Opinión

La civilización de la barbarie / Alegorías Cotidianas

Escuchar noticias sobre violencia de género es ya más habitual que antes. Aun si el machismo se vive en los hogares mexicanos día tras día, la ira y el peligro es mayor. Aguascalientes tiene 22 homicidios de mujeres sin aclarar desde hace unos años además de que hay varias mujeres desaparecidas cuyos casos no se han reportado al sistema.

Las aguascalentenses, como un gran número de mexicanas, no tenemos seguridad física, caminamos por las calles y todas podemos ser presas de los agresores de una manera u otra. Los “piropos” con gran connotación sexual explícita, así como onomatopeyas absurdas y agresivas hacia nuestra persona son la hiel de cada día. Desde albañiles, trajeados, policías, transeúntes, jefes, compañeros de escuela o de trabajo llevan a la práctica cotidiana la violencia sexual de palabra, hecho y obra.

La cuestión de la vestimenta no es un pretexto para los manoseos y pellizcos en las nalgas de las mujeres mientras caminan en las calles, para ese tipo de acoso no se necesita ser ni bonita ni fea ni alta ni baja ni delgada o gorda pues todas en algún momento de nuestra vida hemos pasado por ello. El “se lo buscó porque andaba muy embarrada o muy rabona” no existen, una puede traer un vestido largo y flojo donde no se marque la figura e igual en un descuido nos nalguean en la calle. Y qué decir de los que llevan a sus novias de la mano o la cintura y se les tuerce el cuello con tal de ver, morbosamente, a la chica que pasa por enfrente.

El acoso callejero no lo entienden los hombres porque ellos no lo viven, de manera personal no conozco algún varón que se haya quejado por ser nalgueado o víctima de piropos inapropiados en la calle ni tampoco las mujeres andan tras ellos en el camión, la fila de pago de un servicio o en la calle embarrándoles los senos como ellos acercan su zona genital en nuestros traseros.

Y qué decir de los acosadores en bicicleta quienes persiguen a sus víctimas con el fin de disfrutar ver el cómo huyen de la situación al verse acosadas sexualmente por ellos. Lo peor no es que existan este tipo de sujetos, sino que muchos se ríen y no hacen nada para detener la situación, ante un acto violento se vuelven copartícipes de ello.

El problema ante el acoso callejero es que no se cree que lo es así que las acciones discriminatorias aumentan por el hecho de no ser reconocidas como violentas.

El problema con la violencia es que estamos acostumbrados a verla y ya no la percibimos, además de que continuamente la minimizamos, a veces entre nosotras mismas y casi siempre entre los hombres.

Por ejemplo, las mujeres no sólo reciben salarios menores, sino que cuando tienen a su mando a personal masculino este tiende a negarse a cumplir las órdenes y cumplen con su trabajo sólo cuando les da la gana. Algunos otros argumentan ante los superiores que como son mujeres no tienen las habilidades intelectuales para el cargo y como se niegan a ser dirigidos por una chica la sabotean e inventan un sinfín de tretas para salirse con la suya y demostrar que tenían la razón.

Uno de los estudios de WomanStats revela que en los hogares mexicanos no hay igualdad por lo tanto las leyes y prácticas en familia son en parte inequitativas y en lo equitativo no son respetadas, de ahí que cuando los hombres son liderados por mujeres se resisten a acatar órdenes y cumplir con su trabajo.

De alguna manera, aunque se niegue, las prácticas de violencia de género son un reflejo de cómo se vive en casa.

Según la consultora PwC para erradicar la brecha salarial entre hombres y mujeres en México tendríamos que esperar 98 años para presenciarlo pues se estima que para 2115 la igualdad salarial se establezca mientras, en 2017 tenemos que sufrir aún por ello. El mismo estudio indica que sólo el 2% de la población femenina en México está desempleada mientras el 18% de los hombres no ejercen ninguna actividad remunerada.

Los indicadores señalan que el 32% de las mujeres trabajan tiempo completo, un 12% lo hace medio tiempo y el 53% está “fuera de la fuerza laboral” lo que faltaría incluir en este estudio es que si sumamos los tres porcentajes el 100% de esa sumatoria trabaja en el hogar en porcentajes indistintos que varían desde el 100 hasta el 25%.

Aunque hay menos mujeres desempleadas, en el hogar, la política, la cultura, la educación, su voz es minimizada y pareciera que sus errores son mayúsculos sólo por el hecho de ser mujer.

Socialmente cuántos actos se les permite a los hombres mientras que por los mismos las mujeres son señaladas, como portar un condón en la cartera, el número de parejas sexuales simultáneas o espaciadas, beber en público, etc…

Para que las políticas públicas sobre violencia de género puedan ser aplicadas es necesario que la sociedad cambie su paradigma, reconozca la realidad y se una contra las agresiones psicológicas, sexuales, económicas, físicas contra las mujeres. El cambio no está en otra parte más que en la voluntad de cada uno de nosotros.

Como mujeres, las aguascalentenses necesitamos unir nuestras voces, informar sobre lo que es la violencia de género, capacitarnos, hacer grupos de apoyo para poco a poco cambiar la situación de nuestra integridad pues, si esperamos a que lo haga el gobierno, nunca se aplicarán las leyes para que la violencia pare.

El problema no es que en la feria se reúnan todos los violentadores a hacer de las suyas, el problema es que ocurre día tras día y no para.

 

Laus Deo

@paulanajber

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Paula Nájera

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