiene razón Luis Cardoza, con el que tantas veces hablamos de las mayores obras de los novelistas de la revolución mexicana, testigos y actores de esa trágica jornada de principios del siglo XX, son esas obras, se han preguntado, muchos historiadores, no un elogio sino una crítica descarnada, aparte de una apasionada crónica de los aspectos más oscuros de ese movimiento costoso y estremecedor. Y algo más decía Luis Cardoza en esa primera lectura, ¿quién ha tenido el valor para escribir páginas tan dolorosas, tan enfebrecidas y tremendas?, aquí está en primer término una creación literaria, con fervor por lo suyo, sin señoritismo, sin hipocresía, con furia parcial como toda furia, que en el fondo es lo contrario donde lo abúlico y lo escéptico, pero con todo y los cientos de reseñas que en México y en otros países se publicaron sobre La región más transparente, Fuentes estaba consciente de que su audaz primera novela abría en su país las compuertas de un aire nuevo, y una sensibilidad y estética que se adelantaba a la era de una brillante secuela de obras innovadoras y magníficas, como la Rayuela del fogueado Julio Cortázar, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, o la del muy joven y brillante Mario Vargas Llosa con su refulgente La ciudad y los perros, que circularían en el ambiente de la gran literatura latinoamericana junto a trabajos magistrales como Paradiso del cubano Lezama Lima, Tres tristes tigres del también cubano Guillermo Cabrera Infante, pronto censurado y exiliado, o El siglo de las luces del espléndido Alejo Carpentier.

Y no se contuvo Fuentes gracias a la conmoción que su novela había producido en México y en otros países para proceder a la extensa serie de libros a la que Octavio Paz se refiere en esa nota del 67 y entre los cuales se encontraban varias obras animadas por el mismo temple y la prosa perfecta que sería característica de todos los siguientes ensayos y novelas del autor que con su talento impresionante y su imaginación desbordada llevó a las prensas, todas ellas de complejidad pasmosa, factura impecable y variedad temática indiscutiblemente novedosa y seductora. Como lo dije en una intervención improvisada durante la presentación de su libro El instinto de Inés, al que Carlos me pidió que lo acompañara en el año 2001, todos sus conciudadanos sabíamos que su obra, que ya había alcanzado la inmensa celebridad conocida, continuaría produciendo hasta el final de su vida, no como la tarea de un autor prolijo, sino como las aguas incesantes de las cataratas del Niágara o del Iguazú. En esa época, decidió el escritor donarnos para la Biblioteca de México una colección de toda su obra en lengua española, y más de un centenar de sus libros impresos y traducidos a más de una docena de lenguas en numerosos países; pero no quisiera terminar este recuento y modesto homenaje a Carlos Fuentes, sin mencionar un libro monumental, que representó para el autor un ejercicio agotador que lo llevó a la redacción verdaderamente sinfónica y apasionada de ese monumento que constituye el millar de páginas de ese libro denominado Terra Nostra, publicado en México en 1973 por la editorial Joaquín Mortiz, no podían faltar en esa bella edición con portada del pintor Alberto Gironella las palabras de un colega cercano y magnífico escritor Juan Goytisolo, que en la presentación del volumen decía: paradigma de creación paralizante, de desgarramiento fecundo de la escritura, del saqueo intelectual, entre comillas, de todo el ámbito de la lengua española, Terra Nostra no es sólo la obra mayor de Carlos Fuentes, constituye también, sin lugar a duda, uno de los grandes monumentos de la novela escrita en nuestro idioma, pero hay que agregar que en ese 1975 quedaban al autor más de 40 años de vida, en los que prosiguió la redacción de los libros que se hallaba aún redactando en el momento de su inesperada y violenta desaparición, hace cuatro años, cuando lo sorprendió la muerte con la pluma en la mano y en condiciones de absoluta lucidez y energía. Terra Nostra, ese libro fascinante, no es ni una novela ni un ensayo imponente, sino auténticamente un inmenso poema en prosa, de un poderío verbal y belleza sin precedente en nuestra literatura, no quedó a salvo Terra Nostra que muchos cándidos tacharon de alarde excesivo e ilegible de padecer muchas injusticias, como la de su amigo Carlos Monsiváis, que con hiriente ingenio declaró necesario sería para mí, cuando menos dos becas Guggenheim para leer Terra Nostra, aunque por cierto, Monsiváis, lector implacable, sí leyó el libro, sin las dos becas Guggenheim, y acaso tenga tiempo aquí para transcribir unas palabras del 2005 que son parte de un ensayo de uno de nuestros más jóvenes pero nada complaciente crítico, Christopher Domínguez Michael, quien en su Diccionario crítico de la literatura mexicana declaraba: Terra Nostra ha tenido una influencia enorme y escasamente reconocida en los narradores hispanoamericanos empeñados en continuar con la “Crónica de Indias”, y agregaba Christopher en otro párrafo: la dificultad de lectura de Terra Nostra que desalentaría a los blandengues y aterrorizaría al lector que Fuentes también corteja se vería compensados por la sonora belleza de su prosa.

Y mucho más podría decir hoy sobre este escritor, pero termino con las palabras de otro de sus calificados admiradores, desaparecido hace pocos años, José Emilio Pacheco, quien consideró en 2008 que Fuentes ya no es nada más el gran novelista de su país, sino de todo el mundo hispánico. Gracias.

 

 

(*) Transcripción de las palabras de Eduardo Lizalde con referencia a la obra de Carlos Fuentes, durante la entrega del Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español en el Salón Adolfo López Mateos de la Residencia Oficial de Los Pinos.


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