Opinión

La fortuna moral / El peso de las razones

Para Alejandro Mosqueda

 

Pues la felicidad requiere, como dijimos, una virtud perfecta y una vida entera, ya que muchos cambios y azares de todo género ocurren a lo largo de la vida, y es posible que el más próspero sufra grandes calamidades en su vejez, como se cuenta de Príamo en los poemas troyanos, y nadie considera feliz al que ha sido víctima de tales percances y ha acabado miserablemente.

Aristóteles, Ética Nicomáquea 1100a 4-10

 

Existen incontables modos en los cuales atribuimos responsabilidad moral a las personas. Una manera, quizá la más intuitiva para muchas, es tener en mente las intenciones de quien actúa. Así, eres o no responsable de tus actos y sus consecuencias si tuviste la intención de hacer aquello que hiciste. La intención, así, parece un puente que nos permite ir de lo hecho a la responsabilidad por hacerlo. Pero no es la intención ni una condición necesaria ni una suficiente para atribuir responsabilidad: puedes haber tenido la intención de hacer algo y no ser responsable de haberlo hecho, o bien puedes no haberla tenido y ser responsable. Esto sucede porque -como pensaba el gran Bernard Williams- existen otros elementos involucrados en nuestras ordinarias atribuciones de responsabilidad: la causa, el estado mental y la respuesta.

Piénsalo por un momento: causamos innumerables acciones o sucesos que escapan a nuestras intenciones. Por accidente, imprudencia, descuido, negligencia o inadvertencia muchas veces ocasionamos lo indeseable: lastimamos física o psicológicamente a otras personas o a nosotros mismos, o fallamos en nuestros objetivos o deberes. Haber causado algo considerado censurable o incorrecto es quizá -sobre la intención- el elemento principal para atribuir responsabilidad. Incluso -a modo de disculpa- muchas veces negamos haber sido la causa de la tragedia, apelando a la falta de normalidad de nuestros estados mentales (e.g., haber bebido mucho, haber estado turbados por un estado emocional…). Otras veces, no hace falta ni la causa, la intención o la presencia de un estado mental considerado anormal para atribuir responsabilidad: a veces nos corresponde a nosotros compensar el infortunio, nos toca dar respuesta. Todos estos elementos juegan papeles habituales, otras veces extravagantes, cuando atribuimos responsabilidad. No pocas veces nuestras atribuciones de responsabilidad son claramente irresponsables.

Sobre el elemento de respuesta o compensación cabe ser más claro. Existen demasiados ejemplos de puritanismo y moralismo cotidianos. Los activistas muchas veces hacen un flaco favor a nuestra comprensión de la responsabilidad. Alegan que todas y todos somos responsables de las desgracias que figuran su agenda: no separamos la basura, comemos carne, usamos el automóvil… Para ellos, todas y todos somos responsables del calentamiento global, los excesos de la industria alimentaria, la pobreza, la desigualdad, el SIDA y un enorme etcétera. Lo somos -seamos o no la causa- debido a que estamos en posición de dar respuesta a estas situaciones, compensando la tragedia o la injusticia. Un ejemplo singular lo dio recientemente Peter Singer, el afamado utilitarista: todas las personas que percibimos arriba de cierto ingreso somos responsables de compensar los estragos de la pobreza donando un porcentaje de dicho ingreso. Pero ¿acaso todos los problemas de nuestro mundo maltrecho son morales? ¿Acaso todas y todos debemos dar respuesta a cualquier problema público? No lo creo. Por lo mismo, el elemento de respuesta necesita acotaciones: no sólo se requiere ser capaz de responder o compensar, sino estar en la mejor posición, o en la posición que implica el deber de compensar. A mí no me queda claro ni que todos los problemas aludidos por los activistas sean morales, y mucho menos que la ciudadanía sea la que esté en la mejor posición o en la posición que implica un deber de compensar los daños. El activismo habitualmente se muerde dolorosamente la propia cola: redirecciona responsabilidades gubernamentales a la ciudadanía. El activismo haría bien en volcar sus ataques contra las instituciones y no contra las personas.

Causa, intención, estado mental y respuesta son los cuatro elementos que figuran en nuestras cotidianas atribuciones de responsabilidad. No obstante, algunos filósofos morales, juristas y psicólogos se olvidan de un elemento corrosivo en nuestras prácticas morales cotidianas: el resultado. All things being the same -como piensan los anglosajones- muchas veces el resultado escapa cualquiera de nuestras consideraciones. Piensa que, como todas las mañanas, sacas tu automóvil de la cochera. Habitualmente lo haces un poco adormilada, tienes la normal precaución, el alumbrado es suficiente… Un buen día cruza el hijo de tu vecina mientras echas el vehículo en reversa. Imagina dos situaciones idénticas en todo lo que estaba bajo tu control. No cambia nada en ti, en tus precauciones, en tu cuidado. Todo es exactamente igual en los dos escenarios. En los dos golpeas al niño con el coche. En los dos, él cae en la banqueta. Sólo que en uno sólo sufre un raspón en la sien y en el codo, en el otro se golpea con una piedra que sobresale del suelo y muere. ¿Acaso no el resultado, en algunas ocasiones devastadoras y trágicas, es el que determina la atribución de responsabilidad? En el primer caso no pasará de una disculpa y el susto. ¿En el segundo?

Pienso que nuestras prácticas morales, sus conceptos y relaciones, están sujetas a la fortuna. Y esta sujeción es trágica e imponderable. Nuestros sistemas legales no pueden lidiar con la fortuna, y parece que ello es deseable. Pero no debería serlo así para nuestros sistemas morales. “Shit happens” es quizá la frase que mejor captura nuestra posible sujeción a la fortuna moral. Quizá tenía razón Aristóteles: no se puede ser feliz sin buena suerte. Quizá la felicidad, en algún grado importante, no depende de nosotros.

 

[email protected] | /gensollen |@MarioGensollen

 

The Author

Mario Gensollen

Mario Gensollen

No Comment

¡Participa!