Opinión

La derrota de Le Pen

 

Le heure est a l optimisme, liassons le pessimisme peur les temps mellieures

Oído en algún lugar de la izquierda

Una breve síntesis del reciente proceso electoral francés se podría hacer más o menos así: el joven banquero neoliberal Macron, derrotó claramente a la racista, xenófoba y nativista Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones francesas del 7 de mayo pasado. Panorama inédito, desde luego. Esto porque la derrota de Le Pen es solo el comienzo de la lucha de la sociedad francesa contra el neoliberalismo, pues con el advenimiento de la ya larga crisis económica del sistema-mundo, el llamado establishment aprieta para mantener altos beneficios, habida cuenta de que ya no puede exprimir mucho más a los países del sur, a la naturaleza y a las generaciones futuras -vía deuda-. Así, la explotación regresa sin jamás haberse ido del todo a la vieja Europa, que solo aguantó unas cuantas décadas exportando los problemas a otras latitudes del mundo.

Sabemos que la democracia liberal, asentada sobre una economía guiada por el lucro y articulada por el mercado, siempre intenta estrategias ante las crisis, que son cíclicas y propias del modelo de acumulación, jerarquizándolas en virtud del peligro que represente otra alternativa para el establishment. Cada estrategia tiene su momento, pero suelen aparecer rasgos de todas en cada situación histórica. La primera, pasa por convencer(nos) de que no hay ninguna otra salida. Los economistas que optan al Nobel o los científicos de “alto nivel”, los ardientes defensores de los transgénicos, por ejemplo, son muy útiles en esa fase. En segundo lugar, se articula una gran coalición entre dos grandes partidos históricamente hegemónicos y sus satélites -que es otra manera de decir que no hay alternativa-, de manera que se junten las lógicas de “centro-izquierda” y “centro-derecha” en una ensalada sin pies ni cabeza. Es el momento de los partidos familiares, de los remedos de partido, y de los periodistas del establishment (como Ciro, Denise o Joaquín), así como de todos los beneficiarios del sistema. La tercera consiste en buscar a un populista de derechas -Trump, Farage, Le Pen-, que agitará al sistema pero nunca lo cambiará (ahí están los great-great vacíos-vacíos primeros cien días del nixoniano Trump o la convocatoria a elecciones anticipadas de la señora May en Gran Bretaña), que ofrecerán mucha identidad pero poca sustancia para el nativismo autóctono.

Cuando fallan los demás hay una cuarta estrategia que en México conocemos muy bien: el autoritarismo, la represión policial o militar, el estado de excepción o bien las bandas paramilitares o de narcotraficantes toleradas, solapadas y asociadas con el poder político y económico. En todas ellas, las mayorías van a pagar los platos rotos por las minorías, en lo que bien se podría llamar Anomia Social o bien estado de excepción en el sentido agambeniano.

Entonces, Le Pen representa claramente la fase del populismo de derechas. Macron es la fase de la gran coalición, que siempre dice mentiras disfrazadas de verdades. Y por eso llegamos a callejones sin salida como el del domingo pasado en Francia, pues cuando un fascista en Europa da una paliza, niega el Holocausto o desprecia a los inmigrantes es muy fácil identificar el acto de abuso y perseguirlo. Pero cuando Macron afirma en campaña que “hay que dejar de proteger a los que no pueden y no van a tener éxito”, genera y justifica mucho más apartheid social que todas las bandas fascistas, racistas o antiinmigrantes juntas de Francia, pero es mucho más difícil de identificar y de repudiar.

Desde luego que no se discute la necesidad imperiosa de detener a Le Pen, pues su triunfo hubiese significado para Francia tirar a la coladera décadas de lucha contra el pasado europeo más oscuro, como el de las dos guerras mundiales con sus millones de muertos, los gulag, el Holocausto, los campos de concentración y la destrucción total de muchos países. Pero el gesto de los millones de francesas y franceses que votaron por Macron tapándose la nariz, tiene que servir ahora para quitarle el disfraz neoliberal al nuevo gobierno francés. Macron significa más Hollande, su padrino político: privatización, recorte, pobreza, venta de armas a países en conflicto, más guerra en Medio Oriente, más intervención armada y mejor sostén de satrapías acá y allá. Y por supuesto: Las “banlieus”, esos ghettos étnicos de las periferias urbanas francesas donde el Estado no existe. Es el reinado del capital financiero y el mantenimiento de una Europa al servicio de los mercaderes. Por eso, desde ya, toca desenmascarar a Macron. Porque el Plan b del establishment, que se apellida Le Pen, volverá más temprano que tarde y puede agarrar a contrapié y mal parada a la Francia insumisa y demócrata. Por ahora, la democracia francesa, con su sistema de balotage semi presidencial, funcionó razonablemente mejor que el presidencialismo decimonónico  yanqui o que el viejo parlamentarismo inglés y su Brexit, descarrilando el plan b con Le Pen. Ahora toca a Francia arreglar algunas cosas con Macron, que como se sabe, es un joven banquero neoliberal.

Queda claro entonces que la derecha votó en Francia tanto a Macron como a Le Pen, y que sumada, es la mayoría. La izquierda, dividida como casi siempre, se abstuvo, votó en blanco o bien votó a Macron ante la amenaza fascista de Le Pen. Es decir, que churchillianamente los franceses eligieron el mal menor.

Sin embargo, la tendencia a romper el bipartidismo tradicional parece crecer y confirmarse. Ya ocurrió en España con la irrupción de Podemos, también en Italia con el Movimiento 5 Estrellas. Luego en Estados Unidos con los nefastos resultados conocidos, y ahora en Francia con el joven Macron.

Pero, claramente, Francia necesita actualizar esos valores revolucionarios de igualdad, libertad y fraternidad y dotarlos de nuevos y mejores Derechos Sociales. Su resistencia es clave para la liberación de unos enemigos que como estamos viendo, obedecen a los mismos intereses globales en todas partes. Le Pen existe porque existen los Macron y los Hollande, los Sarkozy y los Valls, al igual que Trump es hijo de Obama y de los Clinton. Pero 11 millones de votos, uno de cada tres franceses por una candidata de ultraderecha, antisemita y xenófoba, no es un asunto menor. Si “La France Insoumise” de Mélenchon y las fuerzas de izquierda del desfondado partido socialista, así como los trotskistas y otros movimientos sociales hubiera ido junto, sería Mélenchon y no Macron el presidente de la República Francesa. En todo caso, lo que hace grande a Francia es, como bien recuerda Castañeda (citando a Althusser): “los franceses siempre hacen lo debido”. Y eso distingue a un país serio de todos los demás.

Para la sesuda comentocracia autóctona, un aviso oportuno: no hay “macrones” en México y aunque los hubiera, de poco nos servirían por todas las razones comentadas. Por lo demás, no serán liderazgos “independientes” quienes resuelvan los ingentes problemas de un país sumido en una profunda crisis sistémica de corrupción, inseguridad e impunidad. Así que el esfuerzo de regeneración nacional tendrá que ser más que nunca en colectivo, pues no hay liderazgos iluminados ni milagrosos.

Cola. El 9 de mayo se cumplió el 72 aniversario de la toma y ocupación del Reichstag de la Berlín nazi por el Ejército Rojo. Suele olvidarse, pero fueron los soviéticos y no las fuerzas aliadas quienes infligieron la derrota final al nazismo. Por eso los ahora rusos llaman a la efeméride el aniversario de la Victoria en La Gran Guerra Patria (no sin razón, pues hoy se sabe que unos 27 millones de sus compatriotas murieron durante la guerra).

@efpasillas


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Enrique F. Pasillas

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