Opinión

Los narcocorridos y la gente común / Cinefilia con derecho

Vía un excelente amigo (mi exalumno Héctor de Lira) terminé en uno de esos días de feria, escuchando a Los plebes del rancho de Ariel Camacho en la Plaza de Toros, grupo que ha penetrado en el gusto popular, a través del género llamado sierreño y que retoma alguno de los instrumentos del norteño, principalmente los bajos sextos o guitarras, y uno más de acompañamiento, ya sea la tuba (caso de Los plebes) o el acordeón. Este subgénero llamó mi atención desde que escuché, hace ya bastantes años, a Miguel y Miguel, un dúo que, con dos bajo sextos, hacían rolas que trascendían el gusto popular (a pesar de lo áspero que suenan ambos instrumentos) y que se colocaban en el top ten: Sonora y sus ojos negros, El Collar de Huamuchil o mi favorita Cada quien (que también cantan Los Plebes).

El variopinto de clases sociales presente en la plaza de toros, entonaba lo mismo románticas (el hit que suena en la radio Te metiste), que fieros y explícitos narcocorridos (vetados tácitamente en algunas radiodifusoras) como El karma o El negociante. Todos cantaban: el cholo (que estaba sentado a mi lado) la chica sencilla de pueblo (dos filas más arriba) o las fresísimas de palco, que, alcoholizadas hasta las manitas, gritaban a todo pulmón los éxitos más recientes: Hablemos o No lo hice bien. Esta posmodernidad, encarnada en todos vocalizando una música tan regional, nacida en la cuna del narco, la sierra de Badiraguato, me parece que es la que permite que, sin mayor empacho, se entonen canciones que narran historias de sangre y muerte, de personas que han provocado tanto sufrimiento en este país. Pregunté a varios que considero ciudadanos comunes (entre ellos, algunos operadores jurídicos) por qué disfrutar historias que rompen con el estado de derecho, que cuentan ya no digamos simples delitos, sino conductas auténticamente graves: la mayoría no lo había reflexionado, y la respuesta era complicada.

En mi caso, se lo achaco a mis años de niñez, donde la norteña tenía un repertorio que incluía la historia de aquellos antihéroes, narraciones sin una postura clara, La camioneta gris de Los Tigres del Norte, o El corrido de Caro Quintero de Los Invasores de Nuevo León, pero que en el fondo eran una visión que contrastaba con la (diríamos hoy sospechosista) que tanto nos gusta a los mexicanos. Expone al respecto Alejandro Madrazo en el ensayo ¿Criminales y enemigos? El narcotraficante mexicano en el discurso oficial y en el narcocorrido: “Con independencia de que las historias narradas en los narcocorridos se entiendan como ‘documentación’ de la interpretación popular de los hechos o como los hechos desde la perspectiva de quienes viven del narcotráfico y conviven con él, los narcocorridos expresan contra-valores culturales al discurso y cultura oficiales”.   

Y estos contravalores, trascienden en el imaginario colectivo mexicano, tal vez uno de los más famosos casos es el Corrido de Lamberto Quintero, historia llevada al cine por Antonio Aguilar en 1987 en un videohome de baja calidad cuya mayor relevancia es retratar a los mafiosos de antes, como esos hombres que nacieron en la pobreza y que, vía el narco, llegaron a la riqueza, que son de honor, que hacían justicia en el pueblo, a los que (a la manera del padrino) se les pedían los favores, usaban R-15 en lugar de AK-47. El corrido muestra el estilo de aquellos años, una historia que prácticamente no refiere a los hechos ilícitos; señala Arturo Rodríguez en El mito del capo sinaloense Lamberto Quintero, ejecutado hace 40 años (Proceso, 28 de enero de 2016): “Con una letra cuidadosa en evitar los negocios en que participaban los involucrados, así como del lenguaje -pues corresponde a tiempos precedentes al uso de malas palabras comunes en el llamado ‘movimiento alterado’, de confección más reciente”. Esta presunta indiferencia, se vio con los años transformada y pasó de apología a idolatría, cada grupo mafioso tuvo a sus propios cantantes, encargó sus propios narcocorridos y, por su puesto, envió a ejecutar a los de los rivales, casos de Chalino Sánchez (que tanto gusta a mi madre) o Valentín Elizalde.

¿Por qué alguien común y corriente escucha esta clase de corridos? ¿Por qué un operador del estado del derecho disfruta esas canciones? Me quedo con lo que dice Federico Campbell en el ensayo El narcotraficante publicado en la obra colectiva Mitos mexicanos coordinada por Enrique Florescano: “Por su ambivalencia: por su desprendimiento y su crueldad, por su audacia y cautela; como mito viene a llenar la necesidad que la gente tiene de dar sentido a su existencia”.
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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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