Opinión

Sí las matan / Disenso

#NoViajabanSolas o #ViajoSola fueron aquellos hashtags resultantes del asesinato de dos jóvenes argentinas en Ecuador, Marina y Majo, como respuesta a los indignantes señalamientos que parecían sugerir que las jóvenes se pusieron en peligro. #MiPrimerAcoso surgió del hartazgo por la violencia callejera, replicando #MiPrimerAsedio, surgido en Brasil, aquel doloroso movimiento nos golpeó en la cara con violencia inusitada, nos mostró que la agresión sexual es extremadamente cercana, que la viven nuestras hermanas, nuestras primas, nuestras parejas, que, además de asquerosamente común es pedófila. #VivasNosQueremos convocó a movilización nacional contra esa violencia. #NiUnaMás, un eco dolorosamente añejo que ya se escuchaba hace años, antes del hashtag, particularmente a colación del infierno de Ciudad Juárez. #NiUnaMenos, fue otro grito de autodefensa desesperada. Esta semana, a partir del asesinato de Leslie, cuyo cuerpo fue encontrado en la UNAM y, sobre todo, en reacción a la vergonzosa información que entregó por redes el procurador en donde se hizo hincapié en aspectos tangenciales y personales de Leslie que nada tenían que ver con la investigación y que en todo caso la agredían, surgió #SiMeMatan.  

Como con casi todos, sucedió lo inevitable: en cuestión de horas se banalizó el movimiento, comenzó la frenética competencia por ser el más ingenioso, el más creativo, el más contra-corriente: y todos terminaron empatados en el más imbécil. Comenzó por enésima vez el ataque de los machos irredentos y por enésima vez el discurso buena onda de que todas las vidas valen lo mismo y que las mujeres no deberían luchar sólo por las mujeres y que algunas feminazis le hacen daño al movimiento y que hay que ser humanistas y no feministas y que mejor no maten a nadie.

No hemos entendido nada: nadie quiere que maten a nadie. Nadie dice que la muerte de una mujer pesa más que la de un hombre. Nadie esconde que hay más hombres muertos en este país en el mundo, abrumadoramente a manos de otros hombres. Las mujeres no están hablando de asesinatos y ya. Es ahí donde, creo -puedo equivocarme-, toma relevancia para muchas de ellas, la tipificación autónoma del feminicidio. Muchísimos hombres son muertos en este mundo (casi siempre por otros hombres). Muchas mujeres son muertas en este mundo (casi siempre por hombres). En esta extrañísima discusión en donde simplemente, insisto, deberíamos quedarnos callados, brota siempre la misma especie: “es que las mujeres reaccionan diferente ante el asesinato de una mujer”. Claro: cuando en general toda circunstancia es diferente. ¿Cuántos de esos hombres asesinados, además de eso son abusados sexualmente, son ultrajados, humillados en el proceso, dejados desnudos? -claro que los hay, pero en un porcentaje mucho menor-; ¿Cuántos, además, después de muertos serán señalados por viajar solos, por exponerse, por andar en malos pasos? Somos, la sociedad misma en su conjunto la que hace diferencias en la vida y en la muerte de hombres y mujeres. Veamos los salarios, los puestos directivos, los puestos clave políticos y con eso.

Somos nosotros los que nos apuramos apasionadamente a revisar y corregir la agenda feminista: “Es que le hacen daño al movimiento los extremos”. Aquí lo que les hace daño a las mujeres y al feminismo: el machismo. Es el enemigo que no pidieron tener. Es de sentido común que mientras el feminismo pudiera tener aspectos criticables, el machismo es criticable per se y completito. Es de sentido común que la violencia en un grito de desespero y autodefensa es menos preocupante que la violencia de facto que lo originó. Pero, además, mientras siguen buscando cómo ser escuchadas, mientras siguen sintiendo miedo de salir a las calles, mientras se sienten incómodas de cruzas una plaza pública, mientras se preguntan qué tan prudente es ir vestidas de tal o cual manera, mientras se debaten internamente entre guardar silencio y apretar el paso o encarar a sus consuetudinarios agresores, les pedimos que sean amables, que tengan pedagogía, que no lo pidan tan feo y que no pinten nada, porque qué malas. No es una cosa de México, al menos Latinoamérica se une en ese terrible grito, en esa angustiante sensación. Ante tantos intentos, ante tantos movimientos, algo podríamos sospechar, de que, cuando menos, no estamos generando diálogo ni acciones que apacigüen sus miedos.

Y entonces llegamos a la ridiculez de decir que “los buenos somos más” porque arreglamos una infraestructura que ellas pintaron (vandalizaron). Porque, obvio, es más importante reponer unas letras que exigir como comunidad universitaria seguridad para todas. Pero seguimos perdiendo la brújula, seguimos sin poder dialogar, seguimos explicándoles ridículamente como pelear sus batallas, seguimos banalizando el hipotético #SiMeMatan… quién sabe, tal vez lo que debería preocuparnos es que, de hecho, sí las matan.
/AguascalientesPlural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

1 Comment

  1. 09/05/2017 at 10:34 — Responder

    Genial el texto. Solo un detalle, el nombre correcto es Lesvy Berlín Osorio. Gracias, saludos.

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