Opinión

El otro y la tragedia / El peso de las razones

Conocemos la tragedia de Otelo y Desdémona. Ya es un lugar común en nuestra comprensión de los celos, sus arritmias, su lógica devastadora. La tragedia de Otelo está construida bajo un doble esquema temporal, histórico y dramático, que empieza a desarrollarse de manera paralela pero divergente y que logra que el drama funcione con la misma rapidez con la que Otelo cae en “la noche oscura de los celos”. Este esquema es perfectamente deliberado: Shakespeare quiere hacer notar que no hubo el tiempo suficiente para que el adulterio de Desdémona fuera consumado, y que las sospechas de Otelo, inducidas por Yago, son absurdas. Según la lectura que realiza Stanley Cavell de la tragedia, Otelo sabe en el fondo que Desdémona es inocente, pero no por algo que desconoce, sino por algo que sabe y no quiere o puede reconocer. Así, Otelo sigue el juego de Yago, y evade la carga, el peso del conocimiento al que ha llegado, que ha alcanzado. Pero ¿qué clase de conocimiento es éste?, ¿por qué lo evade?, ¿por qué su terror ante él?

La apuesta, perdida por Otelo, supone perder la capacidad de reconocerse a él mismo, y de reconocer a los otros en su humanidad: simbolizado, por Shakespeare, como el “destino de piedra” de lo humano; y, por Cavell, como el presagio de la “transformación en piedra de nuestros corazones”: “La tragedia es el lugar donde no se nos permite escapar a las consecuencias, o el precio, de este encubrimiento: que el fracaso en reconocer un caso mejor del otro constituye la negación de ese otro, negación que presagia la muerte del otro, por ejemplo lapidándolo o estrangulándolo; y presagia la muerte de nuestra capacidad de reconocer como tal, la transformación en piedra de nuestros corazones, o su estallido. La necesaria reflexividad de la tortura espiritual” (Cavell, Reivindicaciones de la razón, p. 631).

La primera sospecha, introducida por el padre de Desdémona, genera un vértigo narrativo que se incrementa paso a paso y, así, el absurdo comienza a tomar el timón de los acontecimientos: “Mírala bien, Moro, si es que tienes ojos. Si traicionó a su padre podría traicionarte a ti” (Otelo I, III, 291-293). Para su padre, como para su esposo, Desdémona es una piedra: “algo sujeto a prueba ocular”, algo que tras ser mirado puede ser descubierto, descifrado. Si ha traicionado a su padre, ¿por qué no habría de traicionar a su esposo? Es ésta la sospecha inicial, sospecha que desencadena la tragedia. Otelo quiere estar absolutamente seguro de que su esposa es casta, de que le es fiel: para ello recurre a una prueba ocular que no le dice nada, que falla en demostrar su inocencia. El conocimiento se presenta inútil, el reconocimiento ni siquiera se presenta. Así, los celos se introducirán, como un virus incurable, en la mente del Moro.

Las sospechas de Otelo no pueden extinguirse, su mente no puede sosegarse por un conocimiento que no está presente; no porque Desdémona le sea infiel, sino porque Desdémona es un ser humano, no un simple objeto abierto a prueba ocular. Así, estas premisas son suficientes para la escena final: la muerte de Desdémona a manos del Moro, y la muerte de Otelo a causa de su propio fracaso: “Así es como se encuentran nuestros protagonistas, tendidos en sus sábanas nupciales y mortuorias. Una estatua, una piedra, es algo cuya existencia está fundamentalmente abierta a la prueba ocular. Un ser humano no lo está. Los dos cuerpos yaciendo juntos constituyen un emblema de este hecho, la verdad del escepticismo. De lo que este hombre carecía no era de certeza, lo sabía todo, pero no podía rendirse a lo que sabía, no podía dejarse regir por ello. Había descubierto demasiado para su mente, no demasiado poco. Sus diferencias mutuas -siendo uno todo lo que el otro no es- constituyen un emblema de la separación humana, que puede ser aceptada, y dada por supuesto, o no. Como la separación de Dios, todo lo que nosotros no somos” (Cavell, Reivindicaciones de la razón, p. 635).

Entonces, ¿qué tipo de relación es la adecuada entre dos seres humanos? Sabemos, al menos, que no es una que admita ser cimentada de manera exclusiva en el conocimiento. Conocer a un ser humano supone tratarlo como persona y no como simple objeto de mi conocimiento; supone, además, cierta actitud ética, cierto compromiso, una relación interactiva (no activo-pasiva) entre el sujeto que conoce y el objeto que se conoce, el cual, a su vez, también es sujeto. En palabras de Cavell, “el conocimiento de los otros contiene todo lo que interviene en el conocimiento de los objetos más alguna otra cosa” (Cavell, Reivindicaciones de la razón, p. 569). Pero ¿qué es esa otra cosa? Para re-conocer, y no simplemente conocer, es necesario admitir que hay cosas en el otro que no se pueden conocer, que están más allá de mí, de mi conocimiento. Entonces, los cimientos de mi conocimiento del otro, de los otros, se deberán edificar en mi confianza en ellos, en la veracidad de sus expresiones, y en la forma de vida y juegos del lenguaje que compartimos.

 

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Mario Gensollen

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